Alfarje del Salón de Honores. Palacio de Fuensalida. Toledo

Iª carta desde el otro lado del espejo

¡Solo a mí se me ocurre atravesar el espejo de un ascensor sin esperar a que llegue a la planta baja! El caso es que sucedió: acariciaba yo suavemente, con la yema de los dedos, el estilizado dibujo de la campana del botón de emergencia del ascensor mientras susurraba “anda tonto”, cuando una figura blanquecina me ofreció su mano desde el fondo amarantado del espejo. Con harto dolor deduje que un fantasma flota porque no tiene sustancia en sí mismo, pero yo estoy vivo, peso noventa kilos y el castañazo fue serio. Mientras me retorcía en el suelo, intentaba comprender cómo pude pasar al otro lado de la realidad, de la mano de un ectoplasma, sin abandonar de algún modo este cuerpo serrano de amplia barriga. Al fin y al cabo, en el Cuento de Navidad de Dickens, el viejo Scrooge viaja en el tiempo de la mano de los fantasmas y en ningún momento se queja de lumbalgia, ni se acuerda de la próstata. No puedo creer que Dickens no se documentara convenientemente para su novela, pero así parece. Qué desilusión… y ¡qué daño, por Dios!

Por fortuna para mi orgullo herido, el fantasma no estaba para bromas y se tomó la caída como una contrariedad. Extrajo del fondo de su raída levita un reloj de arena y con gesto nervioso me invitó a incorporarme y seguir su estela.

Cojeando y visiblemente confuso, obedecí sus indicaciones. Nos adentramos por una galería de fábrica mudéjar apenas iluminada por la luz que desprendía su figura. Olía a estiércol y a orines, y de vez en cuando una vibración creciente sacudía el suelo de tierra para volver a perderse en la lejanía: pensé que eran carromatos. Una puerta entreabierta daba acceso a una estrecha escalera de piedra. El fantasma, que me recordaba a un viejo rabino, hizo otra seña y emprendimos el ascenso mientras la puerta se cerraba a mis espaldas con inquietante quejido. Una leve corriente de aire acarició mi rostro, por lo que intuí la existencia de alguna ventana o tragaluz escaleras arriba. Pero antes de llegar a comprobarlo, mi ectoplasmático guía atravesó en silencio una cortina de color indescifrable que decoraba la pared y desapareció de mi vista sumiéndome en la oscuridad. Sin temor alguno localicé la tela a ciegas y al tratar de abrirme camino palpé un muro de mampostería que tapiaba el acceso. Nunca sabré si el viejo rabino había querido que me diera de bruces contra la pared o si es que los fantasmas de gente mayor también sufren despistes propios de la edad.

En esto de los fantasmas hay muchas mentiras asumidas por culpa de irresponsables como Dickens, y así resulta que damos por hecho que no tienen edad, que no nacen, se desarrollan y mueren, que no les falla la memoria ni les duele lo que sea que le pueda doler a un espíritu achacoso. Mi cojera me recordaba a cada paso que Dickens tenía madre, así como que debía abrir mi mente a todo conocimiento nuevo en materia de ultratumba. Abandonado tras una sucia cortina, de bruces contra un muro, en plena oscuridad y acosado por un olor cada vez más nauseabundo, decidí esperar pacientemente cualquier novedad apoyado en la pared, descansando mi sobrepeso en la pierna sana. ¡Nunca lo hiciera! Fue ver asomar la mano enjuta de mi nuevo y silencioso amigo desde el otro lado del muro y sentir cómo mi cuerpo se vencía para caer de costado en un nuevo más allá. Fue como atravesar una cortina de agua para caer a plomo sobre un suelo de piedra, sucio de polvo y excrementos de ratón. Busqué con furia el rostro luminoso del anciano, pero este seguía ocultando cualquier asomo de emoción. Es más, creo que ni siquiera me miró antes de desaparecer. Tampoco dijo adiós.

¡Otra vez a oscuras!. Si por un momento llegué a pensar que sería divertido o emocionante atravesar el espejo, la cosa no estaba resultando así. Cojo por la caída desde la entreplanta del ascensor, con el hombro dolorido y la moral tan por los suelos como mi cuerpo y alma, Dickens dejó de acompañarme en la aventura para dejar paso a Dumas y el Conde de Montecristo. Sobre todo cuando a duras penas alcancé a tocar el muro que cegaba la entrada para comprobar, no sin desaliento, que de nuevo era firme como una roca. Pero si algo aprende uno de las historias contadas por otros, es que cuando la cosa se pone negra toca armarse de paciencia y esperar. “Tarde o temprano –me decía una voz proveniente de vaya usted a saber dónde- el Todopoderoso nos muestra que nada sucede sin motivo, que nada acontece sin un fin”.  Hubiera jurado que mi rostro se ocultaba ya detrás de una larga melena canosa enredada con una barba de años… ¡y que el mismísimo abate Faria se dirigía a mí desde el otro lado de mi celda! Tal era ya mi desconcierto.

Mas un destello de luz reflejado sobre la pared del fondo me hizo reaccionar. No era el abate quien hablaba con Edmundo Dantés… la luz provenía de otra estancia y se colaba por un hueco labrado cuyo destino y utilidad en aquellos momentos se me escapaba. Me incorporé apoyado en la emoción y me acerqué a la fuente de luz.  Una vez allí descubrí, para alivio de mi golpeada humanidad, una banca de madera adosada a la pared, a modo de litera, desde la cual acodarme para observar cómodamente la escena que se desarrollaba al otro lado del muro.

-          Mirad mi señor, que el Altísimo no puede ver con agrado vuestra intención, ni se me antoja cristiano que amparado en Él pretendáis manchar mi honra…

Era una voz de mujer la que con cierto nerviosismo, y alguna risa ahogada, defendía su espacio vital del acoso asfixiante de un hombre pulcramente vestido aunque sin lujo, muy al gusto de la corte de Madrid en aquellos años alegres: jubón granate de paño, camisa blanca, cuello de lechuguilla, calzas cortas acuchilladas y capa corta a juego. La boina ancha en la mano, circular y con pluma, apuntaba a un hombre de letras. La mano libre apoyada contra la pared, cortando el paso de la joven, indicaba su intención.

-          No cobréis con desconfianza mis requiebros de amor, pues es Naturaleza quien mueve mi corazón a la búsqueda del tuyo… atended, bella Filis, la súplica de un alma sedienta que busca apagar su sed en el vino de vuestros labios rojos…

-          Mirad señor que yo no soy dama, ni boba, y que lo único que quisiera cobrar es el pago prometido por las nuevas que os traigo.

Mientras esto decía ella, el poeta, llamémosle así, trataba de acortar distancias para besarla en el cuello. Con agilidad de gacela, pues gacela hubiera sido la joven de haber descrito la escena Todros Ha-Leví, ella se zafó de la presa y se alejó de la pared. Así pude ver que su falda larga marcaba la estrechez de su cintura, que la camisola blanca dibujaba un generoso escote, y que un pañuelo negro recogía su melena castaña.

-          ¡Ah, musa esquiva! Quién será el Nemoroso que beba tus aguas bajo las estrellas en la vega… Suelta lo que has venido a decirme y puede que doble tu premio si las nuevas son gratas

-          ¿Doblaríais la apuesta de verdad?

Una luz de picardía iluminaba aquellos ojos grandes. El hombre estiró el cuello, arrojó el gorro con gesto teatral y se atusó el bigote mientras con la otra mano testaba su bolsa.

-          ¡Por vida de Satanás! Cuatro doblas bien valen el encender y el apagar. Encended por tanto el entendimiento de mi cabeza con los secretos de alcoba de vuestra ama, y apagad mi sed de amor en el manantial de vuestra boca.

-          Añadid una dobla más por mi honra, caballero, que nadie ha besado jamás estos labios míos…

El hombre avanzó hacia ella buscando su cintura:

-          ¡Dadlo por hecho!

La pícara criada volvió a esquivar al poeta con gracia:

-          Aquí quien debe dar algo sois vos… ¡y por adelantado!

Sacó el dinero e introdujo, una por una, las monedas por el escote de la mujer, que se dejó besar. Tras unos minutos de apasionado escarceo, la joven frenó los impulsos del caballero y, con el rubor todavía encendiendo sus mejillas, el pecho latiendo acelerado, arrancó a hablar deprisa.

-          Debo marchar ahora o mi ama se preguntará en qué ando y con quién. Sabed, don Lope, que mi señora Micaela no abre su puerta a caballero, clérigo o noble. Solo un nombre pronuncian sus labios cuando el sueño arrebata su reposo…

-          Oh, mi Angélica… ¡Habla presto! ¡Di su nombre!

O yo no entiendo de insensatos, o para mí que el tal Lope pensaba que la señora Micaela soñaba con él. No podía ser otro que Lope de Vega. Angélica, Micaela de Luján, todo cuadraba…

-          Ginés de Dios, su mozo de cuadras… pero juro por todos los santos que jamás volveréis a oír de mí ese nombre  y que jamás reconoceré haberlo dicho. ¡Marcho presto!

Y presto que se marchó. Lope de Vega quedó en el centro de la estancia buscando el oxígeno que le faltaba. Se arrancó a pasear con aire ausente por la sala. Se sentía fulminado por un rayo, y creyó que los lobos del escudo de la Casa se aprestaban a despedazar su alma de poeta y conquistador. Desde el alfarje que cubría el amplio Salón de Honores del palacio, el mismo junto al que yo trabajaba hasta que decidí atravesar el espejo del ascensor, decenas de escudos nobiliarios anidaban en las vigas que sostenían la estructura, decorada con dibujos geométricos. Uno de cada dos escudos era el del Conde de Fuensalida: dos lobos en paralelo que hablaban del alto origen de la familia, descendientes del Canciller Ayala.

Un rostro rechoncho rompió el equilibrio de la escena al asomarse por una de las amplias ventanas góticas que daban al patio. La voz aflautada surgía de una garganta aprisionada por una gorguera pasada de moda.

-          ¿Estáis solo, amigo Fénix?

-           A mis soledades voy… de mis soledades vengo… ingrata Angélica, qué triste y estúpido Orlando. Teniendo a tus pies al más alto de los ingenios, al más lírico de los amantes, a  interminable hilera de grandes de España, ya no “ignoro quién fuera de tus méritos Medoro”...

-          ¡Metafísico estáis!

-          Abatido por el peso del desengaño más cruel, mi buen Alonso de Castillo, amigo cisne del Tajo, el más fiel de entre los ánades más nobles.

Antonio de Castillo Solórzano era amigo, pupilo, y sempiterno secretario de las academias que el Fénix de los Ingenios solía presidir, como la que aquella tarde habría de celebrarse en casa del Conde. Lope de Vega, con la mirada perdida, prosiguió:

-          Acabo de conocer el nombre y naturaleza del sátiro que con malas artes, sin duda, se adueña de los sueños y deseos de Micaela de Luján, diosa ingrata que rechaza el amor sublime para retozar en lecho de estiércol con abrazos de jamelgo. Nunca fuera más montura el drama de una pasión...

-          ¿Es cierto pues lo que todo Zocodover comenta? ¿Que un caballerizo es dueño de su cama y de su cuna?

-          ¡Eslo, mi buen amigo! Eslo... ¿Todo el mundo lo sabía menos yo?

Creo que de todos los poemas que escribió en su vida, ninguno tan descriptivo como el que dibujaba su cara. Ambos amigos comenzaron a pasear en silencio por la sala, mientras el ruido de trajín que llegaba del patio indicaba que esa tarde la Academia se reuniría al aire libre.

-          Yo quería comentaros algunas ideas para el vejamen, puesto que ya sé por dónde han de venir los versos de Hurtado y de Medinilla…

-          ¡Vejamen el que yo traigo! ¿Sabéis que he pagado cinco doblas  por conocer lo que todo el mundo, según vos, sabía ya en Toledo?

-          ¿Cinco? ¿Pero no eran dos el trato?

-          Ya me conocéis, maese Antonio… se complicó la porfía y se dobló la apuesta.

De repente, ambos amigos se detuvieron al unísono, frenados por una misma idea. Ninguno parecía dispuesto a ser el primero en poner palabras a un terrible presentimiento. El rítmico repiqueteo de los cascos de un caballo contra el suelo empedrado del zaguán se convirtió en una dolorosa banda sonora para los actores del drama que, gracias al viejo fantasma cuyo rostro ya había olvidado, se desarrollaba ante mi vista.

Lope de Vega abrió los ojos y pronunció despacio, el labio imbécil, masticando las sílabas:

-          Cervantes…

-          ¿Cervantes? ¿A qué viene hablar ahora del manco más cornudo de las Españas todas?

-          Aún no habéis caído, mi buen rocín… Recordad el soneto de Babieca y Rocinante en la introducción de su Don Quijote. ¡Arda el galeón de las Indias con todo su oro en mitad de la Mar Océana si no soy yo Babieca y vos Rocinante!

Antonio de Castillo Solórzano era hombre de pluma artificiosa, pero de prodigiosa memoria:

“- ¿Cómo estáis, Rocinante tan delgado?

- Porque nunca se come y se trabaja.

- Pues, ¿qué es de la cebada y de la paja?

No me deja mi amo ni un bocado.

-Andá, señor, que estáis muy mal criado

Pues vuestra lengua de asno al amo ultraja.

-Asno se es de la cuna a la mortaja.

¿Queréislo ver? Miraldo enamorado.”

 

Lope de Vega completó el resto…

“-¿Es necedad amar?  -No. Es gran prudencia.

-Metafísico estáis.  -Es que no como.

-Quejaos del escudero. –No es bastante

¿Cómo me he de quejar en mi dolencia,

si el amo y escudero o mayordomo

son tan rocines como rocinante? ”

 

Ambos poetas se miraron y soltaron una amplia carcajada. “Manco el autor, blando de pluma, solo tiesa su rima, versa que versa en la bruma” improvisó la aflautada voz del secretario de la academia. Lope de Vega celebró piadoso el vejamen, y se puso serio:

-          Merece una lección que no habrá de olvidar este ciervo de media cornamenta.  Cada vez que alguien lee su engendro encuentra un nuevo ataque a mi persona. ¡Qué pozo de envidia, qué sed de venganza… qué asco de novela!

-          Pero no son pocos los que la celebran como un dechado de ingenio.

-          Porque lo es. Pero mal escrita, por Dios. Alguien debería mostrarle cómo hacer de Don Quijote un auténtico héroe para deleite del buen lector. Yo ya le he demostrado que su verso es torpe y su teatro harto artificioso. Ahora toca ponerle en su sitio haciendo de ese gazpachuelo de historias mal encadenadas una novela digna. ¡A ver quién es más babieca de los dos!

-          ¿No habría de ser mejor llenar los escenarios con las tribulaciones de las hembras de su casa? Bueno, los escenarios o las plazas de toros…

-          No. Hay que derrotarlo en su terreno, donde cree que es el más fuerte. Y vos, amigo, sois el indicado. Con mi consejo, volveremos a sacar a Don Quijote a recorrer no ya La Mancha, sino las Españas todas. Y con gracia…

-          ¿Y exponer nuestro buen nombre en la aventura?

-          En absoluto. ¿Os acordáis de aquel personaje del drama que escribisteis para la boda de la hija del Conde de Lemos?

-          ¿Avellaneda?...

Abandonaron la sala y yo quedé inmóvil, con miedo a romper el hechizo. Traté de ordenar mis ideas, porque ante mis ojos se había desvelado uno de los secretos mejor guardados de nuestro Siglo de Oro. Intenté incorporarme pero todo mi cuerpo estaba anquilosado. Caí rendido.

Cuando desperté la sala se hallaba completamente iluminada. Un bargueño finamente decorado se me ofrecía con la boca abierta y recado de escribir, mientras una figura femenina se reflejaba en la atmósfera cargada de la estancia. No tardé en reconocer esa mirada clara, ese diamante al cuello, esa presencia real en el fantasma de Isabel de Portugal. Tampoco ella me habló, pero supe que debía escribir, dejar constancia de todo aquello.

No sé si esta carta llegará a algún destino. Desde ese día, recorro el palacio como un alma en pena de carne y hueso, me arrastro por las galerías, me cuelo en las tarbeas y robo comida en las cocinas, como un ratón. Nadie debe saber que existo, solo mi señora de luz mortecina y aura amable, que odia las mentiras que se cuentan de ella, de Garcilaso, de sus damas y, sobre todo, del Duque de Gandía.

Pero ya llegará el momento.