Carta 5ª: Las cuentas claras

Rostro de El Greco en el muro del palacio

 

“Cuando es el párroco Núñez quien nos cuenta el milagro,

respondemos: “¿Está usted seguro?” Pero cuando es el Greco quien

habla nos lleva a un terreno donde el escepticismo no tiene razón de ser”

Maurice Barrés (El Greco o el secreto de Toledo, 1912)

 

 

 

 Hoy me he asomado a una ventana... ¡Asombroso! Nunca pude imaginar el impacto de la luz del día sobre mi rostro como una bocanada de aire fresco en la mañana. Será que con el transcurrir del tiempo detenido va uno adquiriendo capacidades como quien pasa de pantalla en un videojuego, no sé. La verdad es que llegué a pensar que el inframundo a este lado del espejo vive de espaldas a la luz del sol, pero resulta que no es cierto y de repente me veo curioseando por una ventana a cuyo pie discuten vivamente tres individuos.

 A través de estos cristales se adivina perfectamente el entramado que forman las casas de Toledo en su interior. La aparente geometría de sus fachadas se disuelve puertas adentro y los edificios se abrazan, se persiguen, charlan desordenadamente alrededor de unos patios que solo en los palacios son lo que realmente parecen. Este que se abre bajo la ventana no pertenece a la casa de Fuensalida sino a la iglesia de Santo Tomé. Ambos edificios mantienen una correcta distancia en público, desde luego. Sin embargo, por detrás de la modesta vivienda que se interpone entre uno y otro ellos se dan la mano, se encuentran a solas, coquetean alrededor de este discreto patio de planta irregular. Todo en el viejo Toledo es así: rectas fachadas que ocultan hermosos y enigmáticos recovecos, sótanos sombríos, cisternas y túneles olvidados, serias y correctas personas que viven sus aventuras a resguardo del qué dirán, de patio en patio, de calleja en calleja, de convento en convento, de siglo en siglo.

 Los tres hombres que discuten son clérigos sin duda alguna. Dos de ellos muestran un rostro ovalado y el cráneo dibujado en negro por un pelo denso y corto; uno viste bajo la recta nariz un largo bigote que enmarca el dibujo del labio superior hasta bien sobrepasada la comisura de los labios para unirse allí con una leve perilla. Sus ojos demasiado juntos le dan un aire de enfado pertinaz. El segundo destaca por parecer un hombre a una nariz pegado, una nariz “sayón y escriba” que pudiera parecer rota y mal soldada en tiempos pretéritos. Su bigote, corto y denso, se mantiene alejado de la barba corta que apenas dibuja el contorno de la quijada, y hay un descuido en el peinado que aporta ese aire de despiste propio de gente sabia. El tercero, quien menos habla y más escucha, muestra un cráneo redondo con destellos de la melena que un día brotara por allí; en efecto, un pequeño y leve mechón recuerda la frontera entre la frente y la calva mal afeitada. Su rostro grave, de rasgos proporcionados, y su aparente descuido ofrecen una imagen de autoridad, de hombre más preocupado por pensar que parecer. Los tres visten de negro, pero solo dos son agustinos. La sotana que luce el tercero, quien habla en este momento, indica su pertenencia al clero secular:

 -          ¡Así que hemos hecho un pan como unas tortas! Todo lo conseguido de la villa de Orgaz no da para pagar el cuadro del griego, y mucho menos después de la ampliación de la capilla. Quizás hemos pecado de soberbia, mis buenos frailes; de orgullo y soberbia…

 Una suave carcajada resuena a mis espaldas.  Es firme, pero no hace temblar los cimientos del edificio como las risotadas de López de Ayala, el Tuerto. Giro la cabeza y me encuentro con la imagen de un hombre enjuto, calva puntiaguda y manos de ángel… ya sé que no tengo ni idea de cómo son las manos de un ángel, pero si tuviera uno delante de mí las manos serían seguro como las de este fantasma de hombre viejo y rostro alargado hasta la exageración.

 -          El beneficiario de Santo Tomé teme por su soldada. Debí acentuar su perfil judío en el cuadro…

 Se trata del mismo rostro que descubrí una mañana impreso en el muro de la terraza del palacio, indeleble y místico. El maestro, sin duda… Así que aquellos religiosos hablan de “El Entierro del Señor de Orgaz”.

 -          ¿Cuál de ellos es el párroco?

 Mi pegunta surge con toda confianza, con naturalidad, como si uno pudiera charlar con El Greco todos los días.

 -          El que escucha mucho y habla poco, lo cual viene a ser un signo de inteligencia. Don Andrés Núñez de Madrid… una gran persona, serio y responsable.

-          ¿Pues no es el que se negaba a pagaros el cuadro?

-          Y el que me lo encargó, por lo que siempre, y a pesar del pleito, le estaré eternamente agradecido. Otra cosa es que se sintiera obligado a defender los intereses de la parroquia, como yo los míos, o que no fuera consciente de lo que costaba realmente un cuadro de aquellas dimensiones.

-          ¡Y tan bueno!

-          No os confundáis, amigo mío. No hay pintor vivo que dispuesto a ser diferente consiga unánime reconocimiento en vida. Recordad que a mí me llamaban loco, miope, descuidado o torpe… ¡pero escuchemos!

 En efecto, el que había tomado la palabra, sigue quejándose.

 -          Corregidme si me equivoco, don Juan. Una vez ganado el pleito, la villa se vio obligada a abonar 15 años de atrasos.

-          En efecto, don Rodrigo.

-          Es decir, 12.000 maravedíes…

-          Añadid el ganado, el vino y la leña, que como sabéis, se acordó cobrar en dinero por no andar convirtiendo la parroquia en una granja: 30 carneros, 240 gallinas, 30 pellejos de vino, 30 cargas de leña…

-          La leña se almacena, y el vino también. El ganado se tasó en poco más de 45.000 maravedíes, lo que hace un total, si no me equivoco, señor ecónomo, de 67.000 maravedíes: no llega a 180 ducados ¡Y El Greco reclama 1.600 ducados por ese extraño cuadro!

 Rodrigo de la Fuente y Juan López de la Cuadra miran ahora al párroco. Uno con aire de reproche; el otro como pidiendo ayuda con la mirada…  Don Andrés pinza con sus dedos el labio superior, mantiene una leve inclinación de cabeza, y toma finalmente la palabra con suavidad.

 -          Para ser sinceros, creo que el pintor se acomodará a la primera tasación de 1.200 ducados, tal y como ha dictaminado el Consejo Arzobispal. Si apela, como amenaza, a la Santa Sede pasarán años hasta que se cierre el pleito, y me consta que su economía no está para alegrías. Y para seguir siendo sinceros, reconozcamos que fue un mal paso por nuestra parte reclamar una segunda tasación, pues subió el precio en 400 ducados.

 El ecónomo sonríe con amargura:

 -          Fue un mal quite, desde luego. Ya os avisamos, padre Rodrigo, que no convenía enredar, que los peritos designados por el arzobispo nos miraban con más simpatía que los de Madrid, que los pleitos los carga el diablo…

-          No hay caso, hermano Juan –tercia el párroco-: en este barco vamos todo, y todos hemos de remar y recibir el azote de la tempestad cuando arrecia. El cuadro, queridos amigos, responde con exactitud al encargo que yo mismo hice, y vos firmasteis por escrito, al pintor. A todos nos pareció saludable quedar retratados en él, y quizás ahí sí que pecamos de vanidad. Pero los grandes señores que también aparecen vendrán una y otra vez por verse en tal composición y no olvidarán subrayar su orgullo con un gesto generoso.

-          Ya, maese Andrés, pero ¿cómo vamos a pagar tal disparate?

-          Primero hay que tener en cuenta que ya se ha adelantado parte del dinero, además de los 100 ducados a cuenta cuando se firmó el contrato. Luego miraremos cuánta plata tenemos, en lámina o fundible, de la cual podamos desprendernos…

 El tal Rodrigo vuelve a interpelar al párroco:

 -          Muy seguro estáis de que el griego aceptará la primera tasación cuando recurrimos y perdemos. Nos tiene a su merced y tonto sería si no hiciera valer el peso de la justicia.

-          Más allá de su carácter es un hombre de fe con el cual se puede dialogar, lo sé de cierto. Es normal que esté airado, no tanto por la situación como por los comentarios de menosprecio que han podido llegar a sus oídos, pecado por el cual, sin duda, deberemos pagar pena añadida, padre Rodrigo. Pero insisto… necesita empezar a cobrar cuanto antes pues es mucho lo que debe.

-          Pero esos ataques a la anatomía humana, esa desproporción en los cuerpos… ¿dónde se han visto?…

-          No insistáis en el error… si Luis de Velasco y Hernando de Nusciva se limitaron a dar por buena la valoración del propio Doménico, incluyendo eso sí adorno y guarnición, los otros dos tasadores, en especial Blas de Prado, mostraron su asombro por la técnica del que llamaron maestro. Conocedor de la obra de Miguel Ángel, me recomendó en secreto que diéramos por buena la tasación, porque hay mucho del genio de Buonarroti el florentino en los pinceles de Doménicos Theotokopoulos.

 El Greco suspira a mi vera… resulta evidente que no disfruta de la escena que se está representando allá abajo, pero se emociona con estas palabras...

 -          ¡De haberme dicho esto en vida, y públicamente, le hubiera rebajado el precio del cuadro a la mitad! Ah, España, qué país tan duro para el elogio en vida. ¡Cuántos buenos artistas se han visto condenados a morir en la indigencia por la envidia y la maledicencia! Si hasta el bueno de Herrera se las vio y se las deseó con el arzobispo de Toledo…

-          Bueno, al fin y al cabo, cobrasteis el precio tasado –le digo.

-          Jamás hubiera querido poner en tal aprieto a don Andrés. Lo cierto es que cuando cerramos el trato no me cuidé de avisarle lo mucho que pesaban sus exigencias, ni la gran dimensión del hueco que quería cubrir… dejamos el precio a criterio de los tasadores. Tal vez pensaba que habiendo pagado el Rey 800 ducados por mi San Mauricio para El Escorial, aun cuando no le gustó demasiado, la tasación tendría en cuenta la modestia de una iglesia como Santo Tomé. La Catedral pagó por el expolio 350 ducados, y en esas cuentas andaría el párroco que pensaba con acierto que el coste de un retablo en condiciones hubiera sido mayor. Don Andrés no era tonto en absoluto.

-          No, no lo era… Santo Tomé es hoy en día, si es que existen “un hoy y un día”, uno de los lugares más visitados de Toledo, y vuestra huella es uno de los mejores estandartes de la ciudad.

-          Pero la olla podrida se alimenta en vida y no es con deudas ni pagarés con lo que come una familia, hacedme caso. Diera yo en aquellos días la mitad de mi gloria presente por unos buenos chorizos para el caldo cada mañana…

 El pintor me explica que en aquella época la tasación atendía, por lo general, a la reputación del pintor, el tamaño del cuadro, el gasto añadido en el marco, el bastidor, etc, y el tiempo de ejecución. Cuando le digo que hoy en día un pintor se cataloga en euros por metro cuadrado, no se sorprende.

 -          El ser humano necesita referencias para todo, y en ello choca con lo inabarcable del genio. Pero ya hubiera querido yo contar con una caterva de aprendices que me hicieran el trabajo en basto, como otros de grande reputación.

-          En cierto modo os bandeasteis como Gary Cooper, solo ante el peligro

-          No penséis que desconozco la magia del cine, el arte abstracto o el video-arte… no soy fantasma encerrado en mi propia huella ¡Amigo, yo sé el secreto de El Guernica, conozco los amores de Goya y el verdadero rostro de sus majas, o quién enseñó a Sorolla a domesticar la luz del Mediterráneo…! Os puedo decir que Warhol odiaba la sopa, que Rodin hablaba pestes de Monet o que Frida Kahlo era mucho más valiente que Rivera a la hora de enfrentarse a un lienzo…

-          ¿No estáis por lo que veo atado a este palacio, ni siquiera a esta ciudad?

-          En absoluto. Recorro el universo creativo e inspiro a aquellos cuyo corazón me inspira.

 Y se marcha sin decir adiós. Quizá algún día, me digo, pueda yo escapar de este edificio. Los tres hombres ya no están debajo de la ventana.

 

El día se ha nublado y observo al párroco paseando de un lado a otro del pequeño patio con un papel en la mano. Alza la mirada y saluda con gesto cansado a un individuo muy parecido al que apenas un instante antes se asomaba a mi lado, que besa la mano del párroco en son de paz. Es El Greco y porta un lienzo enrollado.

 -          Don Andrés, vengo a agradeceros personalmente todo el esfuerzo por saldar la deuda, y daros fe de que en ningún momento he sentido animadversión hacia vos. Sé que habéis puesto vuestro patrimonio en ello, y dado que no me era posible, como bien sabéis, renunciar a una parte del pago, permitidme por lo menos que os haga entrega de esta pequeña obra que espero sepáis apreciar como testimonio de amistad.

 Sin dar tiempo a que el sorprendido fraile abra la boca, el pintor desenrolla el lienzo y muestra una pintura en la que se aprecia un Calvario con un retrato del propio Andrés Núñez en posición orante, junto a la Virgen y San Juan, a los pies de un Cristo manierista ya muerto en la Cruz.

-          Doménico, amigo mío… no tengo palabras.

-          No son necesarias entre nosotros. Nunca pretendí que cargarais vos con el pago del cuadro. Me consta que lo hicisteis al saber de mi situación, más angustiosa por cuanto la deuda con mis proveedores y con el boticario empezaba a ser asfixiante… ¡Mas os juro que nunca pretendí haceros partícipe de esta angustia!

-          Tranquilo, amigo. Sabéis que hemos negociado con vuestros acreedores el modo de saldar la deuda, y debo decir que tanto don Pedro el Boticario, como Francisco de Medina y el mercader de lienzos han actuado con extremada buena fe. Yo, por mi parte, iré cobrando de las rentas de la parroquia, igualmente de poco en poco, lo adelantado. Por mi sobrina, hermana de vuestro cuñado, me llegó noticia de la situación delicada en que os hallabais y he de confesaros que sabiéndolo nos fue más fácil convenceros de no acudir al Vaticano y regresar a la primera tasación…

-          ¡Mirad que le dije a Jerónima que ni se le ocurriera hablar nada con vuestra sobrina!

-          No os atribuléis, pues tampoco fuisteis presa fácil, amigo mío… que mirad en qué estado nos ha dejado el trato a la parroquia y a mí. No contábamos con tener que saldar toda la deuda al contado…

-          ¡Nunca hagáis tratos con un griego, amigo mío!

 No era consejo baladí. De los 1.200 ducados que finalmente pagó la parroquia (450.000 maravedíes) El Greco percibió finalmente una custodia de plata valorada en 91 ducados y otros  591 ducados en mano, que adelantó el párroco de su bolsillo. A cuenta, había percibido algo más de 123 ducados y medio. El resto, cerca de 389 ducados, fueron negociados por la parroquia con los tres acreedores del pintor…

 El párroco sonríe, pero no es un hombre feliz. La parroquia tiene finalmente un cuadro sobrecogedor y una deuda contraída, más sobrecogedora aún, de 370.000 maravedíes.

 -          Si el bueno de Pedro Ruiz levantara la cabeza se metía en el hoyo nuevamente… casi mil ducados de deuda ¡Con lo feliz que estaba cuando recuperamos el pago de la orden testamentaria de Gonzalo Ruiz de Toledo!

-          Lo recuerdo perfectamente, don Andrés. Incluso a mí me decía “¡qué alivio, amigo, qué alivio!”. Pero no haréis que me sienta culpable.

-          En absoluto lo pretendo… las cuentas están claras, y el cuadro cumple su función.

 La conversación se desarrolla ahora en la capilla de La Concepción, en cuyo muro más próximo al palacio se ubicó el cuadro. Se ha instalado un silencio cómodo entre ambos, mientras sus miradas se pierden en la atmósfera milagrosa de una obra de arte que en sí misma era un milagro. El monje deja caer en voz queda algo muy cercano a una confesión:

 -          Cuanto más lo miro, más conforme estoy con el esfuerzo. El otro día, sin ir más lejos, descubrí que habíais elevado al cielo a nuestro rey Felipe, y mucho me temo que ese de al lado es Quiroga, el arzobispo...

-          En efecto, Dios los acoja cuando mueran.

-          Explicadme una cosa, querido amigo… ¿A Covarrubias, ya muerto, lo ubicáis entre los vivos, pero al Rey y al arzobispo, ambos vivos, los enviáis de antemano a la otra vida?

 El Greco dibuja en su rostro una sonrisa metálica:

 -          Altos son en poder y gloria como para verse mezclarlos con los mortales.

-          ¿Y no tendrá que ver el hecho de que Felipe II no quisiera más obras vuestras para El Escorial o que el Arzobispo discutiera hasta la extenuación el precio de El Expolio?

-          Bueno, sabéis que al igual que en este pleito, en aquel salí malparado…

-          350 ducados no fue mal pago, amigo. Recordad que el tasador arbitral, dictaminó su valor en 318.

-          Recordad vos que dijo ser uno de los mejores que jamás había visto, después de que dos maestros como Baltasar de Castro y Martínez de Castañeda calificaran su valor de incalculable.

 Un silencio amistoso vuelve a instalarse en la capilla. El epitafio encargado por el párroco recuerda a todos el deber de cumplir con las obligaciones contraídas, en especial a la Villa de Orgaz. El Greco lee en alto la inscripción, y sonríe de nuevo:

 -          No soy el único que ajusta cuentas, por lo que veo.

-          La ley es la ley, amigo. Al César lo que es del César… Pero no vais a comparar este recordatorio con vuestro ajuste de cuentas particular con el Rey y el Arzobispo.

-          Las cuentas claras, don Andrés. ¿Pues no quería Quiroga que borrara del Expolio a las tres Marías…?