Escrito en el mantel

Sobre una foto de desechables.es

Un mantel de papel es siempre una tentación para cualquier tipo aburrido que, bolígrafo en mano, espera ser atendido en una terraza de cualquier ciudad turística. Recuerdo que había bastante ajetreo para una sola camarera aquella tarde de agosto, así que me senté sin esperar a que recogieran la mesa y cambiaran el mantel. Recuerdo que conseguí, cazando a la espera cual selvático felino, atrapar la atención de la joven en una de sus rápidas idas y venidas por entre el mar de sillas y clientes, y que tranquilizado por su gesto de cabeza a modo de “ya le he visto”, pude relajar mi sexto sentido de depredador para ponerme a pensar en cualquier cosa. No recuerdo en qué momento exacto mi mano encontró el negro rotulador compañero de tantas esperas, ni sé calcular el tiempo que permanecí absorto, observando al paisanaje, sin que nadie pareciera darse cuenta. Sí que recuerdo los dos platos con restos de mayonesa y salsa barbacoa que esperaban igual que yo recibir la atención de la camarera, en su caso para disfrutar de un merecido baño de espuma de fairy, y que en vista de que la ajetreada mujer no daba señales de vida decidí arrinconarlos y conquistar un trozo de mantel sin excesivas manchas de grasa en el que dibujar o escribir. Recuerdo, en fin, mi sorpresa al descubrir un montón de palabras escritas, con orden y concierto, en el trozo de mantel que ocultaban aquellos platos.

Dado que los manteles de papel suelen ser de un solo uso en cualquier establecimiento que se precie, deduje sin gran dificultad que eran obra del cliente anterior. Giré la mesa para poder leer lo que mi predecesor había dejado escrito con letra de clérigo, y decía así:

 Archibald Hooper describe en su obra Summa Vanitatis la maldad como un campo reticular de celdas perfectamente cuadrangulares, “engañoso laberinto” donde la trampa no reside en la sucesión de pasadizos sin salida, sino en la inacabable sucesión de celdas aparentemente fáciles de abandonar, como pecados perdonados, pero que indefectiblemente te abocan a la siguiente celda aparentemente fácil de abandonar, como se abandona la culpa por el último pecado confesado… y entre un perdón y el siguiente, no hacemos otra cosa que deambular presos en el laberinto perfecto del mal, habitando la maldad sin llegar a entenderlo.

El bien se habita, al contrario, en volúmenes curvos, y aquí es Lucho Sintagno quien prolonga la reflexión de Hooper en su ensayo sobre “Bondad y Electrodinámica”, para romper valientemente con el paradigma  de dos universos en uno, anverso y reverso que coexisten como imagen especular uno del otro y viceversa. Helócrates Zenobio ya había defendido en los trascendentales Concilios de La Céltica que “solo unas formas perfectamente simétricas de mujer en estado de maternidad” podían explicar la bondad, pero como “ausencia de maldad”.

Sintagno recoge esa idea, pero como vía de escape para el ser atrapado en la red cuadrangular inabarcable. Entiende que la solución para romper el transitar infinito de celda en celda es aferrarse a las curvas de una matrona –Lucho escribía estas cosas cuando las obras de Rubens asombraban a Europa entera-, aportando con su fértil voluptuosidad el concepto tridimensional de volumen y, por tanto, abriendo vías de escape por un plano superior.

No sé si la maldad es reticular, pero el aburrimiento depresivo se parece mucho al modelo laberíntico de Archibald Hooper. De ahí que solo la contemplación de esas curvas de mujer que dibuja en su ir y venir la camarera, invitando a imaginar la maternidad futura, parecen, en efecto, ofrecer planos superiores por los que huir de este absurdo transitar de frustración en frustración.

¡Si al menos fuera capaz de hablar con ella…!

Aprovechando, agradecido, que la camarera aún tardaría en acercarse a mi mesa para recoger servicio y mantel, releí aquel texto inquietante, rotulador en mano. Observé que, en efecto, parecía un texto improvisado, pues algunas incorrecciones estilísticas no parecían concordantes con la profundidad de pensamiento e indiscutible formación del autor, quien fuera que fuese.

Subrayé en el primer párrafo las palabras “celdas” y “sucesión”, cuya repetición chirriaba sin duda. Podía haber escrito “inacabable red de habitáculos”, por ejemplo. Dibujé una imagen de Hooper, a quien imaginé vestido como un predicador protestante en una de las primeras poblaciones de Nueva Inglaterra, gorro negro de ala ancha y copa alta, cuello blanco sobre negro jubón y tres jóvenes al fondo ardiendo por brujas. A su lado tracé con cuatro rasgos la figura erguida de un fraile franciscano, que es como me figuré yo a Sintagno, rata de biblioteca monacal sin duda, persiguiendo a una viuda voluptuosa...

Impresionado por la confrontación secular entre diferentes concepciones del bien y el mal, regresé a la última parte para imaginar al escritor, mayor sin lugar a dudas, sepultando su aburrimiento con un tímido perseguir los pasos de la camarera, dudando si pedir o no otro café, levantando la vista del mantel de vez en cuando por si salía o entraba ella. Lo quise ver calculando la posibilidad metafísica de que se hubiera fijado en él, en cómo escribía largo y tendido en el mantel, y rogando a Kant para que al limpiar la mesa leyera lo que, al fin y al cabo, era una declaración de admiración sincera.

De repente me sentí culpable. Entendí que el hombre -¿y por qué no una mujer?- había situado los platos estratégicamente para que ella, al retirarlos, se diera de bruces con aquel pequeño ensayo y, animada por la curiosidad, arrancara el trozo de mantel y lo guardara para leerlo posteriormente, en la soledad del cansancio acumulado pero con la ilusión de la única novedad del día que moría. La Literatura está llena de hermosas doncellas que admiran más la inteligencia de un hombre que el vigor musculoso del ligón de playa, carne de gimnasio y preso de la estética. Esa es, a fin de cuentas, la esperanza  secreta de todos los hombres grises del planeta

Recuerdo que cuando al fin llegó la camarera para entregarme la carta y despejar la mesa protegí el mantel con ambas manos y le pedí que no lo arrugara. Sorprendida por mi gesto y sin saber cómo reaccionar, recorté con las manos el trozo de mantel con el texto y los dibujos y le pedí que luego se tomara la molestia de leerlo, pues evidentemente había sido escrito para ella.

Suspiró un “de acuerdo”, retiró el resto del mantel y me pidió que fuera pensando lo que iba a pedir… levemente azorada, molesta quizá, desapareció tras la puerta del restaurante. Entendí al viejo. Aquellos ojos verdes resultaban tan hipnóticos como todo el movimiento combinado de su cuerpo, rotundo de caderas y exageradamente proporcionado. Me dije que había hecho bien. Alguien capaz de explicar la primera Ley Ética de Hooper con esa claridad y sencillez, para después llamar “tía buena” a una joven citando nada menos que a Helócrates el joven, merecía sin duda una ayuda. Jamás me perdonaría que por mi culpa quedaran condenadas al infierno de la indiferencia aquellas hermosas palabras.

Regresó con la pequeña libreta en la mano y los ojos perdidos en el horizonte de unos clientes aparentemente predispuestos a marcharse sin pagar, anotó mi comanda, y se dirigió hacia una mesa de estudiantes con la nota sobrevolando sus risas despreocupadas. Regresó de nuevo con un mantel impoluto que en poco tiempo soportaba el peso de todo cuanto había pedido… ni una reacción visible por su parte, ni un comentario, ni un gesto. Decidí no dar más importancia al asunto, perderme en la tundra nevada de aquella tentación blanca de papel, y comencé a trazar el “esquema matricial de la maldad inconexa de Rubbendorg”. La atracción que producía en mí la concepción metafísica de la maldad que la Escuela Neocientifista Escandinava había deducido a partir de la Summa Vanitatis de Hooper rayaba en la obsesión, aun cuando estaba seguro de que aplicar un concepto netamente algebraico a un universo virtual de campos morales resultaba extremadamente enternecedor por intuitivo…

Dibujé una figura con peluca ilustrada en posición de pensar que, lógicamente, se parecía mucho al retrato de Jovellanos, pero mucho más musculado, pues Rubbendor, amén de filósofo, solía deslumbrar a sus conciudadanos ganando regularmente los concursos de tala de pinos en las ferias locales de la comarca. Suelo dibujar mientras pienso y bebo; rotulador en mano mi cerebro se rebelaba contra la idea de una relación lógica que encadenaba sucesos realmente aleatorios de maldad cuando ella volvió a captar mi atención con su armónico desenvolvimiento en aquel universo hostelero de atardecida.

Poco a poco las mesas se habían ido despejando y ella parecía menos agobiada. Sin que fuera necesario gesto alguno por mi parte, se acercó a la mesa y me preguntó si necesitaba algo más. Pedí la cuenta con cierta distancia… el temor a haber hecho el ridículo con lo de la nota del desconocido imponía una retirada con dignidad, al fin y al cabo.

Volvió con la nota en un platillo que dejó sobre la mesa con gesto extraño, como si le quemara los dedos, y siguió camino hacia ninguna parte… Levemente sorprendido, pero absolutamente disciplente, tomé el papel y lo giré para saber cuánto debía. Sobre el precio, impreso en tinta de caja registradora, unas palabras escritas a mano: “Es lo más bonito e inteligente que me han dicho en mucho tiempo. Hablamos…” Un teléfono y un círculo que parecía representar un “emoticono” de esos que jalonan las comunicaciones digitales acompañaban una firma clara: Lorena.

Realmente, debía existir una relación de maldad entre sucesos aparentemente inconexos, porque se pueden ustedes imaginar que recorté mi dibujo de Rubbenbog para demostrar que aquel escrito que tanto le había gustado lo había hecho yo, como quedaba patente por la similitud estilística con el retrato de Archibald Hooper “vestido como un predicador protestante en una de las primeras poblaciones de Nueva Inglaterra, gorro negro de ala ancha y copa alta, cuello blanco sobre negro jubón y tres jóvenes al fondo ardiendo por brujas”. Resultaría evidente que ambos habían surgido del mismo genio enamorado, tímido e inseguro, que escribía en los manteles de los bares piropos hermosos como aquél.

Tres meses después rompimos. Nunca aceptó mi análisis crítico de las Leyes de Hooper…