SOS, abuelo empanao, SOS

(Foto: Casandra Culebras)

“El 47% de las mentes de las personas  están divagando, están en otro mundo, están despistados” (Daniel Gilbert,  Departamento de Psicología de la Universidad de Harvard)

 

 

 Querido agente Smith:

Quiero pedirle disculpas por no haberle escrito durante un tiempo. Espero que las acepte, pues este silencio no se debe en absoluto a desconsideración sino a mero despiste. Si realmente ha estado usted ahí, impasible al desaliento, firme en su misión, controlando mis movimientos y mis conversaciones, habrá concluido que soy lo que se dice “un tipo despistado”, lo cual, por otro lado, siempre ha sido entendido como un rasgo de genialidad, modestia aparte.

No se ría, querido amigo. En Langley, supongo que “despiste” es sinónimo de “desastre”: el barbudo que burla la vigilancia, la bomba que estalla por cortar el cable equivocado, los gastos reservados que alguien se olvida de justificar… En las cátedras de Cirugía tampoco tiene buena fama el despiste porque hay algo importante en juego: no recuerdo si se trataba de la vida del paciente o el prestigio del hospital. En cualquier caso, hay sitios donde no tiene buena prensa el despiste. Lógico.

Pero créame que en la vida real despistarse es una necesidad. No podemos andar siempre atentos a todo lo que nos rodea y nos ocupa. Usted tampoco, amigo espía, por mucho entrenamiento que crea haber recibido. No hay que ser un gran adivino para imaginar esos lapsus que en su cerebro provoca sin duda el perfume acanelado de la superagente que la suerte, quiero pensar, ha puesto a su lado en esta misión…  El reto consiste, por tanto, en administrar los momentos en que el cerebro decida transitar por otros mundos de manera que no afecte demasiado a nuestras relaciones personales, a nuestras actividades, a nuestros sueños.

De un tiempo a esta parte, le confieso, me preocupa el tema porque uno no puede confiar en sus biógrafos. Temo que cuando los mayores expertos en mi obra se reúnan en uno de esos congresos internacionales, el modo constante y simpático en que mis nietas, especialmente Casandra, la menor, usted sabe, me llaman “empanao” derive en un argumento sólido sobre el cual discutir el valor real de mi aportación a la Filosofía o a la Literatura Universal; pero, sobre todo, mi calidad de genio o de idiota. Mire lo que pasa con Einstein por culpa de una foto relativamente ridícula, como si los grandes hombres no pudieran sacar la lengua en un momento dado. Ahora que lo pienso, ignoro si se trata de un posado o un robado, pero coincidirá conmigo en que deja marca indeleble esa imagen del padre de la Relatividad y de la energía atómica.

En cambio a Rajoy lo sacan continuamente con la lengua afuera, en modo torpe sediento, y nadie extrae conclusiones extrañas a la valoración que de él tiene la generalidad… pero eso es otro tema: cuando la sed se convierte en burla, diría yo.

En fin, verá amigo Smith: un día quedéme yo abstraído en la belleza incorruptible del Arco de Jamete durante una visita a la catedral de Cuenca con Martina, la mayor, usted ya sabe, y mi señora tuvo la feliz idea de sugerir a la niña que la mejor manera de recuperarme para el mundo mundial no era otra que llamarme “empanao”. Y la niña, por supuesto, hizo la gracia: “¡Abebo, estás empanao!”, …

Yo resté importancia al asunto hasta que, ya motu propio, Martina, la mayor, le digo, repitió la gracia en varias concurridas ocasiones… mi cerebro está preparado para una larga batería de respuestas ante cualquier agresión verbal de semejante calibre, pero abuelo al fin, acepté el juego de una indignación forzada y gestual: “¿Eso se le dice al abuelo?”. Sí, no, jajá… en fin.

Lo malo es que Casandra, la pequeña, usted sabe, debió asistir a dicho juego en el delicado momento en que su cerebro en ebullición comenzaba a relacionar personas y denominaciones de origen, de forma que las tres primeras palabras identificables en su verborrea particular fueron por este orden: mamá, al ver a su madre; papá cuando identificó a su señor padre, y “enanao” cuando me vio a mí, su pobre abuelo. Así que para ella, durante meses, yo no era ni siquiera “abebo”, ni alguien que acudía a su vida con asiduidad. Yo era, sencillamente, “el empanao”. ¿Que me veía la niña? ¡Pues ahí que lo soltaba! Supongo que para ella significaba  desatar el proceso “insulto-indignación-desafío-risas” que marca su primera infancia y lastrará de por vida mi vejez temprana. Pero más grave es que si veía mi foto soltaba “enanao”, y todos a reír la gracia. Llegó un momento que solo la mención de la palabra “abuelo” disparaba como un resorte el dardo: “enanao”, y todo el mundo partiéndose de risa, tronchándose incluso, diría yo.

¿Y todo esto a qué venía? Ah, sí, a que quería yo pedirle un favor. ¿Le importaría enviarme  copia de la grabación de mis conversaciones telefónicas entre los días 10 y 13 del presente mes? Sé que alguien de entre los muchos que llamaron para interesarse por mi salud me recomendó no sé qué para el dolor de espalda, y hablando de cremas y medicamentos mencionó un libro en el que explicaban  algo interesante sobre las guerras floridas y las ruinas de Teotihuacán... o igual esto surgió al hilo de otra conversación sobre el Retorno de los Dioses y las líneas de Nazca. El caso es que tengo que cerrar un artículo sobre la crisis catalana y no soy capaz de recordar qué persona era.

Y ya puestos a pedir… hay otras doce conversaciones de índole familiar en las que se escucha a Casandra, la menor de mis nietas, como le digo, llamándome “enanao” y temo que mis biógrafos pudieran no entender la situación, usted  me entiende. Entre espía y espiado creo que podemos ayudarnos. Por ejemplo, un dato: hay un perfume llamado “L” con notas de salida a naranja amarga y canela que podrían ser un buen regalo para cierta agente de talle juncal, usted ya me entiende.

 

Anotación 7/XXX/18

Agente Yolanda Samuelson – Seguimiento de dispositivos – Objetivo 674

Incidencia: Petición de datos grabados y solicitud de destrucción de pruebas.

Datos: Objetivo 674 se dirige a su contacto en Langley, nombre clave: “agente Smith”, para que le remita grabaciones de conversaciones telefónicas y, al mismo tiempo elimine del archivo toda mención al mensaje “enanao” que al parecer repite con insistencia el comando “Casandra, la menor, usted sabe”.

Dicha clave parece ser la confirmación de una instrucción anterior transmitida al Objetivo 674 por el comando “Martina, la mayor, como le digo” por orden de la Casa Madre, nombre clave “mi señora”. “Enanao” sería una encriptación urgente del mensaje original: “empanao”, y relaciona directamente al sector duro de Iglesia Católica con el desarrollo de la energía nuclear. Jamete fue un arquitecto condenado por la Inquisición y la palabra “arco” se refiere sin duda a “arco fotovoltaico”, lo que permite confirmar que Objetivo 674 desarrolla una misión relacionada con la producción de energía, posiblemente en relación al plan nuclear iraní.

Por alguna razón que ignoramos, el comando “Casandra, la menor, usted sabe” se ve en la obligación de insistir una y otra vez, por lo que entendemos que hay algún problema a la hora de contactar con un proveedor que viaja desde Nazca o México a Cataluña, cuya crisis ofrece condiciones inmejorables para el tráfico de productos sensibles mientras el presidente español queda retratado con la lengua fuera.

 

Mensaje para el departamento científico

Considero prioritario comprobar la existencia de un producto de marca comercial “L”, investigar si en sus especificaciones aromáticas se encuentra esencia de canela y en caso afirmativo trasladar urgentemente la información a Johnson Maverick, el instructor de tiro. Él ya sabe.

 

Seguiremos investigando.