La semilla de Lucifer

Desde que el médico explicó a mi madre que yo jamás engendraría un hijo a causa de una palabra compuesta que nunca pude descifrar, tuve muy claro que a pesar de todo a mí de mayor me gustarían las mujeres. La verdad es que en aquellos tiempos la homosexualidad no era opción, o así al menos se fueron encargando de hacérmelo entender tanto mi padre como el profesor de religión, al que ahora veo que la familia había informado tan angustiada como convenientemente. Así que mi pubertad transcurrió más como un problema filosófico y moral que como un cambio físico marcado por unas hormonas que en mi caso sonaban a desperdicio. Un problema que partía de un axioma que no era tal, pero lo parecía: castigar a la familia, a los santos y a la patria cayendo en la homosexualidad solo porque mis testículos fueran de adorno y aquello nunca se fuera a poner duro resultaba, sencillamente, inaceptable. ¡Y aquí paz y después gloria!

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