"Único superviviente del grupo de camaradas que posan en la fotografía..."

Una lata de refresco

“¿Señor Hinojosa? Le llamamos de la residencia “Beatus Avis” por un asunto relacionado con su abuelo. Es importante que contacte cuanto antes con la Dirección. Muchas gracias”.

Cuando escuchó el mensaje en el contestador, Adolfo Hinojosa se temió lo peor. El abuelo Gregorio podía parecer un mueble durante semanas, un ente autista, un anciano encerrado en sí mismo que aceptaba los cuidados con una sonrisa dulce en sus ojos, pero en el fondo de aquel cuerpecillo de 92 años de edad, tan castigado por la guerra, latía un corazón que despertaba de vez en cuando para revivir el drama que marcó sus largas noches de insomnio.

Al abuelo Gregorio le afectaba poco o nada ser cuidado en casa o en una residencia. Cuando ingresó en “Beatus Avis” pareció incluso experimentar una mejoría general. Después de morir Esperanza, su hija, él mismo dejó indicado por escrito que no quería ser una carga en el hogar de nadie y desde entonces, quince años atrás, había peregrinado ya por casi todas las residencias de la provincia. Así que Adolfo Hinojosa pensó que el abuelo la había liado una vez más. Marcó el número de la residencia y pidió que le pasaran con Dirección. “Sí, señora directora, buenos días… sí, claro, me paso esta tarde… sin falta, por supuesto,… ¿pero está bien? Ah, ya, la protección de datos, ¡pero bueno, ustedes me han llamado!… bien, no es momento para discutir, yo me paso… adiós”.

“¡Puñetera Protección de Datos!”, pensó. “¡Protección de vagos, joder!… protección de bordes…”. Ya le contarían.

Pero antes de contarle nada, el equipo directivo “necesitaba” saber, hacerle algunas preguntas “para evaluar la situación”. Ningún problema, solo que para él lo urgente era comprobar que el abuelo Gregorio se encontraba bien, tranquilo, darle un beso y poner en orden sus recuerdos en el estante, qué poca sensibilidad la de la limpieza, siempre lo mismo: la Cruz de Hierro detrás del cuadro del marco de la abuela, la foto de los camaradas orientada al Este, y al lado, enmarcada en plata,  la foto de familia con cuatro generaciones rodeando su silla de ruedas en la boda de Rafael. Sus libros de cabecera: “las Cartas de Santa Teresa”, “Embajador en el infierno” y “Diccionario para un Macuto” en la mesilla, aunque llevara años sin abrirlos; y el rosario “que le salvó la vida en el frente de Leningrado” en el cabecero de la cama.

Gregorio no se movió cuando su nieto le dio un beso y acarició los cuatro pelos que apenas dibujaban el contorno de su calva. Tampoco se movió mientras ordenaba sus cosas, pero Adolfo Hinojosa sabía que su corazón se templaba al comprobar que el orden volvía a ser restablecido en sus recuerdos. Antes de abandonar la habitación, se agachó junto a la silla de ruedas y, con la misma ternura que recibió tantas veces de niño, le preguntó sin esperar respuesta:

-          Pero Gregorio, ¿otra vez?...

Los ojillos azules del abuelo se iluminaron y una enigmática sonrisa dibujó el contorno de sus labios. La barbilla apoyada sobre el dorso de la mano que aferraba el bastón le daba un aire digno que no pasó desapercibido a la mirada preocupada de su nieto. Gregorio miraba lejos, muy lejos, y sonreía levemente para sí. Ni siquiera el dedo acusador de la vecina de la habitación de enfrente, desde el fondo de su mundo, parecía capaz de perturbar aquella sonrisilla satisfecha. Ni mucho menos aquellas palabras lanzadas con voz de lechuza al mundo, con la esperanza de que llegaran al nieto: “¡que a mí no me engañas, Gregorio, que a mí no me engañas,… Porfirio Rubirosa!”

Recorrió a paso muy lento el trayecto hacia el ala de administración de la residencia. A Gregorio, cuando todavía hablaba con el mundo, le gustaba llamarlas asilos porque despreciaba las palabras escupidas para disimular la vida. Y el nieto en su fuero interno le daba la razón. Fue muy duro aceptar su decisión de entrar en un asilo, y el hecho de que las llamaran residencias ni atemperaba ni cambiaba en nada la angustia que sintió el primer día en que le dijo adiós en la puerta de una habitación tan pulcra como impersonal. Sabía que le estaban esperando, pero su manera de protestar por el silencio que imponía la protección de datos era proteger su respiración caminando despacio, disfrutando de los cuadros, de los trabajos manuales, del silencioso deambular de las auxiliares por los pasillos. Aun así, tenía que ocurrir y ocurrió: llegó al despacho de la directora.

Ella era una mujer de mediana edad encantada de dejar claro que tras aquellas gafas de ejecutivo se ocultaba una hembra de pelo en pecho… sus ademanes algo nerviosos delataban una tensión cuyas causas no llegaba Hinojosa a entender del todo. A su lado, un tipo de pelo cano, chaqueta ancha y enorme nudo de corbata, saludó amablemente y le invitó a sentarse, señalando con un ademán la mesa de juntas.

Tras los carraspeos nerviosos de rigor, Hinojosa abrió el fuego:

-          Ustedes dirán…

Fue él quien tomó la palabra:

-          Verá, señor Hinojosa. Ha ocurrido un incidente con Gregorio y antes de evaluar la respuesta de la institución, necesitamos hacerle una pregunta. Gregorio, su abuelo, tiene una foto de un grupo de soldados y una condecoración.  Como usted comprenderá, cada vez quedan menos mayores que vivieran la guerra civil y, por lo general, siempre prefieren guardar silencio sobre aquella contienda.  He mirado en el expediente y no figura  nada… ¿por qué cree usted que Gregorio guarda esa foto y la medalla?

A  Hinojosa le disgustaba la familiaridad con la que el hombre hablaba de su abuelo.

-          Mi abuelo, don Gregorio Santos Barrio, fue voluntario en la División Azul. Combatió en el frente de Leningrado, en la 7ª Compañía, y fue condecorado por el Ejército alemán por su comportamiento en la batalla de Krasny-Bor. Único superviviente del grupo de camaradas que posan en la fotografía, tardó meses en recuperarse de las tres heridas de bala recibidas. Cuando regresó a España, sus padres ya no vivían para recibirlo y en la estación nadie rindió honores a los que regresaban, porque Franco había cambiado de bando. ¿Y bien?

El hombre miró a la directora. La mujer tras las gafas de ejecutivo habló sin poder disimular cierta tensión que puso en guardia a Hinojosa de nuevo:

-          ¿Alguna vez ha mostrado el señor Santos reacciones histéricas o comportamiento violento que pudiera interpretarse como trauma relacionado con su pasado militar?

-          Lo normal… cuando sobrevives a un ataque brutal de 44.000 soldados rusos con cien carros de combate, a 25 grados bajo cero, y solo érais 5.900 soldados armados con armamento ligero y demasiado coraje. En apenas dos horas de bombardeo artillero cae la mitad de la división… y el resto resiste en los agujeros de las bombas soportando a la aviación enemiga, los carros de combate, los francotiradores, la superioridad numérica de los asaltantes. Pesadillas, depresión, fuerte dependencia familiar, largos silencios, y una tremenda ternura con sus nietos, se lo aseguro.

-          De todo aquello… ¿guardó en la memoria alguna escena especialmente impactante para él?

Hinojosa no necesitaba ya que le dijeran lo que había sucedido… El abuelo Gregorio jamás pudo olvidar, según contaba, que su amigo Ortiz se lanzó sobre una mujer rusa, refugiada en el búnker de la compañía, para evitar que fuera destrozada por una granada lanzada al interior por un zapador de aspecto mongol. Estos rusos asiáticos fueron especialmente crueles con la población de Krasny-Bor, y algunos civiles se abrieron paso pistola en mano hasta las líneas españolas buscando refugio. La mujer se había enamorado de Ortiz y no quiso continuar la fuga… Ortiz no quería morir, tan solo protegerla, y se llevó la peor parte. Gregorio, que había abandonado el búnker para que su camarada pudiera despedirse de ella, siempre consideró que aquella granada llevaba su nombre…

La directora suspiró con cierto alivio y, sin perder su aire de mujer reflexiva e inteligente, le contó lo sucedido.

Habían bajado a Gregorio con los demás residentes, pues Dirección quería informarles del programa de actividades para el verano. Antes de que entrara en el salón, Lucía detuvo al auxiliar que empujaba la silla de ruedas al grito de “¡pero cómo me llevas a Gregorio así, hombre de Dios!”. El auxiliar dejó la silla aparcada junto a las máquinas de café y refrescos y soltó un “ahí se queda, todo para ti”. Lucía no pretendía echar en cara nada al tipo, pero tampoco le dio importancia. Apreciaba a Gregorio, a todos en general, y no podía entender que lo llevaran al salón, donde estaba reunida la residencia entera, con la camisa mal abrochada y el pelo en punta. Algo le decía que aquel hombre sufría en su mundo oculto cualquier asomo de indignidad y sentía que él le agradecía esos detalles, aunque solo fuera con el brillo de una mirada perdida.

Lucía aprovechó que estaba ahí para sacar un refresco de la máquina. El golpe seco de la lata al caer puso en tensión al héroe olvidado: así sonaba el estampido de un obús de 152 mm disparado por un M1909 soviético a diez kilómetros de distancia. De repente, la algarabía de los residentes en el salón llenó de confusión su mundo, como las oleadas de infantería a las que habría de enfrentarse a la bayoneta. Percibió el paso firme de la directora, que pasaba a su lado justo cuando Lucía abría la lata de refresco tirando de la anilla… Como un resorte, con toda la fuerza ahorrada tras años de inmovilidad, con la desesperación del héroe, se abalanzó sobre la directora gritando “¡al suelo, granada!”…

Lucía reaccionó lo justo para derramar el contenido de la lata sobre el pelo de su jefa, lo que añadió más confusión a un cuadro dantesco: decenas de abuelos tratando de huir, entre una lluvia de andadores y bastones al aire, convencidos de que el ISIS atacaba su refugio pensionado…

La directora suspiró aliviada al conocer la historia de Gregorio y su pobre camarada Ortega, Ortiz o como fuera que se llamara. Lo cierto es que Lucía y un auxiliar tuvieron que emplearse a fondo para arrancar a la mujer de las manos que palpaban con extraordinaria rotundidad sus carnes de hembra nacida para amar… saber que había una historia de heroísmo enhebrada en aquella situación desgraciada le devolvió cierta tranquilidad y, sobre todo, su dignidad.

Pero Hinojosa y la mujer de la habitación de enfrente, la lechuza gritona, sabían que a Gregorio siempre le había gustado palpar mujeres con el cuento de la granada. De hecho, la mujer también había gritado  “¡yo sé cuándo un hombre me mira… y tú me has mirado, sinvergüenza!”.

Lo que nadie sabía es que Gregorio quería de verdad a esa chica del mostrador, que no era ni alta ni baja, mortalmente atractiva pero raras veces llamativa, y que miraba al mundo desde el fondo infinito de unos ojos verdes almendrados, duros o dulces a voluntad. Nunca se sintió con fuerza ni ganas para abandonar su mutismo, su inmovilidad, pero la observaba enfrentándose cada día a la dejadez de sus compañeros, a la arbitrariedad de unas jornadas interminables, al vacío con que sus jefes castigaban su escaso interés por hacerles la pelota. Odiaba por ello a la directora y a su corte de mestureros. La odiaba como se odia a la injusticia, a la vanidad desmedida, a la ignominia, al enemigo… y aprovechó la única ocasión que encontraría de vengar a la joven que siempre cuidó de su dignidad sin pedir nada a cambio, ni siquiera una sonrisa. De paso, ganaría la apuesta que un día cruzó consigo mismo: “te digo, Ortiz, que la directora es hembra de armas tomar”…

Porque de todas formas Ortiz nunca existió. Fue una historia inventada que le permitió palpar las mejores nalgas de las residencias de la comarca al grito de “¡al suelo, granada!”.  Algo que su nieto nunca sabría. En boca cerrada…