Carta 4ª: “Yo no nací sino para quereros…”

 

 

Decía Hume que las costumbres sirven para explicar el mundo. De ser cierto, quizá todo aquello a lo que me voy acostumbrando podría explicar la extraña situación en que me hallo, expulsado como me veo de todo concepto racional en torno al tiempo y al espacio.

Ya no me preocupa el orden en que escribo estas cartas porque solo sé que la próxima podría estar ya escrita. Me temo que la única referencia a la que puedo aferrarme para no darlo todo por perdido tiene que ver con la experiencia acumulada. Hay un antes y un después de lo aprendido, y aunque la ley de la gravedad no sea ya otra cosa que una curvatura del espacio-tiempo, la propia relatividad de la teoría me obliga a relativizar sus consecuencias.

Me centro así en las escenas que ante mí se desarrollan. Es la vida de los otros la que corre ante mis ojos sin orden ni concierto y cuando estas se desvanecen el exilio se amarga con una renovada sensación de soledad. Si algún día regreso dejaré de valorar el conocimiento y me aferraré sencillamente a la vida. Si podéis leerme, haced caso: el más allá es un lugar frío donde nada ocupa lugar. Y es tan difícil acostumbrarse que resulta más complicado aún entenderlo. Bueno, tampoco es que entendiera mucho a Hume…

A lo que no logro acostumbrarme es a la manía que tiene el viejo fantasma que a veces me guía de aparecer sin avisar, de guiarme sin hablar, de mirar sin verme. He llegado a pensar que me localiza por el olor, pues llevo una eternidad sin acudir al cuarto de baño. Ahora que lo pienso, resulta harto curioso pues comer, lo que se dice comer, como y de qué manera, pero no recuerdo haber necesitado ir al baño en todo este no tiempo. El caso es que salvo un tufillo almizclado, más suyo que mío, tampoco tengo noción de oler ni mal ni bien.

Me sobresalté, en efecto, cuando sentí el gélido rastro de su mano iridiscente indicándome la escalera. Seguí sus pasos por el envés del artesonado múdejar que todavía cubre el Salón del Consejo haciendo equilibrios por el estribo y tratando de no tropezar con las tablas de par que se apoyan en el nudillo. Señaló un artesón mal encajado el cual alcé con sumo cuidado ¡y toda la belleza de la emperatriz asomó por el hueco que acababa de crear!

Isabel de Portugal paseaba por la sala con cierto nerviosismo. Parecía rezar, o hablar a solas, porque el movimiento de sus labios no dejaba escapar palabra alguna. Entre sus manos, un papel con unos versos manuscritos. En el centro de la sala una joven de no más de diecinueve años acompañaba con la mirada los pasos de la emperatriz…  al fondo otra dama esperaba con la mirada clavada en el suelo y las manos entrelazadas, apoyadas suavemente sobre el vuelo artificial que su vestido dibujaba a partir del estrecho límite de su corpiño.

La llegada de un joven, ciertamente apuesto, también de unos diecinueve o veinte años de edad, rompió el silencio impuesto por la meditación nerviosa de la Regente. Era evidente que Carlos I no se hallaba en Palacio. En el rostro de la joven dama de la emperatriz una sonrisa iluminó sus grandes ojos negros, mas fue Isabel de Portugal la que habló tras recibir el saludo protocolario del recién llegado:

-          ¡Mi buen Barón de Llombay!

-           Majestad…

-          ¿Habéis cumplido con éxito el encargo?

-          ¡Mal caballerizo tendríais si no fuera capaz de cumplir vuestros deseos!

Era Francisco de Borja, sin duda, y por tanto, la joven visiblemente enamorada no podía ser otra que Leonor de Castro, su esposa. El barón de Llombay, futuro Duque de Gandía, futuro General de los Jesuitas, futuro San Francisco de Borja, destacó siempre por una inteligencia clara y una integridad fuera de toda duda. Privado de Carlos I pese a su juventud, tras su boda con Leonor, dama principal e íntima amiga de Isabel de Portugal, pasó a ser nombrado Caballerizo Real de la Emperatriz.

-          Caballerizo consorte….

A mi derecha, el fantasma de Pero López de Ayala “el tuerto” observaba con su habitual sarcasmo la escena que se desarrollaba a nuestros pies.

-          En realidad es Leonor la caballeriza real. El Borgia debería haber viajado con el Emperador, pero la íntima amistad de su esposa con la Emperatriz obró el milagro de que su señor marido fuera nombrado para el mismo cargo, de manera que no tuviera que alejarse nunca de ella…

-          En mi mundo se llama enchufe, tráfico de influencias…

-          Bueno, ni idea de lo qué decís. ¡Pero la Corte de este Carlos I es especial! El amor, el mismo que se profesan ambos monarcas, es un bien valorado. Todos ellos, además, como podéis comprobar, son muy jóvenes, cultos… Renacimiento lo llaman. La reina Juana enloqueció de amor por un botarate impertinente y peligroso. Los católicos abuelos, pese a las veleidades de Fernando, fueron también reyes enamorados y con un concepto nuevo del poder, tanto monta, monta tanto… ¡aunque el muy piadoso Fernando parece ser que montaba un poco más!

Afortunadamente su codazo ectoplasmático no podía chocar contra mi costado, porque me habría hecho caer al centro de la escena, como llovido del cielo, eso sí.

Con gesto nervioso pedí al fantasma que guardara silencio, aunque creo que sin él jamás habría podido entender lo que sucedía allá abajo.

-          ¿Vendrá entonces?

-          Espera vuestra venia para entrar.

-          ¿Nuestro buen Garcilaso tan prudente?

-          Sabéis que nos profesamos gran amistad. Le he dicho que conocéis los sonetos y a fe que no está cómodo. Me los confió a mí por nuestra cerrada amistad y no ha sido preciso explicarle de qué manera han podido llegar a vos…

Leonor de Castro fijó los ojos en el suelo. La Reina suspiró:

-          ¿Os genera algún problema la extrema fidelidad y confianza que nos profesamos vuestra esposa y yo?

-          En absoluto. Cuando acepté ser vuestro caballerizo asumí el mismo compromiso de fidelidad a vos. Quien me aprecie de veras ha de saberlo. Pero jamás negaré la verdad a un amigo, salvo cuando sea un secreto a mí confiado en virtud de mi posición, así que avisé a Garcilaso confesando lo que a todas luces ha sido una falta de celo en la salvaguarda de su secreto por mi parte.

-          ¿Pero sabe que no son sus versos el objeto de mi llamada?

-          No soy quien para informar de tal extremo si vos no me habéis autorizado.

La emperatriz dobló los papeles con cuidado y llamó a la otra dama, que había observado toda la escena sin apenas cambiar de postura.

-          Mejor así… Custodiad vos estos papeles, querida Isabel, hasta que podamos leerlos con más calma.

-          Señora…

Un destello en mi costado me indicó que el fantasma de don Pero hizo ademán de encasquetarme otro codazo de los suyos…

-          ¡Mujeres! Mal servicio le ha hecho a la mujer de Fonseca su señora.

-          ¿Por?

-          Igual desconocéis que Garcilaso hizo creer al mundo que la Elisa de sus églogas no era otra que esta dama portuguesa que allí veis, Isabel Freyre. Pero esos sonetos que ahora sostiene entre sus manos confunden a todos, pues podría ser que no fuera ella la tal Elisa, sino su cuñada Beatriz de Sà, la más bella mujer que imaginarse puede. Cuando Garcilaso llegó a Toledo con licencia del Emperador, lo primero que hizo fue visitar en Cuerva la tumba de la joven dama de Azores, esposa de Pedro Lasso, y allí mismo desangró su alma en sonetos que acaban de ir a parar, por indiscreción de Leonor de Castro y picardía de la Emperatriz, a manos de Isabel Freyre.

Presté más atención a la dama. Era en efecto mujer de curvas hipnóticas y facciones proporcionadas en las cuales unos ojos oscuros de azulado brillo eclipsaban la suave caída de una melena castaña, finamente ondulada. Su rostro había empalidecido y los papeles parecían una pesada carga… Dos finos lazos negros ceñían al torso su camisa ¡cómo no querer descomponerlos!

Con ella allí, ante mis ojos, cobraban nueva vida los versos de Garcilaso:

“Escrito está en mi alma vuestro gesto,

y cuanto yo escribir de vos deseo;

vos sola lo escribisteis, yo lo leo

tan solo, que aun de vos me guardo en esto”.

 

¿Qué no estaría pasando por la mente de aquella mujer? ¿Hasta dónde llegó el poeta en su cortejo? Solo ambos sabían. Pero la sola idea de que los versos que un día leyó como por ella inspirados hubieran nacido en realidad para otra dama… y además amiga… y ha poco que fallecida… ¿por qué la Emperatriz cargaba a su dama con semejante peso? ¡Y Garcilaso entrando!

Y Garcilaso entró precedido de su amigo, recto el talle, decidido el paso, la mirada perdida, sangrando aún por la herida. Dobló el talle ante Isabel de Portugal, besó su mano, alzo la vista:

-          Mi señora.

-          Mi buen Garcilaso, gracias por acudir tan presto a nuestra llamada.

-          Sabéis que siempre estoy a vuestro servicio.

-          Lo sé, y os consta que el Emperador os lo agradece. De hecho, es por indicación suya que debo exponeros un asunto delicado.

-          Os escucho.

 

El caballero que se disponía a escuchar tenía planta de hombre de armas. Su rostro ovalado, su frente amplia, su barba más larga de lo habitual en él despertaban confianza y respeto al mismo tiempo, cuando no unas terribles ganas de abrazarlo y consolarle… un coleto negro, con bordados en blanco y faldilla, mostraba por debajo de los brahones las mangas de un blando jubón, al tiempo que ocultaban las cicatrices ganadas en Fuenterrabía, en Olías, en el cerco de Rodas... Al costado, su espada ropera, y sobre las calzas de paño botas relucientes de montar.  Rondaba la treintena y era, con mucho, el más veterano de cuantas personas se hallaban en la estancia, que el eco de sus mejores versos convertía, más que nunca, en eso: en una estanza.

Isabel Freyre no dejaba de mirar al caballero una vez fue capaz de despegar los ojos de los papeles doblados entre sus manos. Leonor de Castro miraba sucesivamente al poeta, a Isabel Freyre, a la Emperatriz, a su marido, al poeta, a Isabel Freyre, a la Emperatriz, como si  le fuera la vida en no dejar escapar detalle alguno.

Garcilaso mantenía la mirada constantemente en la Regente, ora en sus ojos, ora en sus manos, ora en sus pies, ignorando a todos los demás. Isabel de Portugal ordenó que los dejaran a solas.

-          El Emperador es consciente de que no han pasado tres meses desde que os diera licencia para regresar de Mantua. Pero reclama una vez más vuestro servicio.

El poeta suspiró quedo, aliviado sin duda porque nada tenía que ver con los sonetos. Lo que más le enfadaba no era que hubieran llegado a manos de la Reina, sino que no estaban del todo redondos. Por mucho que se niegue, todo verso nace para ser leído por cuantas más almas mejor. Podía imaginar a dos jóvenes, recién casados, disfrutando de un secreto encerrados en su alcoba; sabía lo larga que podía ser una tarde de verano en Toledo, cuando ni el aire se atreve a desafiar la tiranía de un sol abrasador que derrite las tejas y aplasta las moscas contra el estiércol en las calles angostas; un secreto de amor convertido en un secreto de alcoba que acaba en un secreto entre amigas… un secreto a voces ¿qué si no es un poema?: “Y aún no se me figura que me toca / aqueste oficio solamente en vida; / mas con la lengua muerta y fría en la boca / pienso mover la voz a ti debida”, se dijo en silencio.

El fantasma de López de Ayala se revolvió con fastidio:

-          ¡Ah, los reyes! Seres insaciables… Mas esa es nuestra esencia de nobleza. Vivimos rodeados de privilegios pero el sentido del deber, y el honor, apenas nos permiten su disfrute.

-          ¡Os quejaréis!, le dije.

Se rio…

-          No me quejo, no. Pero fijaos en Garcilaso. Esa mujer sabe que el soldado ha regresado a casa después de años de servicio y varias campañas. Que apenas conoce a su mujer, con la que casó cinco años atrás, y que a poco del casorio supo del hijo de su marido con Guiomar Carrillo. Llega con una dotación de 80.000 maravedíes, el cuerpo maltrecho por las heridas y el alma rota por la muerte de Beatriz de Sà… ¡y ya quiere cobrarse el dinero encargándole nuevos servicios! Si se pensaba que Carlos iba a permitir que gastara el oro de la Corona en otra cosa que en su servicio… Estos alemanes qué ratas todos.

 

En efecto, después de suspirar, Garcilaso se irguió llevando la mano derecha desde el pomo de la espada al pecho.

 

-          El Emperador sabe que precisaba descansar y poner orden en mi vida y en mi hacienda. Pero a fe que no es estando ocioso como ha de hallar descanso mi alma. Ordenad.

El encargo era harto sencillo. Preocupaba al Emperador el trato que podía estar recibiendo su hermana Leonor por parte de Francisco, rey de Francia. Como bien sabía, el francés era reacio a respetar los acuerdos de Madrid y resultó trabajoso concretar la boda con la hermana de don Carlos. Ella misma había acudido a la confirmación de esponsales en Torrelaguna y había avisado al Emperador del lastimoso estado de ánimo y delicada salud de la Infanta. Partiría hacia París con el fin de comprobar que la Reina Leonor era tratada como correspondía a su rango por Francisco I y, de paso, observaría cualquier indicio de que se preparaba para una nueva campaña contra el Emperador.

-          Jamás devolverá Borgoña-, dijo Garcilaso.

-          La damos por perdida, pero ha pagado su felonía con oro suficiente como para levantar seis tercios-, respondió la Emperatriz.

-          Saldré mañana mismo. Nada hay aquí que pudiera entorpecer mi obligación para con mi Rey.

-          El Emperador sabrá valorar vuestra devoción, mi buen Garcilaso.

Don Pero se removió incómodo:

-          ¡Seguro! Bien que lo valoró… si no es por Álvarez de Toledo acaba sus días en una prisión en Ratisbona. Sabed, amigo mío que cumplida la misión, un año después, regreso a Toledo y cayó en desgracia.

-          Y por eso estáis vos aquí, para evitar el encuentro de ambos en esta segunda vida.

-          ¡Mucho es llamar vida a esto! Pero sí, me ha tocado esa misión… ya os decía que honor y nobleza obligan.

Garcilaso besó la mano de la Emperatriz, y al despedirse comentó:

-          Espero regresar a tiempo de la boda de mi sobrino.

-          Sabed, amigo mío, que la familia de ella ha escrito al Emperador pidiéndole se oponga a tal unión. Y que, de momento, nosotros no tenemos opinión.

-          Majestad… me consta que se aman. Y el amor es siempre la mejor de las razones.

La emperatriz endureció el rostro. ¡Enfadada podía ser aún más bella!

-          ¿Vais a hablarnos vos de amor y matrimonio?

El rostro de Garcilaso adquirió un tono lívido:

-          Majestad…

-          ¡Escuchad! Admito que vuestros versos, incluso con esas formas italianas que os empeñáis en cultivar, o quizá por ello, entran como un torrente en el corazón de una dama. Pero el decoro es frontera y si vuestras Elisas y vuestras Galateas no evitan dejar en evidencia el honor de damas nobles y respetables, el amor cortés carece entonces de toda cortesía.

-          Mi señora, yo no doy mis versos al común, si bien no puedo impedir que haya quien los copie y los haga circular.

-          ¡En efecto! Vos disparáis vuestros versos como el ballestero los virotes. Los suyos rompen la cota y rasgan el corazón; lo vuestros se pierden por el oído y perturban el alma de la dama cortejada… pero mis damas merecen un respeto, como vuestra esposa. ¡Incluso vuestro hermano! ¿Cómo habéis podido escribir semejantes sonetos a la pobre y difunta Beatriz? ¿En poco espacio yacen los amores, y toda la esperanza de mis cosas? ¡Por Dios, Garcilaso!

El poeta iba a protestar, pero se limitó a decir:

-          Nunca debieron haber salido a la luz, pues en secreto fueron escritos y en secreto compartidos… si me dais permiso, partiré hoy mismo para Francia

-          Sé que el Emperador será bien servido de vos, no albergo duda. ¡Pero no insistáis en la boda de vuestro sobrino hasta que el Emperador transmita su voluntad! Y avisad a vuestro hermano el comunero.

El fantasma de López de Ayala se había desplazado sin yo darme cuenta. Ahora observaba a la bella Isabel Freyre leyendo aquellos sonetos mientras las lágrimas anegaban sus ojos al tiempo que la pena entrecortaba su respiración:

“¡Oh hado ejecutivo en mis dolores,

cómo sentí tus leyes rigurosas!

Cortaste el árbol con manos dañosas,

y esparciste por tierra fruta y flores.

 

En poco espacio yacen los amores,

y toda la esperanza de mis cosas

tornados en cenizas desdeñosas,

y sordas a mis quejas y clamores.

 

Las lágrimas que en esta sepultura

se vierten hoy en día y se vertieron,

recibe, aunque sin fruto allá te sean,

 

hasta que aquella eterna noche oscura

me cierre aquestos ojos que te vieron,

dejándome con otros que te vean”.

 

Cuando comenzó a leer el segundo, López de Ayala “el tuerto” abandonó la techumbre al grito de “¡Garcilaso ha dado con la entrada! ¡Impedid que se cruce con la Emperatriz!”.

Yo me desentendí de sus asuntos para escuchar a una dama desconsolada recitar el soneto que creyó para ella escrito, mientras sus manos se aferraban a dos papeles arrugados…

 

“Yo no nací sino para quereros;

mi alma os ha cortado a su medida;

por hábito del alma mismo os quiero.

 

Cuanto tengo confieso yo deberos;

por vos nací, por vos tengo la vida,

por vos he de morir, y por vos muero”.

 

Como os decía: ¿Qué es un poema sino un secreto a voces?