Yo maté a Custer

 

Hacía frío aquella mañana de enero de 1879 en la ciudad de Minneapolis. Los pocos viandantes que cruzaban la esquina de Second Street con First Avenue, dominada por el Brackett Bulding, en cuyos cinco edificios de oficinas se hallaba la redacción del Minneapolis Evening Journal, evitaban sacar las manos de los bolsillos. Con aquel frío que llegaba directamente del norte, de más allá de los grandes lagos, nadie prestaba atención al hombre de extravagante aspecto que esperaba pacientemente a pocos metros de la sede del periódico, todavía cerrado. No era extraño encontrar vagabundos, inmigrantes alcoholizados, mujeres extraviadas, vagando por las calles de la ciudad, aunque los hombres del sheriff del Condado de Hennepin procuraban mantenerlos alejados de los barrios residenciales para que no molestaran las vidas de la creciente y próspera burguesía local.

Minneapolis era todavía una ciudad de frontera en cuyo barrio comercial podía uno encontrar granjeros en busca de suministros para toda la estación, tramperos, abogados y políticos con levita, negros libertos buscando un trabajo esclavo para alimentar a sus familias, charlatanes, predicadores y algunas mujeres de clase trabajadora, pues las damas y sus hijas no abandonaban los barrios buenos salvo por razones de necesidad. En la mente de todas seguían vivos los relatos de violaciones y secuestros que llenaban las páginas de los periódicos, y también los recuerdos sangrientos de sus mayores, colonos que dieron vida al nuevo estado… todo individuo negro, inmigrante mejicano o indio, despertaba recelo y de vez en cuando alguno moría linchado sin juicio por grupos de blancos justicieros.

Era también una ciudad floreciente con grandes industrias harineras, empresas mineras y las mejores ganaderías de vacuno del país, que crecía a medida que se iba prolongando la vía del ferrocarril hacia el oeste. La capital de Minnesota atraía a inmigrantes de todo tipo pues la necesidad de mano de obra era creciente, así que empezaban a formarse auténticos barrios obreros bien diferenciados del centro moderno por el que circulaban los primeros tranvías.

Al fin, un individuo de barriga prominente y andar resacoso, cubierto con un sombrero de copa y un abrigo de piel vuelta, levantó la persiana metálica e introdujo una llave en la cerradura de una puerta de cristal donde podía leerse: “Minneapolis Evening Journal: si no lo contamos, es que no ha sucedido”.  Antes de girar la llave,  Frank Curtis vio reflejada en el cristal la imagen de un hombre que se acercaba por su espalda y al que identificó sin lugar a dudas como un piel roja. Periodista y aventurero desde que abandonó la escuela en su pueblo de Pennsylvania, extrajo de su cintura el pequeño seis tiros que tantas veces había salvado su vida y se giró apuntando al indio:

-          ¡Ni un paso!

El vagabundo se paró en seco, sin hacer ademán alguno de mover las manos. Sabía que si las alzaba antes de que se lo ordenaran recibiría un disparo. El periodista pudo observar detenidamente al hombre, y una vez que sostuvo su mirada, negra, profunda y firme, pudo reconocer con gran sorpresa a todo un guerrero sioux, aunque cansado y roto. Los indios no tenían buena fama en aquellos años, especialmente después de la todavía reciente derrota del Séptimo de Caballería y las espeluznantes descripciones del modo en que habían sido profanados los cadáveres de los más de doscientos muertos del regimiento de Custer. Resultaba difícil de creer que hubiera uno deambulando tranquilamente por Minneapolis:

-          ¿Lakota?

El  indígena llevó su puño cerrado hacia el corazón:

-          ¡Yo santee! ¡Yo hombre dakota! Yo busco a Coronel King.

-          Pues te has equivocado de periódico, amigo. Este es el Evening Journal. Pregunta por ese canalla de King en el Minneapolis Tribune, aunque dudo que aparezca por ahí. Estará en su granja de Lyndale, cruzando vacas y demostrando a sus animales que es mejor semental que ellos.

El indio no se inmutó. Tampoco pareció entender nada de lo que había escuchado.

-          No busco ganadero. Busco periódico de Coronel King.

-          ¿Y para qué busca un salvaje de las praderas a un excongresista republicano y corrupto como King?

-          Yo busco a Coronel King. Coronel King no amigo de Custer.

-          No es coronel. Ese cobarde no ha visto la guerra ni en pintura. Ese es de los que manda a los demás a la guerra para luego sacar adelante sus negocios. Qué quieres de él…

Frank Curtis se dio cuenta de que estaba en mitad de la calle, sonsacando a punta de pistola a una posible fuente de la competencia. Estaba encantado, pero hacía frío, se le estaba empezando a congelar la mano que sujetaba el arma y algunos viandantes se habían parado para observar la escena. Ante el riesgo de que alguno pudiera identificar a un indio y dar la voz de alarma, relajó el brazo y con un gesto de cabeza invitó al sioux a entrar.

-          Pasa, pero a la primera tontería te disparo y después hago contigo lo mismo que hicisteis a los del Séptimo.

El guerreo dakota tenía razón en una cosa: ni King ni sus socios, todos prebostes del Partido Republicano, miraban con simpatía a George Armstrong Custer, a quien el mismísimo presidente Grant quiso alejado del ejército de Sheridan no tanto por su pequeña deserción como por sus declaraciones públicas en contra de la política de dureza con el Sur vencido, o en favor de un trato más justo a los indios. Él mismo conoció a Custer en una ocasión, cuando cubría la campaña del 68 contra los cheyennes, y aunque sentía simpatía por el personaje lo que vio en la batalla del río Washita y días posteriores no contribuyó precisamente a alimentar el mito.

Frank Curtis no creía una acción gloriosa el puro asesinato de mujeres, ancianos y niños. Jamás aceptó la tesis de “la solución final” y se mostró muy crítico con el modo en que el coronel hacía ostentación de una bellísima prisionera cheyenne de nombre Monasheeta, hija del jefe Little Rock, a la cual presentaba como traductora a pesar de que no hablaba ni una palabra de inglés.

-          ¿Quieres un café?

Siempre había café caliente en el Evening Journal. Curtis y sus compañeros lo tenían a gala. El guerrero negó con un gesto de cabeza.

-          Cuéntame quién eres y qué quieres de King.

-          Yo Anunkasan Ska, Águila Blanca. Yo luchar con mi pueblo contra Cabello Amarillo y sus cuchillos largos. Tener trofeo para Coronel King, su enemigo.

-          ¿Y quién te ha dicho que King es enemigo de Custer? Todos nosotros somos enemigos de tu pueblo y nadie se alegró de vuestra victoria en Little Big Horn.

-          Coronel King amigo de gran jefe presidente Grant. Gran jefe presidente Grant enemigo de Pelo Amarillo. Gran jefe presidente Grant enviar a Pelo Amarillo a una muerte segura.

El periodista se quitó el abrigo y bebió un largo sorbo de café sin dejar de observar al guerrero plantado frente a él. Le ofreció una galleta que el indio aceptó con la misma ausencia de emoción, pero con un gesto de cabeza. Curtis estaba seguro de que el indio llevaría días sin probar bocado. Conocía el orgullo de los de su raza y también la forma innoble de ceder ante el alcohol en las reservas creadas para tenerlos controlados. No podía creer que un combatiente de Little Big Horn hubiera escapado de la posterior persecución, o de la reserva de Montana, lejos de sus queridas Colinas Negras.

-          ¿Cómo puedo saber que dices la verdad, que no mientes para cobrar dinero por tu historia?

-          Yo no quiero dinero por mi historia. Yo ofrecer regalo a Coronel King y él a cambio darme un trabajo lejos de la reserva de Standing Rock.

-          ¿Qué regalo?

El guerrero guardó silencio y fijó la mirada en un punto del infinito. Cruzó sus brazos en señal de rechazo.

El reportero se acordó de repente de su viejo compañero del Bismarck Tribune, Mark Kellog, asesinado y mutilado junto a los hombres de Custer. Es cierto que no llevaba uniforme, pero iba armado con una carabina y debió usarla como uno más. Lounsberry, su editor, llegó a comentar que como tenía poco pelo los indios le habían arrancado las grandes y densas patillas antes de destrozar su cráneo a golpes. Fue identificado por el calzado… Si de verdad aquel indio estuvo en la batalla, igual podría revelar algunas claves. Pero al parecer solo hablaría con King. Decidió que French, su socio, podría hacerse pasar por ese cerdo.

-          ¡De acuerdo, espera aquí! Hablarás con Coronel King…

La verdad es que Clarence French se daba un aire a Williams Smith King. Ambos gastaban bigote rubio y rectilíneo, melena corta y ojos claros… Si el indio tenía cierta idea de cómo era King, solo French podía hacerse pasar por él. Además, su compañero había servido en el Ejército de la Unión durante la guerra civil, a diferencia del excongresista, que jamás había vestido uniforme a pesar de su apodo.

French sonrió ante la perspicacia de su compañero, un maestro de las exclusivas escandalosas, y entendió rápidamente lo que había en juego. Decidió exagerar la energía en sus ademanes y entrar en la redacción como un vendaval…

-          ¿Qué indio apestoso pregunta por mí?

-          Coronel King, le presento a Águila Blanca, el cual afirma ser un guerrero dakota que combatió en Little Big Horn y, al parecer, tiene un regalo para usted. Acude a nosotros porque entiende que somos amigos del Presidente Grant, “que envió a Custer a una muerte segura”.

French endureció el semblante y miró fijamente a Águila Blanca:

-          ¿Cómo te atreves a insinuar que el presidente Grant envió deliberadamente a un regimiento hacia una muerte segura?

-          Pelo Amarillo hacer todo mal. Manda a combatir a sus hombres sin sus cuchillos largos, los separa en grupos débiles frente a una nube de guerreros, no escucha a Bloody Knife ni al resto de sus buscadores de huellas… quien enviar un mal jefe a la guerra sabe que enviarlo a morir

El Evening Journal era un periódico decididamente defensor de la memoria de Custer y el Séptimo de Caballería. La sola idea de que Grant hubiera aprobado de alguna manera el diseño de una campaña tan desastrosa excitaba sus glándulas salivares de buen demócrata. Además, no era fácil entrevistar en Minneapolis a testigos presenciales de la tragedia, y menos aún escamoteando una exclusiva a la competencia. Mientras Clarence French iniciaba un interrogatorio en toda regla, Curtis se sentó con disimulo y comenzó a tomar notas. Tras algunas preguntas elementales lanzadas para comprobar la posible veracidad del testimonio de aquel guerrero sioux, French entró en harina:

-          ¿Quién mató a Custer?

-          Águila Blanca mató a Custer.

Frank Curtis levantó la cabeza y miró de nuevo a aquel indio que afirmaba haber sido quien matara al coronel del Séptimo.

-          ¿Y por qué he de creerte? Todo el mundo sabe que fue Gall o el mismísimo Caballo Loco…

-          No. Phizi mató a Bloody Knife, cortó su hombría y la introdujo en la boca para que no pueda hablar con sus amigos blancos nunca más. Phizi mató también a un cuchillo largo de piel negra que había segado la vida de cuatro bravos…

-          ¿Phizi?-, interrumpió.

-          Así se llama Agalla, o Gall, en lakota. Tenía alguna cuenta pendiente con este explorador arikara de Custer y, además, acababan de matar a dos de sus mujeres y tres de sus hijos en el ataque inicial al poblado… aclaró Curtis.

El indio continuó:

-          Phizi y Hombre Blanco Cojo sentaron el cuerpo de Cabello Amarillo para que viera bien el resultado de su ataque; clavaron flecha en su miembro para que nunca más violara a las hijas de los hombres libres, y perforaron sus oídos para que aprendiera a escuchar. No quisieron cortar sus manos, ni romper su cabeza... Pero el jefe blanco murió de un disparo en el pecho de mi palo de fuego… Yo maté a Custer

-          ¿Y el disparo en la sien?

-          Otro blanco, al verlo caer, disparó a su cabeza. Yo lo maté también a él, porque aquella caza era mía, no suya.

-          ¿No fue el último en morir?

-          No. Varias manos de cuchillos largos huyeron del círculo de caballos derribados hacia un desfiladero para morir de espaldas al sol que ya descendía sobre el horizonte.

Durante una hora larga, Águila Blanca siguió ofreciendo detalles de la batalla, muchos de ellos coincidentes con los de algunos otros indios, entre ellos el de Courley, un explorador crow que sobrevivió a la batalla y observó de lejos el desastre antes de llevar la noticia al resto del regimiento. Entonces French, visiblemente cansado y hastiado de los detalles escabrosos que el indio relataba con toda frialdad, cortó la conversación de golpe:

-          ¡Está bien! ¿Puedes demostrar que dices la verdad?

-          Puedo.

Lentamente, su mano extrajo de dentro de la camisa un pañuelo rojo con restos de sangre seca que envolvía una cabellera rubia, pelo corto y enmarañado, que mostró con el brazo extendido hacia French:

-          Esta ser cabellera de Pelo Amarillo. Él cortar sus cabellos antes de la batalla, él cometer gran error. Tú, su enemigo, recibirla como regalo de Águila Blanca. Nosotros entonces ser hermanos y tú cuidar que yo no tenga que regresar a la reserva…

El falso Coronel King sintió una arcada y vomitó el desayuno. Curtis se levantó y observó con fría curiosidad el regalo destinado a King. De ser cierta aquella historia, de ser aquello la auténtica cabellera de Custer, tenían ante sí un gran dilema. Podía contar la historia, manchar la reputación de King al relacionarlo con aquel indio que se decía su amigo, esclarecer un poco más lo sucedido y dar la razón a los detractores republicanos del  teniente coronel del Séptimo de Caballería… ¿cuánto valdría aquella reliquia una vez certificada su autenticidad?

Iba a comentar con French que sería buena que esperaran a ver qué decía Charles Stevens, el tercer socio fundador del periódico, cuando una turba de ciudadanos irrumpió en la redacción. Uno de ellos había observado la escena del periodista apuntando a un hombre y, veterano de las guerras indias, había identificado perfectamente a este como un indio sioux, quizás un cheyenne. Observó que entraban en la redacción y se lo comunicó a su jefe, el Coronel King. Éste vio la ocasión de desprestigiar a sus colegas y de paso escarmentar a uno de los asesinos de Little Big Horn.

Curtis y French fueron golpeados, la redacción puesta patas arriba y Águila Blanca linchado en el centro de la calle para deleite de la multitud. Su cuerpo disecado sería expuesto por las ferias de todo el país al módico precio de 10 centavos. Ringo, un perro callejero que rondaba por Brackett Building mordisquearía durante días aquel trozo de pelo y cuero reseco… Ringo moriría cuatro años después en el gran incendio que destruyó la manzana por completo.