Yo maté a Custer

 

Hacía frío aquella mañana de enero de 1879 en la ciudad de Minneapolis. Los pocos viandantes que cruzaban la esquina de Second Street con First Avenue, dominada por el Brackett Bulding, en cuyos cinco edificios de oficinas se hallaba la redacción del Minneapolis Evening Journal, evitaban sacar las manos de los bolsillos. Con aquel frío que llegaba directamente del norte, de más allá de los grandes lagos, nadie prestaba atención al hombre de extravagante aspecto que esperaba pacientemente a pocos metros de la sede del periódico, todavía cerrado. No era extraño encontrar vagabundos, inmigrantes alcoholizados, mujeres extraviadas, vagando por las calles de la ciudad, aunque los hombres del sheriff del Condado de Hennepin procuraban mantenerlos alejados de los barrios residenciales para que no molestaran las vidas de la creciente y próspera burguesía local.

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