Carta 3ª: ¿Pero qué habéis hecho, señora?

Nobiliario genealógico de los Reyes de España (Alonso López de Haro, 1622)

 

No es fácil de habitar este mundo extraño. Para nada. Lo que más me desmoraliza es el frío, permanente, pegajoso, viscoso. El frío proviene del hálito de los fantasmas que durante siglos recorren las estancias del palacio y no se alivia con el fuego del hogar en la alta chimenea del comedor principal, ni con el tórrido verano toledano. A veces froto mis miembros para sentir el correr de la sangre por las venas pero salgo de Guatemala para caer en guatepeor, pues el calor de mi cuerpo hace más notorio este gélido ambiente del mundo espectral. Así que me noto la mirada triste cuando observo a través de esos espejos que no devuelven la luz, espejos en los que no me veo pero en los cuales se adivina mi silueta recortada en el vaho que tiñe el tiempo… y también ese mi triste mirar.

No es que sea insoportable, la verdad. De lo contrario no podría seguir manteniendo estos encuentros ni asistir a las escenas que me es dado contemplar por obra y gracia del viejo fantasma, silencioso como cartujo, sobrio como si solo un orgullo antiguo mantuviera su espectro en danza. Pero a veces, sobre todo cuando me veo obligado a vagar por el palacio en busca de una salida, me acurruco junto a las estufas de carbón o me acuesto entre los caballos en las pequeñas caballerizas que sujetan la fachada principal.

Y así me hallaba yo en cierta ocasión cuando el estruendo de un corcel a la carrera iluminó la casa del señor de Fuensalida. De repente todo el edificio adquirió un aspecto nuevo. El zaguán era apenas una alta entrada al patio porticado, en el que tampoco se veía rastro de la señorial escalera renacentista. De hecho, abierto el portón a toda prisa, el jinete desmontó y subió presto por una escalera de caracol que comunicaba los establos con el interior del palacio.

El viejo fantasma apareció por ensalmo y con gesto breve de cabeza me invitó a seguir la carrera del mensajero, a quien ya esperaba en el patio el sin lugar a dudas señor de la casa, flanqueado por dos jóvenes. Arriba, en la galería, una hermosa y madura mujer observaba la escena con el porte intacto y las manos apretadas. Por la trompetilla de oro que portaba con altivez deduje que el hombre que dominaba la escena no podía ser otro que el primer conde de la Casa, Pedro López de Ayala, a quien apodaban “el sordo” por una evidente razón: que lo era. Mejor parecido de rostro que su tuerto padre, a quien imaginé controlando las iras de Garcilaso por algún recóndito paraje del inframundo, este segundo Señor de Fuensalida resultaba mucho más sobrio en el  gesto y en las ropas. Educado en tiempos convulsos, su sordera no le impedía en absoluto ejercer la alcaldía toledana y el gobierno de sus alcázares con firmeza, aun cuando siempre con mano izquierda. No en balde era nieto del canciller…

-          ¡Mi señor! El Rey está en Toledo. Ha entrado amparado en las sombras de la noche y se ha refugiado con algunos fieles en San Pedro Mártir. Hay gentes del Stúñiga y del mariscal Payo de Ribera alrededor dispuestas a prenderlo… y siguen llegando más. Defiende la casa el mariscal Rivadeneyra, que reta al Conde de Cifuentes a que se acerque él en persona.

Uno de los jóvenes repetía palabra por palabra lo que iba escuchando, cerca la boca de la trompetilla, mientras el señor de la casa asentía mecánicamente.

-          No hay tiempo que perder. Que suene la campana de alerta en la catedral, y nosotros vamos todos para allá. Que estén listo los caballos… y avisad a Stúñiga y a Payo que esperen mi llegada. ¡Presto!

Dos mozos trajeron espadas, el estandarte y las antorchas. Por fortuna, el convento donde se había refugiado el Rey estaba a pocas manzanas de la salida posterior de la casa palaciega, hacia El Salvador. Antes de salir, Pedro López de Ayala miró hacia arriba, hizo un gesto de despedida a su mujer, y partió mientras las campanas doblaban ya por toda la ciudad.

-          Vamos, hijos míos, no caiga sobre Toledo la ignominia de la muerte de un rey a manos del populacho…

-          ¿Populacho, padre? Sabemos bien qué nobles lo instigan.

-          Razón de más, Alonso. Nos hemos alzado por Alfonso, pero una cosa es el derecho y otra el respeto. No será la horca quien decida el Trono, sino Dios...

Fue lo último que escuché mientras veía a la mujer recorrer de un lado a otro la galería con evidente nerviosismo. Una leve palidez acentuaba la belleza de su rostro. Al cabo de un rato, llamó a un criado:

-          Sal discretamente por el portón de Santo Tomé, llévate contigo a Blas, y tráeme información de cuanto suceda. Estaré rezando, así que no os entretengáis llamando a la puerta... ¡Ah! Si tienes ocasión, dile a alguno de mis hijos, atiéndeme bien, que el Rey ha llegado a Toledo invitado por mí y por mi hermano. ¡Date!

 

El eco de las campanas, el rumor de gentes a la carrera y algunos gritos ahogados en la distancia contrastaban con el silencio sepulcral que invadió el patio porticado en torno al cual se elevaba el Palacio. El espectro pálido guio mis pasos por laberintos insospechados hasta abandonarme ya de amanecida en un altillo cuchitril lleno de plumas y excrementos de paloma desde el cual pude ver cómo el futuro Conde de Fuensalida penetraba en la cámara envuelto en un halo de furia e indignación:

-          ¿Pero qué habéis hecho, señora? ¡A quién se le ocurre! A vuestro hermano el obispo, como si lo viera…

Ella se mantuvo arrodillada frente a una imagen románica de la Virgen del Sagrario como esperando el hacha del verdugo sobre su largo cuello. López de Ayala no podía saber si decía algo o callaba, pues las manos ocultaban su rostro, pero apreció que un temblor nervioso recorría el cuerpo de su esposa. Recordó de repente cómo había aprendido a querer a aquella mujer, a pesar de que fue una boda pactada, y dejó que su contemplación impusiera la calma en la estancia, a ambos lados del matrimonio. La espada se deslizó de su mano y quedó suavemente apoyada en la pared. El brillo de unos ojos a punto de romperse en lágrimas ante la idea de un Rey asesinado por su imprudencia anegó la ira del Alcalde Mayor de Toledo, que se acercó con toda la gentileza que aún atesoraba a pesar de los años para ofrecer su mano a Doña María de Silva. Un gesto de interrogación dibujó arrugas en su rostro, mientras el sol iluminaba ya los arrabales y los torreones de la ciudad.

-          Tranquilizaos, mi señora. El Rey Enrique ha abandonado la ciudad sano y salvo, agotado y humillado, eso sí, pero vivo, acompañado y salvaguardado por nuestros hijos, que han jurado proteger su salida hacia Madrid.

Suspiró aliviada, pero no se relajó. Se acercó al marido, que automáticamente apoyó la trompetilla sobre su oreja:

-          ¡Perdonadme, señor! Nunca creí que corriera peligro su vida. Fue un plan trazado por mí hermano a instancias mías, convencida de que su presencia en la ciudad, por la mañana, le permitiría reclamar el juramento de amor y fidelidad que todos los nobles hicieron en la Catedral, uno por uno.

-          Y yo el primero… ¿Y ya? ¿Llega un Rey al que todos reputamos por débil y por infame y doblamos la rodilla? ¿Lope de Stúñiga, al que ha humillado obligándole a renunciar a más de 30.000 maravedíes a fuerza de juros? ¿Vuestro primo el conde de Cifuentes, el mariscal Payo de Ribera? ¿Renunciamos todos a los 200.000 maravedíes con que premia a esta nobleza levantisca el Rey Alfonso? ¿Porque lo diga el Obispo de Badajoz y nos la traiga Rivadaneyra? ¡Ay, señora! ¿Cuándo os he dado muestras de no saber lo que hago, o merecer que os conjuréis a mis espaldas? ¿Acaso me lo dijisteis y no os oí?

Eso último sonó como un golpe bajo, pues jamás consideró la mujer que la pérdida de audición de su marido fuera motivo de menos valer. Con los años éste había aprendido a adelantarse a las preguntas de su mujer, y ella a dejar que respondiera cuantas él creyera oportuno antes de enunciar otra.

-          Al final pude contener a Stúñiga, encantando de contender con Rivadaneyra como si aún tuviese la edad de cuando el Paso Honroso. Con vuestros hijos al lado, ¡qué orgullosa podéis estar de ambos!, impuse mi autoridad ante los demás y a base de calma, reflexión y amenazas, convencí al Rey de que podía, de que debía, abandonar la ciudad en paz. Rivadeneyra estuvo a la altura de su categoría de mariscal y exigió seguridades. Ofrecí a mis hijos, que sabedores Dios sabe cómo de vuestro papel en esta historia estaban prestos a defender la vida de Enrique IV, tal es su amor por vos. Llevan caballos frescos y le darán escolta hasta Olías... no sé cómo aguantarán los del rey, con dieciséis leguas por delante hasta Madrid.

-          Lope de Stúñiga nos odia, y cambia de bando con facilidad, como toda su familia. No debéis fiaros de él… Alfonso es un rey preso de las ambiciones de los Pacheco, y Toledo se ha vendido… Castilla necesita de un Rey fuerte que ponga fin a esta permanente guerra civil que arruina sus cosechas y empobrece sus ciudades. Vos no sois como ellos, mi señor; vos sois hombre de palabra y Enrique es el rey legítimo porque así lo quiso Dios ¡El reino en manos de Villena y de Manrique! ¿No os parece más digno hoy, incluso en la derrota, Rivadenera que Payo de Ribera? Pero sobre todo, mi señor, guardaos de Stúñiga...

Hablaba despacio, sin fuerza ni convicción, como excusándose. Sintió un mareo y se dejó caer sobre la silla obispal junto al brasero, sujeto el brazo por la mano aún firme de su esposo, que había escuchado con atención el aviso de su mujer. 

-          ¿El obispo mi hermano?…

-          El mariscal se ha negado a abandonar Toledo. De momento he dado orden de que sea detenido, más por su bien que por justicia. A vuestro hermano he otorgado plazo de horas para que abandone la ciudad. Guardará acontecimientos en la Huerta de Rey, pues esta aventura no ha concluido. Les he garantizado protección, pero deberán responder por haber quebrantado la voluntad y el compromiso de la ciudad.

Tras estas palabras, Pedro López de Ayala sonrió con cierto aire de ternura:

-        Ha de haber justicia para todos.  Y para vos, mi señora… Sabes que a vos os condeno a permanecer a mi lado de por vida.

Ella iba a llorar de alivio, pero quedó inmóvil cuando escuchó a su marido añadir, ya sin sonrisa, el gesto cansado y endurecido el tono:

-           “Mas no hagáis que me arrepienta: si no me respetáis como marido, respetadme al menos como alcalde cuya mano no ha de temblar”

Un frío pegajoso como hálito espectral desdibujó la estancia apagando el calor de la escena. Mientras se diluía el rostro asustado de María de Silva arrastrado por la corriente del tiempo, entendí finalmente que el miedo nos fue regalado para apreciar la vida.