Palabras de bolsillo

 

 Recogió las palabras sin orden ni concierto, pues no era su cometido.

Ella fue contratada para limpiar la sala después de cada reunión y eso es lo que hacía. Palabras, números enredados en fórmulas que asomaban como guirnaldas por entre teorías de todo tipo, preguntas sin respuesta caídas a poco de haber flotado en el ambiente... imposible prestarles atención si quería dejar la sala desinfectada de ideas y sentimientos para el siguiente encuentro, mitin, consejo o lo que tocara. “A mí…”, se decía constantemente para alejar de sí toda tentación de entender algo.

Recogía palabras vertidas en idiomas variopintos, algunas con un deje metálico de transcripción digital,  otras torpes como erratas  -evidentes incluso para una limpiadora que nunca terminó la EGB-, versos sueltos, a veces alguna estrofa con la rima aún intacta, saludos ingeniosos, críticas veladas, consignas para escapar de toda consigna, consejos de administración, títulos de crédito, letras caídas de alguna palabra a destiempo o simples conjunciones… todo era barrido y depositado en el contenedor con sistemática fría crueldad.

Al principio se le pegaban a las suelas de los zapatos de mercadillo sílabas inconexas que, una vez en casa, debía hacer desaparecer a fuerza de elevar el volumen del televisor, si es que pretendía hacer la cena sin complicaciones. Ahora ya no le ocurría, porque la experiencia es un grado y cubría sus pies con envoltorios de plástico que la Vero, su vecina, cogía del material de quirófano del hospital en el que trabajaba. También le proporcionaba compresas, pañales y tiritas, porque el sueldo de una limpiadora de fonemas, así se describía su plaza en el convenio, no daba para mucho. Buena persona la Vero, que hacía caridad con el dinero de todos: redistribución de la riqueza nacional, decía.

Ya no se le pegaban, no, las letras a la suela de los zapatos, ni se le enredaban en el pelo ideas ingeniosas cogidas al vuelo.... Había aprendido a liarse la manta a la cabeza, la sábana más bien, y de esta forma nadie reía ya la gracia a sus espaldas cuando se movía por el pasillo con una declaración de intenciones sin intención expresa colgando de su coleta. El jefe de personal era un tipo estricto y jamás hubiera aceptado que una limpiadora bajo su mando se quedara con alguna idea vertida en unas instalaciones para clientes de pago.

Total, qué iba a hacer ella con tanta palabra suelta en los bolsillos si compartía un estudio de apenas treinta metros cuadrados con un marido en paro y un adolescente al que, de vez en cuando, reconocía como el niño amable que le traía dibujos con corazones cuando regresaba del colegio; dibujos que encontraba recostados en la almohada de su cama de matrimonio, pegados en el espejo del baño o encerrados en el cajón de los cubiertos, cuando la vida aún compensaba la pobreza con sorpresas, besos y abrazos infantiles. Quién quería palabras sueltas por el salón cuando el silencio era lo más parecido a la felicidad que una podía disfrutar en casa.

Toda palabra era inútil cuando terminaba una reunión y ella las barría, o las eliminaba de los cristales para que volvieran a ofrecer la transparencia debida. Sospechaba que la gente se llevaba a casa aquellas que más le interesaron, que pudieron emocionar o abrir la caja de los sueños con negocios infalibles y pirámides invertidas. Había aprendido, con el tiempo, que aquellas reuniones de gente preocupada, o directamente desesperada, dejaban pocas palabras abandonadas. Que el tipo que las lanzaba a cambio de una mínima inversión sabía que su público se las llevaría pegadas al corazón, porque en ellas estaba el modo fácil y seguro de conseguir el dinero que nunca tuvieron. Los imaginaba calentando la casa con expectativas atesoradas que ardían como un regalo en el hogar mientras el listo de turno quemaba, de barra en barra, los billetes cosechados en remotas esperanzas.

Si se trataba de una reunión política el trabajo era triple. ¿Cómo podían aquellas personas malgastar tantas frases, aplicarse en la verborrea con tanta persistencia, para que solo una o dos ideas germinaran en los asistentes? “¡Qué asco!”, decía sin poderse reprimir ante la visión de un salón lleno de palabras estériles que habían resbalado por la mente de los asistentes, afiliados por lo general, que aprovechaban el estruendo de los aplausos para desprenderse de los argumentos y las grandes promesas, pues luego pesaban demasiado. Preguntas retóricas, silogismos amañados, demandas reutilizadas una y otra vez, promesas sin ganas, vítores de segunda mano, fórmulas de saludo, vestigios de odio mal contenido, trozos de insulto, adjetivos calificativos, siglas y más siglas… “¡Qué asco!”, volvía a mascullar mientras introducía sus manos en los guantes de látex con autoridad de cirujano. La que más asco le daba, desde luego, era “liderazgo”, pero a veces le despertaban arcadas cuando de entre montones de cifras y restos de estadísticas encontraba algún “os prometo” intacto. Una vez descubrió que “el pueblo” se le agarraba en el vientre y tenía que salir pitando al baño, pero afortunadamente ya no resonaba en aquellos lugares porque los oradores hablaban ya de “la gente”, combinación de letras mucho más digestiva, ¡dónde va a parar!.

Pero un día.

Un día tocó limpiar una sala después de una reunión de gente variopinta y enfadada. Mientras se enfundaba los guantes de látex alzando innecesariamente la mano por encima de su cabeza, como diciendo “tranquilos, ya estoy aquí”, se fijó en que no había quedado un gran rastro de palabras abandonadas, aunque sí muchas preguntas en el aire. Como en el caso de las pirámides milagrosas, la gente se había debido guardar muy dentro gran parte de lo allí hablado, aunque “siempre dejan faena para la pobre limpiafonemas, ¡bastante les importa a ellos que mañana venga mi suegra a comer, charla que te charla y el suelo hecho una mierda de palabras inútiles!”. A ella poco le importaba que en realidad se tratara de letras de tipografía equivocada, de sueños convertidos en malos recuerdos y troceados en sílabas errantes buscando mejor término, de lemas tan viejos que una vez lanzados se quiebran de realidad sin hacer mella en corazón alguno.

No estaba muy sucia la sala, pero letras enganchadas tuvieron que ser arrancadas de la pared con espátula, tal debió ser la rabia con que fueron escupidas. Descubrió datos que pesaban como una losa, quejas de las que era necesario protegerse porque podían taladrar cualquier protección. De la lámpara le cayó a plomo el eco de una sentencia tardía que le infligió un dolor agudo, muy parecido al que le causaba el desprecio adolescente de aquel machito en que se había convertido su hijo, fiel reflejo del padre que le cruzaba la cara cuando salía en su defensa, el niño de ella, ella del niño. Otras palabras entrecortadas se enredaron en la escoba provocando un tropiezo que acabó con su humanidad en el suelo, boca abajo y aturdida, como en sus noches de pesadilla sin sueño. Desconcertada y confusa por el golpe, otro más, apretó los labios esperando que él volcara en su interior el resto de la borrachera, rezando para que sus dedos cobardes no marcaran su cuello de nuevo, pues era verano y nadie lleva pañuelo al cuello.

Esta vez no sucedió porque no estaba en casa. Se levantó despacio, comprobó que nadie había visto el accidente, que no habría risas a su costa en el pasillo, y puso manos a la obra. ¿Qué necesidad de tanta palabra en el mundo? Sobrevivía en silencio, como había hecho su madre, como hacían sus vecinas. Menos la Vero. A veces quería ser como ella, pero la soledad asustaba más que la voz airada de los hombres de la casa. “¿Quién quiere palabras? ¡A montones las llevo yo al contenedor cada mañana!”

Pero el golpe había sido fuerte y aunque dejó el local limpio como una patena, al llegar a casa comprobó con fastidio que llevaba letras en el bolsillo. Se dio cuenta al meter la mano para sacar la llave. Otro día cualquiera se habría desprendido de ellas, pero el hombro le dolía y solo quería entrar en casa, tomar un ibuprofeno y hacer la cena a esos dos antes de que regresaran del bar, que había partido.

Terminada la faena, a punto de llegar el padre y el hijo, encontró un momento de respiro. Así que extrajo las letras del bolsillo y, sentada frente al espejo, se leyó a sí misma: mujer. Al principio sonó triste, con vergüenza. Pero la palabra rebotó en las paredes para regresar más firme pronunciada: mujer. Lo dijo en alto mirándose a los ojos: mujer, y por primera vez en su vida sintió el fuego feliz de una palabra con sentido.

Durante días, guardó aquellas letras como un tesoro, asustada de lo que podría sucederle si el jefe o su marido descubrieran que la semilla de una idea germinaba en su cabeza. Limpió de discursos huecos varias salas, pero entre tanta vaciedad esparcida  sus ojos buscaron sin saber muy bien el qué. Llenó los bolsillos de letras y de términos, sin miedo a que se colara alguna pregunta lanzada al viento. Una vez en casa buscó la soledad del balcón y trató de ordenar el puzzle… unía letras y sentidos, números e interrogantes, hasta entender que de un montón de vocablos inconexos podía construir una frase. Y construyó una frase: “mujer dice basta”. Su intuición le decía que más que una frase, acaba de extraer del eco nada menos que una idea. ¿Así que eso es lo que no querían que tuviera nunca por sí misma? Pues lo hizo, y por una vez pensó en algo que no fuera trabajar, aguantar, sobrevivir. Se atrevió a desear una vida propia.

Pasaron los días, y pese a que estaba en juego el pan de la familia decidió fijarse en los fonemas que eliminaba. Fue coleccionando palabras hasta entender que podía construir frases con ellas, y con las frases, un discurso. Llenó su corazón de palabras que removían sus entrañas, que dolían como los golpes o las violaciones, como las faltas de respeto de su hijo, como el desengaño en sus ojos de niño aporreado y vencido, de niño que ya no escondería dibujos con corazones por los cajones de la casa. Creyó en ideas que flotaban en el ambiente, como igualdad, dignidad, denuncia, libertad. Cuántas veces había barrido todo vestigio de ellas porque su trabajo era limpiar y no entender.

Por fin un día llegó antes de tiempo para asistir a una reunión de aquellas donde mujeres extrañas hablaban de todo lo que ella sufría en silencio por miedo a la soledad de una casa sin hombre… escuchó, cuestionó, asintió, hizo suyas las preguntas sin respuesta, los datos que cuantificaban la extensión de su condena. Lloró.

Pero esa noche nadie cenaría en casa. Teléfono en mano, acallaría los gritos y las amenazas, protegería su cuerpo detrás de una denuncia. Extraería las nuevas palabras que,  debidamente ordenadas, profundamente respiradas, llenaban sus bolsillos de un mañana… y acabó el cuento.