Sepulcro de Pedro López de Ayala y Elvira de Castañeda

2ª carta: La bofetada que no fue

No estoy seguro de estar escribiendo esta carta ahora mismo, porque más acá del espejo el tiempo es juguete en manos de un dios caprichoso. Y sin embargo existe un ahora, una frontera interior que me permite organizar mis experiencias distinguiendo entre las que sé positivamente que han sucedido, y por tanto las vivo como un recuerdo, y aquellas que hayan o no tenido lugar soy incapaz de adivinar ni mucho menos relatar en este momento.

Ignoro por tanto cuánto tiempo llevo encarcelado en este laberíntico inframundo. Recorro las salas y subterráneos de este Palacio de Fuensalida como alma en pena, pero aunque el dolor de cada golpe me recuerda que soy de carne y hueso compensa mi tragedia el poder contemplar lo que yo llamo “escenas”, momentos vividos en este lugar que poco o nada tienen que ver entre uno y otro, empezando por los cientos de años que en realidad los separan. De vez en cuando, además, me doy de bruces con algún fantasma y es una bendición tener alguien con quien charlar.

La verdad es que por un momento llegué a pensar que el palacio sería un hervidero de fantasmas, pero no es así. Os hablé del viejo antipático y de mi fugaz encuentro con la emperatriz, pero no parece que haya muchos más ectoplasmas dueños de su eterno presente, espíritus capaces de tomar decisiones e incluso de comunicarse entre sí o con alguien como yo, triste ser de carne y hueso procedente del lado bueno del espejo, donde espacio y tiempo tienen su orden y su concierto. Uno de ellos es el de Pedro López de Ayala y Guzmán, alias "el tuerto", que anda por las calles de la Judería y las galerías de este palacio como Pedro por su casa, nunca mejor dicho.

Muchos otros, en realidad, no existen. Juraría que las escenas que me es dado contemplar no son más que reflejos electromagnéticos de episodios atrapados en esferas de energía sonámbula. Puedo deciros que si Einstein o Hawking hubieran caído como yo en este inframundo entenderían por fin la esencia de la materia oscura… yo lo voy logrando poco a poco, pero igual no tanto, porque sigo tropezando con salientes de piedra y puertas cerradas cuando me traslado por los vericuetos de esta  casona de fábrica mudéjar siguiendo al viejo de la linterna. Mis chichones demuestran que yo, por lo menos, no soy ectoplasma o imagen atrapada… ¡ay!

Este Pedro López de Ayala fue hombre de armas tomar en todos los sentidos y a fe que como fantasma resulta imponente con su ojo vacío y la cicatriz ganada en la toma de Antequera, su jubón de piel ojeteado bajo una aljuba morisca,  sus buenas calzas de paño, los borceguíes y el bonete ladeado. Sin embargo, la primera vez que nos vimos se produjo una situación ciertamente cómica, pues ambos pensamos que el otro era imagen capturada y no realidad semoviente.

Lo explico por si alguna vez os ocurre lo de caer al otro lado de un espejo: cuando uno asiste a una “escena” debe permanecer mudo, pues sería arriesgado tratar de interferir en los hechos del pasado. Creedme si os digo que fue difícil observar cómo Elisio de Medinilla abandonaba el palacio al encuentro de Jerónimo de Andrade y no avisarle de que se dirigía hacia una muerte tan cierta como violenta; pero más difícil aún resultó no hacer ver al Emperador las nefastas consecuencias que un nuevo embarazo traería para doña Isabel. No se puede ni se debe cambiar la Historia, pues en esto es donde más claramente afloran la teoría del caos y el efecto mariposa. Medinilla se vio metido de lleno en una disputa entre parientes, y pagó con su vida el impedir al de Andrada acuchillar a su hermana por una herencia. Cosas de la vida… ¡o de la muerte!

Así que fue darnos de bruces y quedar ambos en total quietud, a escasos metros uno de otro, en desairada posición pero dispuestos a no delatar nuestra presencia por no interferir en los altos designios de la Historia. La pose duró un rato que a mí se me antojó eterno, lo cual en estas circunstancias no significa nada, hasta que él movió la ceja sana:

-          ¿Y vos sois…?

Le conté mi historia, lo del espejo del ascensor, la caída, las escenas a las que asistía, mis accidentes reales. Cuando alzó su mano para palmear mi espalda, al tiempo que soltaba una risotada, no pensaba en absoluto que pudiera llegar siquiera a notar el contacto frío de una mano ectoplasmática. Pero el crujir de mis vértebras, débiles de humedad y castigadas a base de resbalones, vino a sacarme del error, aunque debo confesar que no sentí  gran sorpresa, pues quien haya visto Ghost sabe que es posible para un fantasma mover objetos a poco que se concentre.

-          ¡Ay! – grité

El espíritu de don Pedro también se sorprendió:

-          No había vuelto a sentir la sensación de golpear de verdad a un hombre, si bien que en esta ocasión ha sido un gesto amistoso.

 -          Porque usted es…

 -          Don Pedro López de Ayala, señor de Fuensalida y Huecas, aposentador mayor de Su Majestad el Rey don Juan II de Castilla, alcalde mayor de Toledo y alcaide de sus Alcázares, puertas y puentes, alférez mayor de la Orden de la Banda…

Interrumpí el recuento de títulos y honores:

-          ¡Vamos, el de la bofetada!

 -          Ja, ja, ja… ¡Digámoslo así!

La historia la cuenta Bécquer, pero siempre resulta excitante acudir a la fuente. Este don Pedro, padre del primer Conde de Fuensalida e hijo segundón del canciller Ayala, se partía el culo, si se me permite la expresión, con la historia de la bofetada con guante de mármol al capitán de dragones de Napoleón que pretendió besar la estatua orante de su señora esposa en una noche de juerga soldadesca, allá en la iglesia de San Pedro Mártir.

-          Aquel oficial, borracho de altanería y espumoso, se propuso mancillar la escultura funeraria de doña Elvira, la señora de mi casa y de mi corazón, después de derramar  vino sobre la boca fría de mi propia estatua orante… ¡pues no fueron sus labios, sino sus dientes, los que probaron la dureza del mármol!

 -          Pero usted, entonces, ¿no está sujeto a este lugar como los demás, como yo mismo?

 -          ¡La culpa es del botarate de mi tataranieto, el de San Quintín! Reposaba yo muy tranquilo, enterrado como Dios manda en Santo Tomé, esperando mi turno y la intercesión de la mi señora, que había obtenido paso franco al Cielo, ¡y muy merecido! Pero hete aquí que se empeñó el insensato ese en trasladarnos a San Pedro Mártir, a hacerle eterna compañía, digo yo. Y hay que dejar descansar a los muertos, hay que dejar descansar a los muertos… no aprenden. ¡La de reyes, nobles y santos que andamos vagando por ahí a causa de tanto traslado!

 -          Pues entonces Garcilaso, cuyos restos también están allí…

  -          ¡Callad! Bien estuvo traer sus restos de Niza a Toledo, pero después… que si a Madrid, que si de nuevo a Toledo pero al Ayuntamiento, que si otra vez a San Pedro. Creedme si os digo que su alma ya no pena por Guiomar, ni por la Freyre ni por la de Azores. Vaga por Toledo buscando a la Emperatriz, y yo recorro estos lugares evitando el encuentro.

Recordé los versos de Garcilaso: “No me podrán quitar el dolorido sentir, si ya primero no me quitan el sentido…”, y temí que a base de traslados y traslados hubieran logrado quitárselo… No había prisa, desde luego, y sí muchas cosas que preguntarle: ¿Cómo era eso de que su padre y su suegro fueran camaradas  en la desgracia de Aljubarrota? ¿Era o no era aficionado a los efebos don Álvaro de Luna? ¿Y del rey Enrique IV con Beltrán de la Cueva, qué?...

Lo bueno de la cosa es que los fantasmas no mienten.  Algunos, por ejemplo, quedan atrapados entre dos mundos hasta que logran derrotar alguna mentira que pasó a la Historia. De esta forma, si algún día regreso al mundo real, podré desmentir un montón de leyendas que nuestros libros de Historia mantienen como ciertas. Aunque sé que nadie me creerá cuando cite a este Señor de Fuensalida como fuente. Ya veremos.

Evidentemente, lo de Garcilaso parecía serio. ¿Por qué andaba buscando a la noble y buena Isabel de Portugal?

-          Como bien sabéis, Garcilaso fue desterrado de las Españas por la emperatriz, cuando ejercía la Regencia de Castilla y de Aragón

 -          Sí, por acudir a la boda de su hermano, que había sido comunero…

 -          Psiii… esa fue la excusa. Pero en realidad, la emperatriz estaba harta de los juegos caballerescos que se traía el noble soldado y poeta con sus damas, para deshonra en la corte de su esposa, la Zúñiga, que era dama de Doña Leonor, hermana del Emperador. Ella estaba enterada de todo porque su caballerizo real y esposo de su dama principal, el Duque de Gandía, era compañero de armas y gran amigo del poeta. Hombre fiel a su esposa, podéis imaginar que los secretos de alcoba llegaban tarde o temprano con el veneno de la indiscreción a oídos de doña Isabel. Aunque bien pudiera ser al revés, pues era grande la confianza del emperador con el Duque, y lo mismo primero nacía la indiscreción y luego el secreto de alcoba surgía en el lecho imperial… Para Garcilaso el exilio supuso un durísimo castigo, y ahora, en esta naturaleza insustancial en que nos hallamos, su único afán es enfrentarse a la Emperatriz y decirle lo que piensa, acusándola además de haber hechizado al Duque: Francisco de Borja y Aragón.

-          San Francisco de Borja…

 -          Más nos valiera que el santo nos ayudara en este trance, pues no veo un punto final a este andar cortando siempre el paso al poeta airado.

Resulta demasiado evidente que la muerte cambia a las personas. Pero no a todas, porque aquí don Pedro López de Ayala, el tuerto, se las tuvo con el capitán de dragones por una cuestión de honor.

-          ¡Ja, ja, ja! – aquella risa retumbó en todo el palacio – No creáis todo lo que se cuenta… os acabo de decir que hacía tiempo que no experimentaba la sensación de golpear un cuerpo humano. Yo no hice nada. Estaba tan borracho que en el momento de acercarse a la estatua de doña Elvira, mal alumbrada por la noche, resbaló y dio con sus dientes en la estatua. Un compañero, más borracho aún, y asaz supersticioso, juró haberme visto abofetearlo…

 -          ¿Entonces no hicisteis nada?

 -          A fe que lo intenté, válgame el Cielo. Me lancé sobre él y atravesé su cuerpo material como lo que soy, un maldito fantasma. Grité amenazas que en vida habrían hecho temblar a un califa, pero nadie me oyó… sin embargo, la mirada del compañero que juró haberme visto y la mía coincidieron en un instante, y puede que entre el alcohol, la noche toledana y algo de virtud para conectar con el inframundo, me viera… ¡Y yo encantado de haber salvado la honra familiar, aunque sea mediante un malentendido!

En esto estábamos cuando de repente irguió toda su ectoplasmática figura mientras indicaba con gesto cortante que guardara silencio. Susurró:

-          Garcilaso… ¡Señor, qué paciencia!

Y desapareció de mi vista. Traté de seguir su estela, mas yo no puedo atravesar muros de ladrillo y mampostería. Pero aprenderé.