Mal rollito

El ascensor de palacio no es un ascensor muy inteligente, que se diga. En realidad no se le pide mucho y él suele cumplir con normalidad. Cierto que no es diligente, ni sale escopetado hacia la planta primera en cuanto se pulsa el botón. Pero te eleva con dignidad y suficiente parsimonia como para aprovechar la cristalina transparencia de sus paneles disfrutando de la visión panorámica de los jardines. Tiene incluso un espejo que modula el brillo del sol tras una capa levemente amarantada para dibujar tus dudas interiores si lo miras de frente, o prolongar hacia el infinito el pequeño recodo del jardín si observas más allá de tu figura.

El ascensor de palacio no es un ejemplo de modernidad robótica. Espera a que lo llamen para bajar o ascender, y nunca sorprende al usuario con funciones extravagantes. Nada de pequeñas pantallas de plasma con noticias y anuncios, ni tampoco rompecabezas impresos para entretener el viaje. Normal, por otro lado, puesto que el trayecto es tan corto que para aumentar la sensación de aventura hace escala en una entreplanta, medio piso como aquel que dice, y lo proclama con voz tan femenina como ampulosa: “entre-planta”.

¡No es una crítica, válgame el cielo! Un palacio de mediados del siglo XV por cuyo patio correteara Felipe II niño, en cuyas tarbeas se alumbraron los amores prohibidos de Garcilaso, en cuya academia discutieran Lope de Vega y Cervantes, Carlos V y su esposa: ¡otra vez me dejáis sola!, los Ayala y los Silva, no necesita un ascensor ultrarrápido y comercial. Necesita lo que tiene: un ascensor funcionarial con aires de diseño que parece darte los buenos días con educación y distancia, pero capaz de solidarizarse con la pesadumbre incierta del empleado público, o con el miedo a las encuestas del cuadro político de segunda fila. Una caja móvil, en definitiva, que ni se ofende cuando optas por usar las escaleras, ni se queja si subes o bajas dos veces más de la cuenta.

De ahí mi sorpresa cuando una mañana, después de atravesar el patio como otras tantas mañanas, cruzo el breve pasillo que lleva a las escaleras y nada más verme el ascensor abre su puerta. Nadie había descendido, nadie arriba lo esperaba, nadie, que yo pudiera ver o sentir, había pulsado el botón. Ya digo que no es un ascensor inteligente. Podría tener una célula madre que pintara de infrarrojos el pasillo y adivinara la llegada de un cliente, pero no. De tenerla, funcionaría todos los días y en su chip de mensajes grabados tendría un “buenos días: su ascensor”.

Durante unos segundos dudé sobre si aceptar la invitación o usar la escalera. ¿Quién, cómo, y por qué habría abierto la puerta del ascensor justo cuando yo llegaba? Unos segundos nada más. Con un gesto de qué más da entré en el habitáculo y esperé a que se cerrara la puerta. No arrancó hasta que pulsé el botón correspondiente, y cuando se produjo la suave arrancada me vino a la mente la imagen de López Vázquez en la cabina. Mal rollito. Podría habérseme presentado la imagen de un fantasma invitándome a entrar, pero la idea de un fantasma servicial resultaba, sencillamente, inaceptable.

Un fantasma ha de ser, por definición, un hideputa con galones o un alma en pena. Ninguna persona decente, salvo aquellas que fueron víctimas de una crueldad inaudita, puede quedar atrapada en el inframundo. Un tipo malo, malísimo, sí; una vieja cruel con hechuras de bruja, por supuesto; una virgen asesinada brutalmente por alguien que logró ocultar su delito, faltaría más. Pero nadie se queda en tierra de nadie, permítaseme la redundancia, para hacer de ascensorista sin más. Así que la intranquilidad tenían que surgir de la posibilidad de una trampa mortal para burgueses incautos... ¡pero que muy mal rollo!

El ascensor del palacio es silencioso, no sé si ya lo he dicho. Cuando uno piensa que se ha metido ingenuamente en las fauces de la bestia, que la moderna cabina se ponga en movimiento sin un pequeño suspiro acrecienta la incertidumbre. La inercia te dice que se ha puesto en movimiento, pero realmente no sabes hacia dónde. Descubrir además que tu imagen no se refleja en el espejo tampoco ayuda. Busqué mi imagen más allá del reflejo infinito del pequeño rincón del jardín pero no la encontré. Tampoco aprecié el aura levemente rojiza que el azogue solía devolver tras el cristal apenas tintado, y me dio la sensación de que aquello no era un espejo… Entendí que el personaje de López Vázquez en la cabina murió porque no había leído Alicia en el País de las Maravillas, o tal vez porque en aquellas cabinas-trampa no había espejos-portal hacia otras vidas de cuento. Pero yo tampoco me asomaría, porque sí leí el cuento y no me gusta el té.

El ascensor llegó a la segunda planta y, sin una palabra acostumbrada, abrió en silencio la puerta. Reconozco que me lo pensé dos veces antes de dar el paso, pero finalmente abandoné la trampa como si nada raro hubiera sucedido.

Durante semanas, la normalidad ha marcado la vida en el palacio y mi rutina apenas se ha visto alterada. Nunca más se ha repetido aquella escena, y sigo teniendo que pulsar el botón para que la puerta del ascensor se desplace hacia un lado franqueándome el acceso. Vivo sin sobresaltos, trabajo con la incertidumbre de siempre… pero sé que algún día tomará sentido aquel episodio de mal rollo y entenderé, para bien o para mal, por qué pudo desaparecer mi imagen de un cristal que renunció a ser espejo, y por qué se abrió la puerta cuando nadie pulsara botón alguno. Comprenderé que las máquinas tienen sus cosas, nos gastan bromas, nos odian y nos aman, especialmente cuando en el día a día pasamos por alto sus pequeñas coqueterías: un reflejo irisado en su estructura metálica, un ritmo levemente caribeño en el ir y regresar esa mañana, o tal vez su indignación por lo escuchado a algún viajero sobre el arbitraje del pasado domingo.

El ascensor de palacio no es un ascensor especialmente inteligente. Tampoco quisquilloso. Tal vez por eso me cueste pensar que pudiera ser una máquina sensible. Sin embargo, ahora observo todo en él cuando subo los dos pisos. Las pegatinas chillonas de la revisión, el botón de la campana y las instrucciones para hablar con alguien en caso de emergencia; incluso la fina barandilla a la que nunca he visto a nadie agarrado. Miro más allá del espejo y ya no me dejo engañar por el reflejo infinito del jardín. Sé que hay un muro de ladrillo mudéjar, y detrás de ese muro se marchitan, siglo a siglo, las historias nunca contadas, jamás delatadas. Creemos que toda la historia del edificio se quedó a vivir en los salones que rodean el gran patio gótico mudéjar: el de la Emperatriz, el del Consejo, el de Honores, pero que nada sabemos de la perfidia o bondad de quienes habitaban las zonas menos nobles, zonas como la que ocupa la chimenea cristalina que encierra el vaivén del ascensor y que, adosada a la fachada, ejerce de contrafuerte sin arbotantes.

Reconozco que cada mañana me supone una pequeña decepción comprobar que el ascensor funciona con normalidad. Hay algo de niña coqueta y desairada en ese recibirme como si nada hubiera sucedido y empiezo a temer un desaire vengativo. Incluso el tono de voz se ha vuelto más seco y ya no dice entre-planta con un deje de ironía, como retándote a que conozcas lo que se cuece por ahí… Un día, lo confieso, subí por las escaleras para castigar al ascensor y en la entreplanta no reduje para nada el ritmo del ascenso. Ni siquiera una mirada hacia el pasillo. En otra ocasión busqué tras el espejo un rostro cualquiera al que explicar mi actitud de aquel día, hacerle entender que un sentimiento de mal rollito te impide a veces cumplir lo que en realidad es un sueño para cualquier cazador de historias.

Ayer por la noche acaricié suavemente, con la yema de los dedos, el estilizado dibujo de la campana del botón de emergencia y me escuché diciendo “anda, tonto”… Sé que creer en la idea de un fantasma coqueto resulta inaceptable. Ya lo he dicho. La coquetería no entiende de sexos en el fondo, aunque sí en las formas. Insistí: “Venga, mujer”… Puedo pedir disculpas a un fantasma, al fin y al cabo esto es un viejo palacio lleno de historias de amor y de violencia, pero nunca a una máquina, por muy de diseño que sea. Necesito creer en el fantasma, en su orgullo herido, en una invitación a saber, a conocer, porque no puedo aceptar que mi estabilidad emocional se esté yendo al garete porque un ascensor tenga sentimientos. Descartado el fallo técnico, ¡por favor¡, entiendo que debí asomarme al otro lado del espejo amarantado que multiplica el sobrio jardín y aceptar la fantasmagórica invitación. Si el fantasma es alguien normal, un ectoplasma decente, habrá aceptado mis disculpas y esta mañana el ascensor abrirá su puerta en cuanto me asome por el pasillo. Yo no me disculpo con cualquiera, y menos cuando nada malo hice. Si el ente que borró mi imagen del espejo tiene un mínimo de humanidad aceptará mis disculpas… salvo, claro está, que sea del tipo hideputa o luciferino, gente por lo general orgullosa en extremo.

 

-          A ver, Damián, no me jodas. ¿Cómo que su rastro se pierde en el ascensor?

-          Es lo que hay, comisario. Las grabaciones demuestran que llegó a la hora normal, saludó al guardia y al conserje al entrar en palacio,  cruzó el patio como todos los días y cogió el ascensor,  pero no llegó a la segunda planta. Tampoco salió en la entreplanta ni el último piso.

-          No tiene sentido. Habéis revisado el ascensor…

-          Por encima… encontramos un sobre con este escrito. Da la sensación de que quiere hacernos creer que desapareció dentro del ascensor. Estamos hablando con su familia por si hubiera alguna razón que lo impulsara a desaparecer así.

-          Habrá que pedir registro de sus móviles, cuentas de correo, etc…

-          Estamos en ello, pero comisario, hay algo que debe saber.

-          Dispara…

-          El papel apareció en el suelo del ascensor. Lo recogió la señora de la limpieza y no hizo caso hasta que se denunció la desaparición.

-          ¿Y?

-          Pues que la razón por la que no he revisado a fondo el ascensor es que al entrar para una primera revisión no vi mi imagen reflejada en el espejo. No sé si fue sugestión, pero me dio un mal rollo… así que con su permiso lo he precintado y esperaremos a que los de la científica lo revisen a fondo. Total, un día más…

-          ¡Damián, no me jodas! Eso es inaceptable.

-          Lo será; pero yo prefiero que entren los de la científica. ¡Ahora, si quiere usted echar un ojo…!

-          ¿De verdad no te veías en el espejo?

-          Se lo juro.

-          Bah, que miren los de la científica… ¡y que desmonten el espejo!