Invitada inesperada

Quedaban apenas seis horas para que empezara a llegar la familia. La mesa estaba dispuesta desde la tarde anterior y en la cocina se vivía un auténtico zafarrancho de combate. Para Iván constituía todo un espectáculo ver a su madre desenvolverse con aquellos movimientos precisos, las uñas recién pintadas, el pelo cubierto con un pañuelo para protegerlo del sabroso aroma que desprendía el horno, abriendo o cerrando armarios y cajones mientras recitaba la receta entre dientes como jaculatorias encadenadas para que nada pudiera salir mal. Ella se sabía observada atentamente por el pequeño y, cuando podía, exageraba la marcialidad de sus movimientos, jugaba a ser el capitán del barco en medio de la tormenta, el timonel atado a la rueda, el grumete achicando agua… “las buenas lecturas nunca te abandonan”, suspiró recordando las veces que había soñado con ser Mariana y acompañar a Sandokan por los manglares de la India, por los mares de la Malasia.

-          Iván… ¿Puedes coger las lonchas de jamón y extenderlas con arte y cuidado en estos platos? Empieza por el borde exterior y vas cerrando el círculo.

-          ¿Y si me mancho?

-          Pues te lavas… aprovecha que aún no te has cambiado de ropa.

-          No pensaba hacerlo; así estoy bien, mamá.

Laura se detuvo en seco para poder lanzar una mirada que aterrorizara al chico, algo así como un te-vas-a-quedar-sin-Reyes-como-yo-me-quedé-sin-abuela, pero sin necesidad de expresar lo que, de todas formas, venía oyendo Iván como una amenaza pertinaz desde el primer anuncio de juguetes de la temporada del Corte Inglés.

-          Pones el jamón, te lavas y te cambias. Hoy vienen el tío Antonio, la abuela y los primos de Cádiz. Todos nos vamos a vestir como merecen… ¡y las lonchas están contadas, te lo advierto! La ensalada, Leticia, ponte con ella, que siempre se nos olvida la ensalada…

Iván se disponía a distribuir las lonchas cuando sonó el móvil de su madre. Estaba por algún lado de aquella cueva de alquimista en que se había convertido la cocina y cada vez sonaba más fuerte, con esa melodía in crescendo que tan de los nervios ponía a su marido. Laura hizo un gesto angustiado a Jose Antonio, que pasaba por ahí:

-          ¡Pepe, hijo, haz algo! Contesta tú, que tengo las uñas recién pintadas.

José Antonio, el mayor, iba a contestar que las uñas recién pintadas no le impedían trajinar como un chef del Palace en una boda real, pero optó por coger el teléfono y responder. Era su padre….

-          Vale… Yo se lo digo… hasta ahora…

Con exagerada cara de susto, dejó que el móvil descansara en su mano el tiempo suficiente como para que la ajetreada aventurera de uñas recién pintadas le regalara una mirada cargada de suspicacia.

-          ¿Qué pasa? ¿Qué dice tu padre?

-          Que la abuela se niega a venir si no se trae a Wally. Que dice que el año pasado cenó sola y esta noche no lo va a permitir.

-          ¿Cómo que cenó sola? ¿Cómo que cenó sola? ¿Y lo dice ahora tu abuela? Esta mujer siempre igual…

-          Pues eso, que habrá que añadir un plato en la mesa…

-          ¡Como si fuera fácil! ¿Y la silla? Porque no querrá tu abuela que su cholita cene de pie… ¿Pero tanto le costaba a esta mujer avisar con tiempo? ¡Por Dios!

-          Pues igual ha esperado porque si lo hubiera dicho ya te habrías encargado tú de encontrar una solución, de buscar a sus parientes, de avisar a la Cruz Roja, de hacerle saber que no es bienvenida…

Para Laura el castigo de soportar las cabezonadas de su suegra no eran nada al lado del suplicio de un hijo sarcástico y, como siempre, inoportuno. ¿Cómo podía pensar así de ella, aunque fuera en broma? El asado amenazaba con quemarse a ojos vista mientras la crisis migratoria, como acababa de describir entre risas la situación el gracioso del niño, obligaba a la novia de Sandokan, a Wonderwoman rediviva, a Mariana Pineda alzando la tricolor, a resolver dónde encontrar una silla que cupiera en la ya de por sí apretada mesa de Nochebuena. Alguien tendría que quedarse sin paletilla, no había más copas de vino… la lista de inconvenientes era realmente larga.

-          ¡Mira, niño! Si no es para ayudar, no hables. Acércate a ver si los vecinos tienen una silla estrecha… ¡el cordero, ay madre! Como se queme el cordero, la noche triste de Cortés se va a quedar en nada comparado con la que le lío a tu abuela y a la india.

Porque en efecto, Waylla era una inmigrante del Ecuador profundo, de cabeza hundida en un cuerpo sin cuello aparente, de mirada viva y gesto melancólico, cansada tal vez de no entender el modo en que los españoles despilfarran como ricos mientras lloran como pobres, y profundamente tímida. A José Ignacio le inquietaba aquella mujer de edad indescifrable, de ojos negros y brillantes, pero algo le causó más inquietud aún: Cortés no anduvo por Ecuador, así que su madre debería acudir a Pizarro para vengar el cordero en caso de muerte por sobreexposición al calor del horno. Sin embargo, tampoco tenía muy claro si la mujer procedía de Ecuador, de Colombia o de Perú y, en cualquier caso, un irónico que se precie sabe cuándo es mejor callar… ¡sobre todo si hay unas uñas recién pintadas en juego!

Media hora después la mesa estaba preparada para recibir a una invitada de más. Laura suspiró: adiós simetría perfecta, adiós equilibrio de color, adiós uniformidad de vajilla, cubiertos y cristalería, adiós foto de la mesa para el Instagram. Y lo peor, no había cordero para todos… “Pues esta mujer que no me venga encima en plan sacrificio, que la conozco. Se come su ración de cordero o la tenemos. ¡Vaya que si la tenemos! Que sepa que hay cosas que afectan a otros y que no se pueden decidir a la ligera; ¡vamos que se come el cordero! Como que me llamo Laura. ¡Y su hijo también!”

-          ¿Su hijo también se llama Laura?

-          Hablaba para mí y no estoy para bromas, hijo.

-          Mamá, tampoco es para tanto. Además, desde que Leticia rompió con el rastafari de su novio no habíamos vuelto a sentar a un pobre en la mesa por Navidad.

Laura no sabía si reírse o llorar:

-          Me agotas, hijo; no sabes cómo me agotas.

-          Y yo no sé por qué le aguantas sus estupideces, mamá. Si vuelve a meterse conmigo por haber salido con Morgan me va a oír, y me dan igual las fechas… me tiene harta mamá, te lo juro.

-          Leticia, hija, no vuelvas con eso…

-          Si es él… menuda nochecita nos espera. ¡Y encima la india de la abuela! Mamá, si es un mueble, si no habla.

Desde el portal alguien había pulsado el botón del “fonoporta”. Laura esperaba que no fuera su hermano Antonio y la pillara todavía sin vestir. Catorce años después, su único hermano dejaba Cádiz para pasar la Navidad con su familia y por eso Laura estaba tan nerviosa. Todo tenía que ser perfecto… pero quién iba a esperar lo de la abuela y su empleada inmigrante. En realidad nadie se había preocupado nunca de qué hacía en Navidad esta mujer. Daban por hecho que se reunía con familiares o compatriotas.

-          No he podido decirle que no a mi madre, Laura. No veas cómo se ha puesto. Que si tranquilos, que ella tampoco tenía ganas de moverse, que se quedaba con Wally, que así no tenía yo luego que llevarla de regreso…

-          ¡Ya! Y luego todo el año que mira tú qué pena no haber visto a los niños de Antonio, que total no la echamos de menos ni en Nochebuena… ¡Menuda es tu madre, Miguel!

-          Mujer… No sé cuántas navidades nos quedan. Te pido por favor que no nos amargues la noche.

-          No sí ahora soy yo la que amarga la vida a los demás… voy a cambiarme y ahora las veo. Atiéndelas tú y ahora te digo donde se sienta cada una. ¡Y que no me pida que la sentemos a su lado, que por ahí no paso!

El resto ya no fue audible porque siguió rezongando mientras se alejaba por el pasillo. El hombre dejó escapar un suspiro. Miró la mesa que con tanto esmero habían montado el día anterior, asimétrica ahora, con un servicio que no pegaba con el resto, apretujadas las sillas en uno de los extremos.

-          ¡Bah, una vez sentados todos, ni se nota!

Cuando regresó al salón, Iván, José Antonio y Leticia rodeaban a su abuela, mientras Waylla los miraba a respetuosa distancia, con los abrigos, las bufandas y el bolso de doña Emilia ocultando sus brazos y sus manos.

Doña Emilia, tres besos y un achuchón después, permaneció quieta esperando que sus nietos saludaran a Waylla. Los chicos, desconcertados, no sabían cómo reaccionar.

-          ¿No saludáis a Wally? – dijo el padre.

Fue José Antonio, quién si no, el que aprovechando que su abuela, en las reuniones familiares, siempre preguntaba dónde está Waylla terminó apodándola Wally. Iván se acercó a Waylla y le dio un beso. Leticia se acercó y dijo con cortesía:

-          Disculpa Waylla. Dame los abrigos que los lleve a la habitación

-          Muchas gracias, señorita. Si quiere yo los llevo.

-          No es necesario.

José Antonio se acercaba a ella para darle dos besos cuando su abuela dijo en alto:

-          ¡Ten cuidado con éste, que es quien te puso el mote de Wally!

Por primera vez en mucho tiempo vieron a José Antonio quedarse sin palabras mientras el rubor teñía sus mejillas.

-          Hombre abuela… disculpa Wally, digo Waylla, ¡era un chiste tan fácil!

-          Oh, señor, no se preocupe. En Ecuador, en mi pueblo, me llamaban “Cuaila”, porque no podía ver que se comían los cuis.

La abuela se rio mientras tomaba posesión de la butaca del salón.

-          Esta joven tiene cada cosa… es una caja de sorpresas, os lo aseguro.

“Y la primera es que podía decir más de tres palabras seguidas”, iba a decir Leticia. Pero la entrada en el salón de su madre acabó con la incipiente conversación.

-          ¡Emilia! Discúlpame, pero me has pillado en chándal… No te levantes, no te levantes. Waylla, siéntate tú también, por favor. Qué alegría que estés aquí ¿Cómo se te ocurre no decirnos que cenabas sola, mujer?

Waylla bajó la mirada mientras comenzaba a excusarse:

-          Señora Laura, no pasa nada. Créame que le he dicho a la doña que yo estoy bien, y no quería molestar.

-          ¡Qué tontería! Has hecho muy bien, Emilia… faltaría más.

José Antonio puso cara de esperar el estrambote porque conocía a su madre, así que cuando esta añadió un “aunque hubiera sido mejor que nos lo dijeras con más tiempo”, cerro los puños con gesto de victoria: “¡sí!”

-          Gracias, hija. Pero es que me he enterado esta mañana de que no iba a cenar a ningún lado, ¡y que el año pasado cenó sola!

-          Madre – intervino Miguel- de todos modos tienes el teléfono para algo. Nos hubieras llamado con más tiempo y en paz. ¿Una cervecita, Wally? Di que sí antes de lleguen los gaditanos, que esos no preguntan antes de asaltar la nevera.

Laura iba a contestar en serio, pero prefirió no discutir con su marido en presencia de su suegra por defender a su hermano, cuyos hijos, en realidad, solían asaltar la nevera sin preguntar ni pedir permiso, las cosas como son. Así que optó por defender a la invitada:

-          ¿Tú le has preguntado si le importa que la llames Wally?

-          Ya expliqué, señora…

-          Ni señora ni nada. Me llamo Laura, y no te dejes avasallar por esta panda de maleducados.

Leticia estaba esperando la ocasión:

-          Es verdad, Wally… no veas como se enfada José Antonio cuando le llaman Meoncito.

-          Y a ti “madre Teresa”, que siempre ligas con los más zarrapastrosos…

Doña Emilia se relajó. Conocía a sus nietos y temió que Waylla no entendiera que no hay mayor seña de aceptación en una casa española que los hermanos lanzándose pullas en vivo y en directo delante del invitado. Tan solo esperaba que no la sentaran lejos de ella en la mesa. Y en esto se produjo la invasión de la familia de Cádiz y una ruidosa serie de saludos, bromas, abrazos, saludos, apertura de botellas, más saludos, “menudo jamón, cuñao”, más bromas, por supuesto un “no os llenéis la barriga antes de comer que luego no llegamos al cordero”, más bromas, más saludos aún… Waylla permanecía sentada, callada, pero un brillo en sus ojos delataba que se sentía feliz de estar allí, aunque fuera de convidada de piedra. La abuela suspiró: ¡otro año que no habría manera de escuchar el discurso del Rey!

Pero los finales felices se escriben al final de cada historia. No le gustó el modo en que Laura sentó a Waylla al otro extremo de la mesa, con los más pequeños de la fiesta. Cubiertos diferentes, vaso en vez de copa y una silla estrecha parecían dejar muy claro su condición de invitada inesperada. Y aún sufrió como una humillación que a la hora de servir el cordero el plato de su nuera permaneciera vacío.

-          Laura, hija, yo creo que no tomaré cordero.

-          De eso nada, Emilia. Lo he hecho con la receta que me dio usted hace años y no se va a quedar sin dar su aprobación. Yo ya lo he probado mientras se asaba, hágame caso.

-          Bueno, si acaso la mitad…

-          Ya está hecho. A comer se ha dicho.

Afortunadamente, Waylla no se había percatado. Se fijó que su doñita parecía sufrir en vez de alegrarse de estar ahí, pero no logró armarse de valor para levantarse y acercarse a preguntar. En esto la mesa entera escuchó la vocecita de Iván, el pequeño:

-          ¿Walli, tú eres india como los apaches de las pelis o más como Pocahontas?

Doña Emilia irguió el cuello, Laura abrió los ojos con estupor, José Antonio miró a su primo Rodri, a quien sin duda identificó como autor intelectual de la pregunta. Antonio miró a su hermana: “¡anda con el niño”, y Miguel fue a decir algo, pero la risa franca de la mujer andina inundó la Nochebuena. Leticia comentó en bajo: “¡Si también se ríe!

-          No señorito. Yo soy de Ecuador y allí no hay apaches ni hurones. Yo vengo de la provincia de Azuay y los indígenas allí son indios cañaris, que ayudaron a los españoles contra los incas, porque nunca se rindieron. Mi familia es mestiza pues que mi bisabuelo era gallego, y casi siempre hablamos quechua.

-          ¡Anda, como las tiendas de campaña!, dijo Rodri.

-          Sí señor - contestó Waylla, - como las tiendas de campaña.

Laura empezó a pensar que el vino estaba afectando a la mujer, aunque eso les estaba pasando a todos en mayor o menor medida.

-          Explícales qué significa tu nombre, a ver si dejan de llamarte Walli – terció doña Emilia.

-          Y qué es un cui…

-          Y cómo son allí las navidades…

-          ¿Cómo se dice en qechua mi hermano es idiota?

-          Y cuñao… ¿cómo se dice cuñao?

Cada miembro de la mesa fue añadiendo una petición, hasta que la mujer se vio convertida en el centro de atención. Así que tuvo que explicar que los cuis son lo que aquí se conoce como conejillos de indias, cuya carne se consume como un manjar y se crían en las granjas. También les contó que cada día 24 de diciembre las familias se acercan a Cuenca, la capital de Azuay, para disfrazarse de figuras bíblicas y celebrar “el pase del Niño Viajero” antes de reunirse luego a cenar. Que ella procedía de una familia de agricultores asentados en la ribera del río Tomebamba, donde además de criar cuis, cultivaban maíz, productos de huerta y especias. Que cuñado se dice “qata”…

Terció Antonio, que en su juventud acarició la idea de emigrar a América:

-          Cuenca no es una ciudad pequeña. Allí se fabrican los sombreros esos que ahora venden en las ferias, que la gente piensa que son panameños, y tienen un buen equipo de fútbol. Ah, y la ciudad es Patrimonio de la Humanidad. Os lo dice “er qata”…

-          Sí señor. Hay mucho turismo, pero también mucha pobreza, créame. Mi padre además de agricultor era mochilero…

-          ¿Fabricaba mochilas? – dijo Iván

-          ¡Uy, no!... allí les dicen mochileros a los agricultores que se acercan a la ciudad a vender artesanía a los turistas. Pero con todo y con eso los ingresos no nos daba para vivir, y un día cogí mis ahorros y me marché.

Con el café comenzaron los primeros villancicos. Antonio se quedó absorto escuchando el coro alegremente desafinado que formaban todos los primos, y recordó lo bien que cantaba su mujer los villancicos flamencos… Leticia pidió a Waylla que cantara algún villancico de su tierra, y tras un momento de duda y pánico, la invitada inesperada comenzó a repiquetear con los dedos sobre la mesa para marcar un ritmo andino:

-          No sé Niño Hermoso, que he visto yo en ti, que no sé que tengo desde que te vi…

Emilia torció el gesto y dijo algo al oído de su hijo, que contestó con un “ahora se lo digo, cuando acabe de cantar”. Laura interrogó con la mirada a su marido, y éste explicó con gestos discretos que la abuela necesitaba ir al baño y quería que avisara a Waylla, la cual, ajena a todo, seguía cantando:

-          Su afecto halagüeño y el dulce reír, tan profundamente, se han clavado en mí

Laura se levantó y se acercó a su suegra:

-          Hoy no es su criada, es nuestra invitada. Yo la acompaño.

Doña Emilia trató de insistir, pero Laura no admitía discusión al respecto. La abuela se levantó algo azorada, y miró con cierta angustia a Waylla, que hizo ademán de acudir a su doña. Laura extendió la mano y le pidió que siguiera cantando.

Una vez en el baño, retiró el pañal sucio y sujetó a la anciana para que terminara de hacer sus necesidades. Doña Emilia no sabía sin sentirse agradecida, desamparada o más humillada. Llegó a pensar que Laura trataba de castigarla aún más…

-          Hija, cuánto lo siento. Ya me he hecho a esa chiquilla, y tú no estás acostumbrada. Además, me ha debido sentar mal algo.

Y comenzó a sollozar, avergonzada.

-          ¡A ver, madre! Mujer, no te me pongas así, que lo hago con gusto. ¡Ojalá hubiera usted aceptado vivir con nosotros…! ¿De verdad se cree que no la hubiera ayudado y atendido como se merece usted, Emilia?

-          Hija, yo…

-          ¿Cree usted que yo puedo olvidar todo lo que usted ha hecho por mí, por Miguel, por los niños? ¿Cómo puede usted pensar que yo no la quiero? Tengo mi carácter, lo sé. ¡Y usted el suyo, que no moco de pavo! Pero yo no voy a olvidar jamás, ¿me entiende?: jamás, cómo me cuidó usted cuando nacieron mis hijos en ausencia de mi madre, pobrecita, que no conoció a sus nietos. Yo sé quién me limpiaba los puntos, quien cambiaba los pañales a los críos, quien atendía la casa...¡también quien ordenaba mis cosas a su gusto!

-          Laura, yo sé que no estaba bien, pero era para organizarme mejor, de verdad.

-          Lo sé, madre. Y también sé quién puso en su sitio a mi marido cuando le entró la fiebre de los cuarenta y comenzó a salir con amigotes y tontear con aquella compañera del trabajo. O quién puso a su disposición los ahorros de toda una vida cuando no podíamos atender la hipoteca ni pagar la universidad de José Antonio… ¿de verdad se creía usted que yo me iba a tragar el cuento de la quiniela? ¡No le diga a Miguel que se lo he dicho!

Terminó de lavar a su suegra, le puso un pañal limpio, y la beso en ambas mejillas. Emilia seguía llorando, pero no sentía ya vergüenza ni humillación.

-          Tu sabes que yo te quiero como a una hija… pero es que con las hijas se discute, ¿no?

-          Claro mujer… ande, deme usted otro beso y vamos a ver si brindamos, que ya va a venir el Niño.

La anciana se aferró al brazo de su nuera, y antes de salir del cuarto de baño, le dijo:

-          Feliz Navidad, cariño.

-          Feliz Navidad, Emilia…

Cuando llegaron al salón, la buena mujer buscó con la mirada a su Waylla, pero no la encontraba. Y fue cuando preguntó en voz alta:

-          ¿Pero dónde está Wally?...

Y Wally, cuyo nombre auténtico: Wallya, significa en quechua “hierba verde”, “protectora”, “buen amparo”, alzó la mano al modo apache para regocijo de todos:

-          ¡Jau! India buena Wally estar aquí…

El reloj cantaba la medianoche, y alguien puso el Niño en el belén...