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Marian, la abuela de nadie

Era una tarde de mucha calor. Otra más. No se sentía con fuerzas para acercarse a la residencia a visitar a la Encarna, ni siquiera al caer la tarde, ya con la fresca. Tampoco es que tuviera mucho más que hacer, pero con esta calor… en el porche las bolsas de agua colgadas de la parra apenas alejaban a las moscas, y en la sala el ruido del ventilador competía con los diálogos ágiles y teatralizados de la telenovela. De vez en cuando un viaje a la cocina a remojar el pañito con el que aliviar la pesadez de cabeza que producía la falta de aire en las calles, en la casa, en las canas, y alguna visita al cuarto de baño por aquello de la incontinencia… aún aguantaba bien con las compresas finas, pero en días como éste, en que la ropa se pega al cuerpo como si temiera salir despedida, la abuela de nadie prefería no usar ropa interior. Total, si nadie iba a venir a verla y ella sola se limpiaba lo que manchara.

 

Pensó en la Encarna, allí en el asilo, vestida por obligación con su blusa y su falda, el aire acondicionado estropeado y el pañal recogiendo más sudor que otra cosa, abrigando las ingles “como si llevara el braserillo a horcajás”, le había dicho entre risas y lágrimas la otra tarde. Pensó que, de acuerdo, no estaba sola, pero qué sola que estaba Encarna. Aún tenía bien la cabeza la buena mujer, mucho mejor que la cadera, sin duda. Y aquella tarde habían estado haciendo balance, “los pros y los contras”, a ver: maestra de escuela una y la otra toda la vida detrás del mostrador, cómo no iban a pensar las cosas con pausa una y otra vez… “¡si los hombres supieran pensar con la cabeza!” Si acaso corriera un poco el aire.

 

“La abuela de nadie”, murmuró. Recordó sus clases sobre Lorca, y canturreó como Yerma:

 

“En el arroyo frío

lavo tu cinta.

Como un jazmín caliente

tienes la risa”.

 

Tantas veces pensó en Yerma a lo largo de su vida… maldita la mujer que nace yerma: “Marchita, marchita, pero segura. Ahora sí que lo sé de cierto. Y sola”. Nunca tuvo hijos ella tampoco. Se consolaba con que, maestra de pueblo, era un poco la madre de los hijos de todos. No había muchacho en el pueblo, ¡ni muchacha!, que no hubiera aprendido a leer, a sumar y a restar  con ella. Los padres le traían alegres a sus hijos: “doña Amelia, aquí se lo dejo, sea usted dura con él, pero quiéralo como a nosotros”, y ella se erguía: “El quererlo es cosa tuya, lo mío es enseñarle lo que no conseguí que entrara en tu cabezota”… Y cada año una nueva hornada.

 

Pero yerma como Yerma, a la vejez una no tiene a nadie que se preocupe, ni por el que preocuparse de verdad, así que la Encarna se había convertido en su única razón para salir de casa cada tarde, aunque ella tenía un hijo en Argentina y una hija en vaya usted a saber dónde. Y una foto con dos niños vestidos con una camiseta de fútbol que decía eran sus nietos, allá en Buenos Aires. Por lo menos, la Encarna podía perderse en la idea de sus nietos, con los que hablaba por teléfono una vez al año, por Navidad, y a los que remitía, también una vez al año, un paquetito con los regalos que habían dejado los reyes magos en España para ellos. Pero ella ni soñar podía... un sobrino de su marido tenía, pero se hizo cura y no le dio nietos, aunque fueran políticos. ¡Cómo los hubiera querido, cómo los hubiera educado! El cura le debía mucho de su formación, pero jamás lo reconoció. Y cuando murió su Pedro, pobrecito, se presentó con un abogado a ver qué pasaba con la herencia. A ella, que jamás permitió un papel fuera de su sitio, venirle con abogados.

 

-          “Cura y bueno, raro en extremo”, dice el refrán. Y con  razón.

 

Esto último lo dijo en alto, y ella misma se sorprendió por la carga de rencor con que había devuelto el eco sus palabras.

 

No iría esa tarde a ver a Encarna. Al fin y al cabo la vieja tendera tenía una foto de sus nietos allá en Buenos Aires y ella, la maestra, la abuela de nadie, ¿qué tenía? Mucha calor y mucho más rencor. No podía seguir así. No podía dejar que la soledad y el hastío terminarán empañando una vida de servicio a los demás y torciendo su camino al cielo, que se lo había ganado y bien ganado. Podría acabar con todo, pero entonces sería enterrada en el cementerio civil y no sería examinada por San Pedro. Podía acudir a un programa de televisión a ver si encontraba a alguien con quien compartir sus últimos años, pero quién iba a aguantar sus manías, o a quién le iba ella a aguantar vaya usted a saber qué tonterías…

 

Yerma aceptó la soledad como una liberación, después de acabar con la vida de un marido al que no amaba, de un varón que no le dio un hijo. Ella no aceptaba la soledad, después de una vida rodeada de niños y de Pedro, ¿pero qué podía hacer? Durante un tiempo se había volcado en la caridad a través de la parroquia, pero desde lo de la herencia y las duras palabras con su sobrino, el cura, había decidido que para hablar con Dios se basta una misma. Espació a conciencia sus confesiones y don Ángel, que sabía, que entendía, jamás le preguntó. De vez en cuando una visita, una limonada y un “¿todo bien, doña Amelia?”... porque don Ángel también había sido alumno suyo y siempre se dirigió a ella con respeto. Su sobrino pecaba de orgullo, y a don Ángel le gustaban el fútbol y tontear, ¡a sus años!, con las muchachas. “Cura y bueno…” repitió, aunque le caía bien don Ángel.

 

La telenovela había dado paso a un programa de esos en los que varias personas hablan al mismo tiempo y no siempre bien, y la imagen de una anciana japonesa llamó su atención. Hablaba un hombre de aspecto desganado que movía los brazos con excesiva elocuencia:

 

-          Las cárceles de Japón se están llenando de ancianas que roban en tiendas porque no tienen a nadie que se ocupe de ellas. Es un hecho. Prefieren la cárcel a la soledad y la pobreza. En España solo hay 137 mujeres de más de 60 años en prisión, pero en Japón, un país con criminalidad muy baja, más del 27’3% de la población reclusa supera esa edad.

 

A continuación, aparecían en escena dos reclusas de 80 años. Una voz iba traduciendo lo que decían estas mujeres:

 

-          La primera vez que robé lo hice en una librería y cuando me llevaron a comisaría me interrogó un policía muy amable. Escuchó todo lo que tenía que decir. Sentí que estaba siendo escuchada por primera vez en mi vida.

-          Mi vida es mucho más fácil en la cárcel: puedo ser yo misma y respirar, aunque solo sea de forma temporal. Mi hijo me dice que estoy enferma y que me deberían ingresar en una institución mental. Yo no lo creo. Creo que la ansiedad me llevó a robar.

 

Doña Amelia no daba crédito. Siguió escuchando datos sobre población reclusa anciana en Japón. Cómo las trabajadoras de prisiones dedicaban más tiempo a control geriátrico que prevenir fugas o incidentes; cómo el presupuesto sanitario en las cárceles de aquel país se había disparado hasta cifras mareantes; cómo la soledad y la pobreza afectaban por igual a una sociedad que estaba dejando de cuidar de sus ancianos en el seno de las familias; cómo el dinero no ayudaba…

 

Se imaginó presa. Se vio dando clase a las reclusas, controlada su salud por el equipo médico de la prisión, escuchando historias de mujeres engañadas para transportar droga, de mujeres enganchadas a la droga y a un chulo que las obligaba a robar, de mujeres hartas que se habían alzado contra su maltratador, contra su situación, de mujeres activistas que habían dado un paso más allá del límite, de mujeres de color que preferían la prisión a la deportación, de mujeres inocentes que sólo habían querido proteger a sus hijos… y ella escuchando, y ella aconsejando, y ella siendo útil, y ella siendo atendida, y ella respirando vida incrustada en un temporal de emociones encerradas entre cuatro paredes: ¿Por qué no?

 

Trazó un plan. Un plan sensato, lleno de pros y de contras, porque maestra se es hasta el fin de los días. Encarna, en realidad, no la necesitaba, y a veces bajaba a la sala como con resignación, como soportando una atención no solicitada. Se informó a través de su abogado acerca de las posibilidades de ir a la cárcel… ¡diantre!, no era tan fácil. Se moriría de vergüenza antes de robar en una tienda. Quizás si lo hiciera por una buena causa se atrevería. Podría robar comida y llevársela a don Ángel, pero éste le mandaría devolverla. “España no es Japón, desde luego”, se dijo, “aquí roba todo el mundo”. Si quería ir a la cárcel tendría que delinquir de verdad: podría dedicarse a la política, pero primero debería ser concejal, ¡quién iba a votar a una anciana!. La droga: ahí sí que las autoridades no admitían bromas. Pero Dios, ella y el mundo tenían que tener claro que lo hacía por una buena causa, como Robin Hood, el Zorro o Jesse James. Y pensó en el nieto de Palmira, un buen  muchacho que tomó un mal camino. Y pensó en las muchachas del club de la carretera comarcal. Gente con alma que necesitaban de un ángel protector, sin lugar a dudas.

 

La abuela de nadie ya se veía en prisión, con la cabeza muy alta, y dispuesta a atender a las presas a cambio de compañía, de un plato de comida, de una atención continuada. De nuevo sentiría que alguien, esta vez el Estado, le pedía que enseñara a sus hijos descarriados con la misma firmeza, con el mismo cariño bien disimulado que durante tantos años había derramado para que todos los chicos, ¡y las muchachas!, supieran leer, escribir, aritmética, urbanidad. Encarna podía esperar sentada.

 

-          ¿Palmira? Hola hija, soy Amelia… sí, doña Amelia, escucha, que estaba yo pensando…

 

Cuatro años después todo el pueblo se despertaba agitado con una extraña noticia. Un nutrido grupo de Guardias Civiles vestidos de negro, con casco y chaleco antibalas, había rodeado el pueblo mientras un helicóptero sobrevolaba los alrededores. En apenas diez minutos habían reventado la puerta de la vivienda de Doña Amelia, la vieja maestra, que dormitaba en la mecedora con dos teléfonos móviles en el regazo frente a una “Smart tv” de 85 pulgadas que apenas cabía en el salón. Sorprendida, observó el ir y venir de los guardias civiles como si la cosa no fuera con ella. Ni siquiera cuando encontraron medio millón de euros y una bolsa llena de cocaína en el falso fondo del mueble de la cocina.

 

Llegó un agente de paisano que acercó una silla y se sentó frente a ella. Reconoció a uno de aquellos sus niños, pero dudaba acerca de si era Angelín, el hijo del sargento del puesto, cuando había casa-cuartel, o Miguel, el hijo de Angelín. Uno de los móviles vibró inoportuno.

 

-          Atienda usted el teléfono, doña Amelia… o Marian, si prefiere.

-          ¿Para qué, hijo? Sabes perfectamente que llaman para darme el queo. Tarde.

-          Hemos sido más rápidos que su chivato

-          ¡Habéis tardado cuatro años! ¡Cuatro años para detener a una pobre anciana! Y todo este despliegue… ¿qué esperabais encontrar? Tu abuelo hubiera resuelto esto en tres días, pero vosotros habéis tardado cuatro años. Angelín, sois un desastre

-          Angelín es mi padre. Yo soy Miguel, doña Amelia. Y es usted muy escurridiza… ¡quién lo iba a decir! ¿Pero no le da vergüenza? Deme los teléfonos y levántese. Por ser usted no la voy a esposar, pero espero que tenga un buen abogado y amigas en la cárcel, porque esto acaba aquí para nosotros, pero a usted no le arriendo la ganancia en la trena.

-          Hace cuatro años hubiera sido feliz en la cárcel… hoy no pienses que voy a dejar que me encierren. Tengo 78 años y el juez no me mandará a prisión.

-          Déjeme que le explique, mientras le leo sus derechos: Amelia González Carpio…

-          ¡De Carpio!

-          Lo que usted diga, doña Amelia. Empiezo de nuevo. Amelia González de Carpio, se la acusa a usted de varios delitos continuados contra la salud pública, de asociación de malhechores, del asesinato de los ciudadanos rumanos Alexandru Moldovanu, Ion Feraru y María Petrescu; de inducción al asesinato en el caso de Artemio Parro, Emerson Caribe, Lorena de Miguel, Amaru Poliakov y Chente Emerson. Se le acusa igualmente de blanqueo de capitales, falsificación continuada de documento público, robo, estragos y receptación, estafa continuada y atentado a la autoridad… puede usted guardar silencio, y todo lo que diga a partir de ahora puede ser utilizado en la instrucción del sumario.

-          ¡Los rumanos esos eran escoria, proxenetas de la peor calaña a los que no teníais valor para enfrentaros! Tu padre no les habría permitido establecerse en el pueblo, pero tú, Angelín, mira lo que haces… me esposas a mí por no haber hecho tu trabajo

-          Miguelín, doña Amelia. Que soy Miguelín…

-          ¡Yo solo quería ayudar al nieto de la Palmira y a esas pobres mujeres, violadas y apaleadas, pero habéis tardado cuatro años…

-          ¡Pues se ha dado usted mucha maña! Y ándese con cuidado. Dé gracias a Dios de que hayamos sido nosotros los primeros en encontrarla. La buscan a usted los rusos, los colombianos y los marroquíes… Marian. Supongo que por la novia de Robin Hood.

-          Supones bien. Algo te enseñé, Angelín.

-          ¡Miguel, doña Amelia, Miguel! Que me confunde usted con mi padre.

-          Hijo, a mis años…