Y esta historia le vino a suceder a Gaudencia Retama como les podía haber llegado a ocurrir a otras tantas personas

Las vidas de los otros

Esta historia vino a trastocar un día cualquiera la vida de una pequeña ciudad semejante a tantos pequeños lugares donde los días pasan de uno en uno y sin grandes sobresaltos para sus habitantes, atentos siempre a los desastres y sucesos que convierten al resto del mundo en un  lugar lleno de peligros, seres infelices y desgracias varias.

Y esta historia le vino a suceder a Gaudencia Retama como les podía haber llegado a ocurrir a otras tantas personas que, amparadas en la supuesta cercanía que caracteriza a una pequeña ciudad, dedican la mayor parte de su tiempo a saber de las vidas de los otros porque en las vidas de los otros encuentran la única razón para sentirse vivas y decentes. Podría haberle sucedido por ejemplo a Nicanor Obando, que heredó tierras y las perdió en el juego; al palizas de Matías, que por no callar miente más que habla, o a doña Rosa la soltera, porque todos, al fin y al cabo, habitan la misma pequeña ciudad donde los días pasan de uno en uno sin grandes sobresaltos para sus vecinos. Pero hubo de ocurrirle a Gaudencia Retama, la pobre.

Sucedió una mañana de octubre, cuando el lugar recupera la normalidad porque los parientes, veraneantes y visitantes ocasionales han ido regresando a sus lugares habituales de residencia. Gaudencia Retama tenía por costumbre acudir cada tres o cuatro días a “Le boucle parfaite”, la peluquería que abrió Nélida cuando regresó a la ciudad hablando francés y vistiendo de una forma rara. Y conste en acta que sigue acudiendo a pesar de lo de aquella mañana otoñal, aunque nada resulta igual para ella desde entonces. No es que le guste especialmente el modo de peinar de “la Neli”, pero por lo menos allí una siente cariño, interés y comprensión. A Gaudencia le cautivaron desde el principio sus consejos sobre tintes, cortes, acondicionadores y todo lo que conlleva cuidar un pelo obligado a desafiar cada mañana los estragos de la edad.  Las chicas nuevas que abren salones todo lo dicen en inglés, por eso a Gaudencia le gustaba “Le boucle parfaite”, porque ella había estudiado francés en el instituto, una lengua mucho más culta, dónde iba a parar.

Así que aquella mañana de octubre llegó a la peluquería a la hora de siempre, saludó a Nélida y a las demás personas presentes, se sentó en la silla habitual y se dispuso a inspeccionar su aspecto en la imagen que devolvía el amplio espejo mural. A su lado, la mujer del notario contaba animadamente a la joven aprendiz que extendía el tinte a brochazos grasientos sobre su cabeza la boda de una sobrina en la que se había dado cita lo mejor de la sociedad local, sin duda. Esta sobrina había aprobado recientemente unas oposiciones y casaba con un muchacho de buena familia, aunque algo bajito para lo que ella merecía. La verdad es que viendo a sus padres costaba creer que el muchacho hubiera salido tan recortadillo, porque el padre era hombre alto y apuesto y la madre tenía una clase indudable… En circunstancias normales, Gaudencia habría preguntado si por lo menos el muchacho era guapo, tenía empleo, posibles era evidente que sí, o cómo se conocieron. Pero no mostró el menor interés, para sorpresa de la parroquia de “le boucle”.

Nélida estuvo al quite y preguntó. En su peluquería jamás una clienta orgullosa de contar la boda de su sobrina sufriría el desaire de que desde el sillón de al lado sencillamente pasaran del asunto. Y menos desde el sillón de Gaudencia Retama, famosa por su instinto inquisitorial en cuestiones de sociedad. Y a fé que aquella fama era de justicia, pues esta mujer podía desmontar cualquier historia de cuento de hadas con unas breves preguntas y un par de dudas en el aire: no tendría tantos posibles si la boda se celebró en un salón tan poco estiloso, ese menú dice muy poco de los padres de la novia, no salen las cuentas si a un sietemesino hay que sacarlo con fórceps, dime de qué presumes y te diré de qué careces, tanto amor y en menos de un año llegó el divorcio…

Pero no. Ni siquiera el gesto geográfico de conectar ambas sillas con la conversación, gracias a la intervención de la dueña del establecimiento, pudo despertar la atención dormida de Gaudencia Retama, que continuaba hojeando la revista. La mujer del notario siguió relatando detalles y anécdotas de la boda sin mirar ni una sola vez a su vecina, dignidad ante todo, ya le preguntaría ella después, y Nélida fue poco a poco desconectando a ambas clientas, hasta hallar el momento oportuno de preguntar “¿todo bien, doña Gaudencia?”.

Fueron unos minutos tensos, de silencio roto solo por el trajín de la peluquera en torno a la mujer que apenas levantaba la mirada de la revista. Al final encontró el modo:

-          ¿Y todo bien, doña Gaudencia? Muy callada la veo esta mañana…

La vecina de al lado había pasado al secador, por lo que nuestra protagonista pensó que podía hablar con libertad.

-          Si hija… mira, te lo voy a decir: es que no me interesa en absoluto nada de lo de esa boda, ni de la sobrina, ni del chico bajito, ni de la clase indudable de su familia.

-          ¡Uy! Eso suena a celos… ¡ja, ja, ja, con lo que es usted!

-          ¡Cómo que con lo que soy yo, niña! Porque me gusta cómo me dejas el pelo, que si no… ¿Y cómo se supone que soy yo según tú, deslenguada?

La Neli había viajado, tenía muchas tablas. Sabía que mientras la confianza en la propia imagen de la mujer estuviera en sus manos, podía bromear con ella así y mucho más…

-          Venga, mujer. No me va a decir usted ahora que no le llama la atención una boda de postín. ¡Pues menudas crónicas hemos montado aquí algunas mañanas entre todas! Y usted la primerica.

Y ahí fue cuando Gaudencia Retama tomó conciencia de que algo pasaba.

-          Pues ahora que lo dices… no sé, hija, que hoy debo estar rara. Pero la verdad es que no me interesa nada la boda, ni los chismes que corren, ni lo que les pase a los demás. Y no es que me pase algo a mí, que me encuentro divinamente. Pero no, el caso es que no.

La peluquera hizo un gesto extraño y siguió trabajando en silencio, rompiéndolo apenas para comentar aspectos del peinado de ese día, respetando el ensimismamiento en que había caído su clienta, considerada hasta esa mañana otoñal de octubre en la pequeña ciudad una auténtica metomentodo, una cotilla de primera división.

Una vez en la calle nuestra pobre Gaudencia repasó  como de costumbre con la mirada los balcones del edificio al otro lado de la calzada. Mas lo hizo sin interés. Nada de comprobar quién seguía sacudiendo el polvo de la alfombra en el balcón, cuántas viviendas quedaban cerradas a cal y canto hasta las vacaciones de navidad, o si en la cuerda de Eulalia volvían a colgar calzoncillos, mira tú la viuda, tan atenta como indiscreta. Saludó cortésmente a varias conocidas, pero a ninguna preguntó por su salud, o por su familia. En el salón de té, una cafetería como cualquier otra pero limpia, ya sabes, y con luz, mucha luz, que siempre se agradece, empezó a tomar conciencia de su repentino desinterés. Consumió su café con leche atenta a las noticias de media mañana, devolvió con una sonrisa el piropo de Encarnita por su nuevo peinado y obvió cuantas conversaciones se desataban a su alrededor sobre bodas, oposiciones, embarazos, noviazgos y chollos, auténticos chollos. Se fijó en un par de jóvenes que hablaban de política y lejos de ponerse a deducir si ya se habrían acostado, hay detalles que siempre delatan eso, se centró en entender lo que decían por si convenía cambiar el voto en las próximas elecciones. Incluso asintió con la cabeza cuando él proclamaba que le importaba muy poco si el candidato de la oposición era casado, viudo u homosexual… y sintió un nudo en el estómago: ¡Jamás hubiera aceptado que da igual que un alcalde lleve una vida ordenada o que se comporte como un alegre divorciado! Pero, en efecto, se descubrió pensando que poco importaba si gobernaba bien.

Gaudencia Retama dejó de intervenir en los grupos de wasap, que por cierto echaban humo con la boda de la sobrina del notario, preñada, que sí, que se casó preñada, que alguien en la farmacia la vio comprando un  predictor dos meses antes, que ya te decía yo que esas bodas repentinas… y durante dos días se enclaustró en su casa, donde vivía rodeada de recuerdos de gente que de verdad le importaba. Contestó por educación las llamadas de amigas que preguntaban extrañadas qué le ocurría, pero no dio pie a ninguna conversación sobre las vidas de los demás.

El jueves madrugó para ir a misa en San Segundo. En el confesionario, por primera vez en su vida, omitió haberse alegrado de las desgracias de algunas personas, de haber criticado con crueldad a sus vecinas, y todo eso. Don Severo hizo honor a su nombre:

-          ¿Eso es todo, Gaudencia? ¿Nada más que te venga a la memoria?

-          No padre. Déjeme que piense… no… no… no, qué va.

-          ¿Así que cotillear, despellejar a nuestros semejantes, quedarnos siempre con la versión más negra de las cosas, ya no es pecado?

-          ¡Pues claro que lo es, don Severo! Pero ya no cojeo por ese pie. Y la verdad, no sé qué me pasa, pero es como si me hubieran extirpado algo.

El cura se sorprendió, pero no debía insistir. La confesión es un acto voluntario que parte de un examen de conciencia, al fin y al cabo.

-          Muy bien hija, muy bien. Ahora toca perseverar y tener muy claro que sin propósito de enmienda de poco vale la confesión de nuestros pecados…

Salió a la calle algo molesta, aunque entendió las dudas del sacerdote. La gente caminaba a su lado, o se cruzaba con ella,  sin despertar curiosidad alguna. Hablaba con sus conocidos acerca del tiempo, comentaban las noticias o la serie de mediodía, pero no podía cotillear, preocuparse o charlar sobre cosas que no le atañían… Perdió presencia en las tertulias de media tarde, en las redes sociales, en los actos culturales convocados más para el postureo local que para el gozo del espíritu, y lo peor es que también perdía peso. No de una manera exagerada, pero sí lo suficientemente alarmante como para preocupar a las personas que de verdad le guardaban aprecio. La posibilidad de una depresión empezó a ser valorada en algunos círculos llenos de personas como la Gaudencia Retama de antes de la boda de la sobrina del notario, pero con un agravante: la curiosidad sobre la causa de tal cambio en su comportamiento se convirtió en enigma público y, como tal, desentrañarlo sería un reto de ahí en adelante para las personas siempre bien informadas de la ciudad.

Ocurría que cuanto menos se preocupaba Gaudencia de hurgar en las vidas de los otros, más hablaban de ella sus vecinas, sus amigas, las empleadas de “le boucle”, los taxistas. Algunas mujeres pagaron a sus nietos para que investigaran en internet, e incluso un periodista local se hizo eco de la noticia en su columna de los domingos, aunque omitiendo el nombre de la mujer. En el casino, alguien hizo la gracia de comparar la retama con la zarzamora, y cantó “¿Qué le pasa a la retama, que a todas horas, calla que calla por los rincones? Ella que siempre decía que se sabía toda la vida de los borbones?”… La coplilla recorrió la ciudad y no tardó en llegar a sus oídos. Se indignó, pero qué iba a hacer. Le había tocado a ella… cada vez que alguien trataba de contarle un cotilleo, una desventura, un sucedido que en realidad a nadie importaba, un fuerte dolor le oprimía la nuca, como una jaqueca brutal y repentina, como si alguien presionara fuerte, fuerte aquí, doctor, y tengo que desconectar y seguir mi camino dejando a quien sea con la boca abierta.

Porque en efecto, terminó consultando a su médico de toda la vida. Siempre había entrado en aquella consulta con aprensión por la fama de mujeriego del buen galeno, aunque a ella jamás se le había insinuado, bueno, o ella jamás había querido entender sus bromas como una insinuación. Y eso que debido a una disfunción que exigía control periódico, visitaba regularmente a don Gervasio, ginecólogo, en ocasiones dos veces por semana, casi tanto como “le bucle parfaite”. Este don Gervasio siempre había toreado los dimes y diretes con estilo y una fórmula magistral: no hacer caso, aunque por su profesión tenía que escuchar largas letanías sobre desgracias, cuernos, ruinas y alegrías ajenas que en nada distraían su atención durante el examen. En ocasiones lo aceptaba como un modo de relajación de las pacientes para sobrellevar mejor el trago de la exploración hablando de cómo les iba la vida a las demás.

Una semana después, el médico le comunicó el diagnóstico:

-          Gaudencia, amiga, lo que a usted le pasa no es nada físico, tranquila. Y tampoco es mental, aunque no le oculto que corre el riesgo de caer en depresión si no es capaz de comprenderlo y asumirlo.

-          Usted dígame lo que es, que ya me conoce y no me asusta nada. A mis años una solo empieza a pensar ya en dejar este mundo de la mejor manera posible, ¡y sin deudas!

-          Pero mujer, que tiene usted sesenta y dos años ¡Pues anda que no tiene guerra que dar todavía! Y con esa salud de hierro, encima. Le explico: sufre usted un colapso por agotamiento neuronal en la corteza cerebral, concretamente en la zona de nuestro cerebro que rige la sociabilidad. Se calcula que un cerebro normal, en una persona adulta, tiene capacidad para entre dos y tres millones de datos sobre personas, hechos y lugares de nuestro entorno. Por lo general, toda esa información, necesaria en cuanto a seres que vivimos en grupo, en sociedad, llega a esta zona del cerebro, donde es procesada. Una parte queda almacenada para siempre, otra de manera temporal y una porción importante es evacuada por un nudo neuronal cuya función es eliminar datos intrascendentes. A partir de cinco millones de datos, las personas empiezan a notar pequeños cortocircuitos, se quedan en blanco, no recuerdan un nombre, un hecho… y no es alzheimer. Es falta de neuronas libres en esa zona de la corteza cerebral. En su caso, querida Gaudencia, ha almacenado tanta información sobre las vidas de los demás que el nudo neuronal ha dejado de dar abasto… sencillamente no cabe un comentario más y la respuesta es el dolor en la nuca. No hay más neuronas disponibles…

-          No sé si lo entiendo bien, doctor.

-          ¡A ver, Gaudencia Retama, que no se puede ser más cotilla! Que hasta para eso hay un límite y usted ha batido todos los registros…  ¡Que estoy dudando entre mandar su caso al neurólogo o la redacción del Sálvame!

Don Gervasio solía hablar pausado, pero esto último lo dijo con una sonrisa forzada, conteniendo el impulso de soltar lo que realmente estaba pasando por su mente. Así que cuando Gaudencia dijo con un brillo en sus ojos “pues mejor al Sálvame, ¿no doctor? Ya puestos, igual pagan tan bien como a la chica de la joyería, la nieta de Rufino, que participó en eso de los tronistas…” se levantó, agarró a la mujer por el brazo y la puso literalmente de patitas en la sala de espera gritando “¡no tiene usted remedio! ¡Y cambie de médico!”.

Al día siguiente, toda la pequeña ciudad sabía que el silencio depresivo de Gaudencia Retama se debía a que ella también estaba en la lista de históricas conquistas del médico mujeriego y que, apretada por la crisis, había querido chantajearle amenazando con ir a Sálvame para contar lo que muchos sospechaban. Una enfermera había entrado cuando Gaudencia Retama se lo decía a don Gervasio, el cual la echó con cajas destempladas de la consulta.  ¡Ahora se explicaban tanta peluquería y tanta visita al doctor…!