"En lo que va de año han muerto, 117 mujeres en Dar al Salam, 33 en Mbeya, 28 en Mara, 26 en Geita, que sepamos"...

Un cuento africano

Walldref Ntongwa, general de la policía regional de Tabora, colgó el teléfono con un gesto de fastidio y procedió a rebuscar por entre los objetos que poblaban su mesa de trabajo el mando a distancia de la televisión. Su ayudante sabía que la llamada provenía del Ministerio del Interior, y aunque no podría jurar que el interlocutor fuera el mismísimo Mwigulu Nchemba, resultaba evidente que el jefe se había tenido que morder la lengua para no soltar todo lo que pensaba.

Quedaban largos minutos para el informativo en la TBC, la televisión gubernamental de Tanzania, por lo que el jefe de policía se permitió la libertad de sintonizar el noticiero de TV1. El joven teniente trató de no prestar atención a este gesto, pues las recomendaciones eran claras al respecto en todos los centros oficiales, especialmente desde que el presidente John Magufuli  avisara en un discurso a los dueños de los medios de comunicación: “tengan cuidado y sean precavidos; si creen que tienen ese tipo de libertad, no es así. La libertad de prensa tiene límites”.

Walldref Ntongwa debía escuchar por indicación del ministro Nchemba las declaraciones que una hora antes había efectuado la directora del Centro Legal de Derechos Humanos de Tanzania sobre el asesinato de cinco mujeres acusadas de brujería en la región de Tabora. “¡En su jurisdicción!” había recalcado el airado político… Pero la noticia que en aquellos momentos emitía la TV1 se refería a algo relacionado con Wayne Lotter, un conservacionista blanco con quien había trabado buena amistad durante su servicio en Moshi, en la región de Kiliminajaro. Hizo una seña a su ayudante mientras subía el volumen: alguien acaba de asesinar al activista que más había ayudado en la lucha contra la caza furtiva de elefantes y el comercio ilegal de marfil en todo el continente:

“Según la investigación abierta por la policía, Lotter viajaba en un taxi cuando fue interceptado por otro vehículo del que descendieron dos hombres, hasta ahora desconocidos, abrieron la puerta y le dispararon”, explicaba en esos momentos el locutor. No dijo mucho más. Se trataba de una noticia de alcance para cuya difusión habían interrumpido la sección de deportes y ya retomaban las últimas informaciones sobre la marcha de Neymar al PSG y el inminente derbi “a cara de perro” entre el Simba y el Yanga, los dos gallos del campeonato de fútbol. Volvió a sintonizar la TBC a la espera de las anunciadas declaraciones de Helen Kijo Bisimba, popular defensora de los Derechos Humanos desde su oficina en Dar es Salaam.

Mientras llegaba la emisión anunciada, la atención de Walldref Ntongwa se perdió por la ventana hacia la calle de tierra que separa la Oficina de Policía de la Delegación del Gobierno, apenas transitada en esos momentos por un perro sediento. Más allá, el distrito norte de la ciudad; después el páramo, y en el páramo el drama…

El drama resultaba ya insufrible para Helen Kijo-Bisimba. Abogada y profesora de la Universidad de Dar es Saalam, pero también una abuela sencilla y firme, al estilo de los grandes líderes africanos -cantaba los fines de semana en el coro de la iglesia- que trabajó con ilusión por el sueño de Nyerere pero pronto entendió que la colectivización agraria, la unificación con Zanzíbar, la guerra contra Idi Amin Dada, no excusaban la auténtica reforma social que África reclamaba: la del respeto a los Derechos Humanos, los derechos de las mujeres, el acceso a la educación, el fin de la violencia. Con el apoyo económico de algunas embajadas y la tolerancia vigilante del Chama Cha Mapinduzi, el partido de la revolución,  un grupo de profesores de Derecho impulsaron el Centro y ella se puso al frente. A lo largo de estos veinte años su voz se fue convirtiendo poco a poco en la voz de la conciencia de un país a caballo entre dos mundos, en el que ni siquiera la profunda infiltración de las religiones del Libro había podido erradicar la raíz animista de una población heterogénea, cuyas más de ciento veinte etnias superan el centenar de lenguas diferentes. Ciento veinte formas diferentes de llamar bruja a una mujer y fantasma a un albino; ciento veinte acentos para achacar los males que aquejaban a la comunidad a las mujeres de ojos rojos, a los niños de ojos verdes…

Solía hablar en suajili con la esperanza de que sus palabras llegaran al corazón de la nación, pero esta vez utilizó el inglés para que todo el mundo la oyera: “Las cinco mujeres salvajemente golpeadas y quemadas en Tabora se unen a una larga lista de asesinatos de mujeres acusadas de brujería en nuestro país, que registra una media de ochenta asesinadas cada mes. En lo que va de año han muerto, 117 mujeres en Dar al Salam, 33 en Mbeya, 28 en  Mara, 26 en Geita, que sepamos. Por no hablar de los ataques, mutilaciones y asesinatos de personas afectadas de albinismo. Hay que analizar por qué se está disparando el número de casos, y es evidente que todo es consecuencia de las restricciones de derechos en el país tras la orden de prohibición de las actividades políticas promulgada por el presidente Magufuli, vigentes hasta 2020”.

Walldref Ntongwa se encogió de hombros. Había dedicado toda su vida a combatir las viejas ideas, a pelear por un país moderno, orgulloso de su condición africana, ejemplo de convivencia entre etnias, clanes, tribus y religiones. Había trabajado en contacto con la doctora Kijo-Bisimba y su equipo… ¿qué tenía que ver la restricción de derechos políticos con el incremento de las muertes por brujería? De hecho, en todo caso, podría interpretarse como una respuesta vengativa del Magara –el gran espíritu de todas las cosas- por las detenciones de brujos y hechiceros…

-          Tendrá que ponerse de acuerdo, doctora –dijo en alto-: o convencemos o detenemos, y si hay que detener, pues cuantos menos derechos mejor.

Su ayudante, sin embargo, sabía que en las pasadas elecciones algunos candidatos habían recurrido a los hechiceros para extender el miedo a una victoria de la oposición. No podían emplearse a fondo contra ellos, y además se beneficiaban de la existencia de culpables reales para los males que aquejaban a la población. Sin duda, las mujeres de ojos enrojecidos de tantos años cocinando los alimentos sobre hogueras de estiércol de vaca, las curanderas que ejercían una dura competencia a los hechiceros tradicionales… mujeres muchas de ellas protegidas por organismos internacionales, vigiladas sus casas y su vida por los sungu-sungu, pero que tarde o temprano se veían arrastradas a la hoguera bajo una lluvia de golpes por convertirse en puente entre los malos espíritus y el equilibrio animista en el que creían la mayor parte de los pueblos bantúes, mayoritarios en Tanzania continental.

Walldref Ntongwa volvió a hablar con el Ministerio:

-          Sí… bien. Limítense a decir… sí, bueno, lo digo yo… oficialmente, sí, oficialmente, que hemos lanzado una orden de detención por los últimos asesinatos y hasta ahora varios sospechosos han sido arrestados. La investigación sigue en curso. Nada más.

Ordenó a su ayudante preparar una lacónica nota de prensa con esas mismas palabras, y se dirigió a la sala de interrogatorios sabiendo de antemano las respuestas que recibiría de los tres detenidos, uno por cada localidad donde se habían registrado los hechos… “No se puede pelear con leyes modernas contra creencias milenarias”, se dijo.

Las leyes modernas tampoco iban a conseguir que los masái dejaran de considerarse dueños de todo el ganado de África, especialmente de los de sus vecinos bantúes, o que los musulmanes de Zanzíbar y Dar el Salaam aceptasen otra ley que la coránica. La violencia religiosa contra cristianos y occidentales en la isla resultaba tan preocupante para el gobierno de Dodoma –si es que alguna vez se producía el traslado definitivo a esta ciudad desde la vieja metrópoli de Dar el Salaam- como la violencia contra las presuntas brujas o los albinos.

En Tabora, una región habitada por algo más de 1’7 millones de habitantes, de mayoría wanyamwezi, la brujería era un tema serio. Las “gentes de la luna”, agricultores en su mayoría empobrecidos por la reforma agraria impuesta por Nyerere, habían encontrado la manera de compaginar el cristianismo sembrado por los misioneros alemanes, moravianos principalmente, con sus tradiciones ancestrales. De esta forma, el culto al Dios de Abraham convive junto a las invocaciones y sacrificios de ganado a Likube y las visitas a los mfumus, los adivinos, son tan frecuentes como la asistencia el sábado a la iglesia de la misión protestante.

Cuando el régimen comenzó a revitalizar la importancia de los hechiceros, muchos políticos  y funcionarios, entre ellos el propio jefe de policía de Tabora, temieron lo peor. Alentados por la complicidad de un partido dispuesto a dejarse ayudar por los chamanes en la búsqueda de culpables de las penalidades que asolaban a la población tres el gran fracaso económico de la revolución, lo primero que hicieron muchos hechiceros de prestigio fue alentar el asesinato ritual de los albinos para llamar a la buena suerte… y junto a los albinos de ojos verdes, las mujeres mayores, muchas de ellas curanderas o simplemente sabias, empezaron a sentir la acusación de brujas, y sufrir las iras de la población. Solo en cinco años, los informes policiales recogían el asesinato de más de 3.000 ancianas…

Tras una exitosa operación contra el tráfico de marfil en Kilimanjaro, el coronel Ntongwa fue destinado a Tabora. Una vasta región de extensos páramos de tierra roja, básicamente agrícola, y con una gran persistencia de las tradiciones bantúes, con tribus orgullosas aunque menos belicosas que las del sur del país. Tribus que habían tenido que renunciar de manera oficial a una de sus grandes fuentes de vida: el comercio de marfil…  Nada más llegar, ordenó una gran redada de hechiceros y curanderos, a los que acusó de practicar la medicina sin permiso. “Una excusa como otra cualquiera –explicó a sus subordinados- para enviar un mensaje claro  después de los sucesos de Kigoma”. Allí, su viejo camarada el coronel Yafaro Mohamed había detenido a  27 personas, todas ellas ligadas a un hechicero recién llegado a la región al que acusaba de haber dado la orden de quemar vivas a siete mujeres de ojos enrojecidos. La casualidad, o el Magara, habían llevado a que fueran también 27 las personas detenidas en Tabora.

El joven teniente redactó la nota breve en tres idiomas: inglés, suajili y kinyamwezi, la lengua mayoritaria de los 155.000 habitantes de la capital. Después bajó a la sala de interrogatorios, no sin antes apretar firmemente el amuleto que, según el hechicero de su aldea natal, cerca de Mambali, le protegería de los malos espíritus, del bulogi de las brujas y del poder de los hechiceros de las demás tribus Nyamwezi como los kimbus, konongos o sukumas. Le constaba que el amuleto estaba elaborado con polvo de huesos de albino y jamás salía de patrulla ni acudía a su trabajo sin él en el bolsillo.

Suspiró. Al otro lado de la puerta su jefe, Walldref Ntongwa, amenazaba a un viejo, enjuto y duro mfumu con el Código Penal, consciente de que el hechicero no temía a la cárcel ni a la muerte…  tanto él, como el ministro Nchemba o la mismísima Kijo-Bisimba, sabían que sólo el miedo a ver su alma condenada mediante un poderoso amarre podrían torcer su voluntad. Walldref Ntongwa golpeaba la mesa con el libro de leyes mientras de su bolsillo sobresalía una pata de conejo…