La fortaleza de Diógenes

“Inaceptable” es una gran palabra sin lugar a dudas. Guarda en sus cinco sílabas la fuerza de un paisaje barroco que describe la frontera entre el bien y el mal,  pero una frontera interior, personal e intransferible, que delimita únicamente aquel que la pronuncia. Porque cuando alguien califica algo de “i-na-cep-ta-ble”, el mundo se detiene lo justo para que todo aquel que lo escucha quede en suspenso, esperando el advenimiento del ángel de la dignidad. De hecho, si uno fuera tan argentino como en los mejores sueños podría decir con todo derecho que “inaceptable es una palabra regia”…

 

Pudiera entenderse alguna similitud con “intolerable”, incluso con “inasumible”, ¡pero dónde va a parar! Intolerable nos habla de autoridad, de superioridad social, de mando ejercido por ley natural… No tolerar nos lleva a impedir, a castigar, a coartar la libertad de los demás como fruto de la actitud del otro, nunca del propio deseo. La vieja del visillo crucifica al salir de misa a la vecinita que se besaba en la escalera con el novio porque es algo intolerable, no porque la pasión ajena y supuestamente discreta remueva sus entrañas en un vómito de envidia o de excitación arqueológica de sus glándulas ya fósiles. El dictador quiere a su pueblo, se desvive por su gente, pero el pueblo, pero su gente, se empeña en adoptar actitudes intolerables, y no hay más remedio que firmar sentencias… No es una buena palabra, “intolerable”. Tampoco “inasumible” lo es. Uno la escucha y piensa en gerentes cuyas cuentas no cuadran y deciden no invertir en seguridad allá en la mina. Suena a dinero en el bolsillo del avaro, o a teoremas morales que lastran el recto discurrir del filósofo, siempre con nombre alemán.

 

“Inaceptable”, sin embargo, pone sobre la mesa toda la fortaleza del hombre con principios morales. Da igual qué es lo que no pueda ser aceptado. Uno ve, observa, escucha, analiza, lo intenta, pero no es posible: su formación, su alma, su concepción del bien y el mal, su dignidad, su conciencia, su honor, su lo que sea, le impiden aceptar la situación, la palabra, la idea. No es cuestión de tolerar o impedir, porque no se trata de autoridad o beneficio. Es otra cosa.

 

Así que cuando el agente de la policía local escuchó de aquel tipo de rostro castigado por años de alcohol a la intemperie, ropas de color indefinido y olor insoportable, que “esto es inaceptable”, la orden de desalojo comenzó a temblar en su mano.

 

De repente, sintió los ojos de los bomberos que hacha en mano se disponían a derribar la puerta clavados en su nuca, como sintió la mirada burlona del reportero del periódico local o la mirada severa de su padre muerto cuando le hablaba de lo justo y de lo injusto. Se enfrentó a la mirada suplicante de la pareja de inmigrantes sin sueños ni billete de regreso a la infancia feliz y buscó, sin éxito, la mirada esquiva del secretario del juzgado que ahora dudaba de la firmeza de un auto judicial. Percibió de forma ineludible la mirada de los seis manifestantes de la plataforma indignada y era como si todas las miradas del mundo decente que llora la foto del niño ahogado que el mar no quiso en su seno, asqueado de tanto sufrimiento para alimento de los peces, se posaran sobre él.

 

Aquel viejo borracho que tantas veces había llevado a comisaría por bajarse los pantalones y orinar en el escaparate del salón de té podía haber gritado que esto es una vergüenza, podía haberles insultado, o tal vez podría haber llamado a la resistencia del pueblo contra el sistema. Para todo ello estaba preparado mentalmente, porque uno siempre tiene que regresar a casa y poder mirarse al espejo. Pero ese Diógenes de mierda, en cuya casa guardaba kilos y kilos de basura amontonada, había sentenciado solo con pronunciar una palabra que desalojar de su vivienda a un matrimonio cincuenta veces estafado por el banco, engañados una y otra vez por la sucesión de empleadores de personas sin papeles, cuando no por la simpática agente comercial que se olvidó de explicarles lo del TAE y la letra pequeña de la tarjeta milagro, resultaba inaceptable. Y el mundo a su alrededor había encajado el golpe como si el ángel de la dignidad en efecto se hubiera hecho carne para abrazar a los desahuciados.

 

Hay momentos en que dudar es perder, aunque en realidad se sintió aliviado. Explicaría a sus superiores que por encima de la legalidad de un desahucio existe el deber de mantener la seguridad en las calles, evitar disturbios, así como que el sindicato ya anunció que eso era cosa de la Policía Judicial y, en todo caso, de los antidisturbios. Aun así, curándose en salud, se dirigió al secretario judicial.

 

-          Usted dirá… pero yo creo que aquí se puede liar gorda.

 

-          ¿Por seis manifestantes?

 

-          Hay más en camino, y no respondo de la actitud del vecino ése, el del síndrome de Diógenes. O lo dejamos para otro día o pedimos refuerzos, a riesgo de que se corra la voz y venga mucha más gente a protestar.

 

Su mirada de súplica expresaba lo que sus palabras no podían recoger. El secretario judicial también había comenzado a sentirse mal. Sabía que los desahuciados no eran malas personas y que el prestamista que originaba el pleito era un tipo despreciable. ¡Si hasta lo habían sacado en televisión en uno de esos reportajes con cámara oculta y carreras desde el portal al coche!

 

-          Creo que su señoría lo entenderá… además, joder, ¿no tendrían que haber actuado los de la Oficina Antidesahucio?

 

Fue una de los promesas estrella en la campaña electoral, pero aún estaban esperando los ordenadores y el material de oficina. Los manifestantes no gritaban, pero repetían como un mantra: “inaceptable, es que es inaceptable”, y una señora de católico rostro alzó la voz:

 

-          ¡Tiene razón el hombre! ¡Parece mentira que un pobre vagabundo tenga que darles lecciones de moral y dignidad! ¡Un aplauso para él, compañeras y compañeros!

 

Agradecido por el aplauso, el hombre se irguió en el rellano y apoyando ambos brazos en la barandilla insistió con seriedad: “Lo que ustedes pretenden es inaceptable”…

 

Secretario judicial y agente municipal se pusieron de acuerdo en un mirarse a los ojos. Señaló con el dedo al vagabundo, con casa pero vagabundo, y le habló serio, pues una cosa es la autoridad moral y otra muy distinta la autoridad autorizada, que es la que imponen el uniforme y la placa:

 

-          Usted no tiene ni idea de lo que significa lo que está diciendo, y lo único que va a lograr es encabronar la situación. Cállese ya. Nosotros vamos a regresar al Juzgado a pedir instrucciones, pues surgen dudas…

 

La gente tras la pancarta observó que algo estaba pasando, y cuando los bomberos les confirmaron con gestos elocuentes y pulgares hacia arriba que el desalojo se suspendía, prorrumpieron en aplausos y ruido alegre de cacerolas.

 

El periodista se abalanzó sobre el secretario judicial para lograr una justificación que transmitir vía Twitter a la redacción del digital y al mundo, pero solo cosechó un escueto “déjeme pasar, hable con su señoría”. Se alejó unos pasos, y mientras la comitiva retomaba el camino por el que había llegado, escribió en menos de 140 caracteres que “Un conocido vagabundo del barrio ha frenado al grito de “es inaceptable” el desahucio de un matrimonio inmigrante #dignidadyjusticia”, y en pocos minutos, centenares de indignados de todo el país retuiteaban la noticia.

 

Entrevistó a los manifestantes, registró el agradecimiento de las víctimas de la voracidad urbanística y del sistema, llamó a la puerta del héroe. Llamó de nuevo, e insistió por tercera vez. Mientras esperaba alguna reacción desde el interior de la vivienda, dio por hecho que los de Antena 3 tardarían poco en presentarse allí, y solo la conciencia de tener ante sí una buena historia le ayudaba a soportar el hedor que empezaba a percibir.

 

Aguantó una arcada e insistió una vez más. Esta vez tuvo suerte y la puerta se abrió de golpe.

 

-          ¡Que me dejen en paz, que ya les he dicho que no me voy a ninguna parte! ¡Que esta es mi casa, y estas son mis pertenencias!

 

Frente a él un Diógenes amenazante esgrimía una lata de cerveza a modo de arma arrojadiza. El reportero temió por su integridad pero protegió el Smartphone dispuesto a poner en riesgo su propia vida.

 

-          ¡Nadie quiere echarle, señor! Soy periodista.

 

El vecino permaneció inmóvil mientras sus ojos recorrían el rellano. Cuando comprobó que el joven, en efecto, no era de la policía, ni del juzgado, descansó el brazo y dejó de apretar con fuerza el envase metálico.

 

-          ¿Entonces qué quiere usted? Estoy muy ocupado…

 

-          Quiero felicitarle, estoy grabando, perdón… ¡Ahora! Quiero felicitarle señor por la entereza con la que se ha enfrentado a la policía y al agente judicial impidiendo el desahucio de sus vecinos.

 

-          ¿Qué vecinos?

 

-          Sus vecinos, los de la puerta dos.

 

-          ¿Los guachupinos? ¡Qué dice! A mí qué me importa ese par de dos…

 

El periodista sentía ganas de vomitar mientras sus ojos recorrían lo montaña de basura que impedía la visión del interior de la vivienda.

 

-          ¿No se estará quitando mérito, hombre? Ha evitado usted el desahucio de sus vecinos, todos hemos sido testigos.

 

-          ¡Pues ya ve! Yo creí que venían a tirarme a mí del piso, porque esos cabrones, unos indios que tenían que estar ya en su país, se empeñan a denunciarme porque dicen que mi casa huele mal. Y yo ya les he dicho que a mí me sacan de aquí con los pies por delante. ¡Estamos jodiendo el planeta, y no hay que tirar basura! Yo reciclo, señor mío; yo reciclo… al ritmo que puedo, pero yo amo el planeta…

 

El periodista ya no hizo más preguntas. ¿Para qué? Se limitó a escribir en Twitter: “inaceptable es una gran palabra… #dignidadyjusticia”