La semilla de Lucifer

Desde que el médico explicó a mi madre que yo jamás engendraría un hijo a causa de una palabra compuesta que nunca pude descifrar, tuve muy claro que a pesar de todo a mí de mayor me gustarían las mujeres. La verdad es que en aquellos tiempos la homosexualidad no era opción, o así al menos se fueron encargando de hacérmelo entender tanto mi padre como el profesor de religión, al que ahora veo que la familia había informado tan angustiada como convenientemente. Así que mi pubertad transcurrió más como un problema filosófico y moral que como un cambio físico marcado por unas hormonas que en mi caso sonaban a desperdicio. Un problema que partía de un axioma que no era tal, pero lo parecía: castigar a la familia, a los santos y a la patria cayendo en la homosexualidad solo porque mis testículos fueran de adorno y aquello nunca se fuera a poner duro resultaba, sencillamente, inaceptable. ¡Y aquí paz y después gloria!

En realidad lo que a mí me interesaba eran cosas como el fútbol, las chapas y las tardes de vagabundeo con mis amigos por las fronteras del barrio plagadas de sorpresas con las que alimentar lo mismo una hoguera explosiva que un terrario ocasional, así que el disgusto de mi madre se me antojaba equiparable a otros tantos como le fui dando a la pobre. Me encantaba por lo general hacer anuncios solemnes y mantenerme firme en mi decisión hasta que padre acababa con la broma de un correazo: “cuando me haga mayor seré anabaptista… la universidad es una pérdida de tiempo, haré FP… cuando muera Franco seré demócrata… nunca aceptaré el dogma de la inefabilidad del Papa…” y cosas así. Cualquier palabra que me llamara la atención venía al pelo para una declaración de intenciones que terminaba por despertar las alarmas en el corazón de mi pobre madre, que no sé cómo me habla todavía.

Cierto es que si mis grandes ideas ocasionales despertaban en casa momentos de histeria, mis silencios generaban un terror inconfesable. La época en que mis amigos empezaron a partirse el culo hablando de pajas y bragas robadas en los tendederos, refugiaba mi frustración en largos y hoscos silencios. Ni que decir tiene que traté de discutir los designios de la madre naturaleza a base de brazo e imaginación, y que recé cuanto pude para poder pecar como cualquiera, lo cual me confundía un poco a la hora de confesar. Silencios recibía por todas partes, silencios incómodos en ocasiones, y en el silencio me encerraba. Decidí que aquello justificaba perfectamente una actitud ofensiva y grosera con el mundo y me apliqué a ello con la suficiente constancia para que mi padre dejara de darme correazos, supongo que justificados, hasta romper un día a llorar pidiéndome perdón por mi impotencia. Creí entender, con un nudo en la garganta, que mi frustración despertaba un tremendo sentimiento de culpa y dolor, como si mi impotencia fuera responsabilidad suya. Con el paso del tiempo descubrí que en parte era así: que la impotencia era toda mía, pero la esterilidad resultó herencia paterna, para embarazosa sorpresa de todos. Menos mal que mi padre optó por el silencio seco y triste, pues temí seriamente por mi madre, que jamás volvió a sonreír en casa. En realidad no recuerdo haberla visto reír abiertamente alguna vez…

Yo sé que la tristeza se huele, y por mucho que me empeñara en encabezar la tropa de gamberros en que nos convertíamos al salir de clase, no faltó nunca un pecho compañero, pero de los que a todos nos gustaban: con un par de tetas, que dejara reposar mi pena mientras sentía la caricia de unos dedos suaves tejiendo consuelo con mi pelo rizado. Por alguna razón que ellas desconocían se sentían seguras conmigo y yo aprendí a apreciar la calidez de sus abrazos, la textura de sus senos, el sabor de sus besos. Poco a poco, mientras mis amigos hacían muescas en sus revólveres con las chicas a las que se tiraban, yo comencé a coleccionar sus secretos, a navegar por los océanos de aquellos sentimientos a flor de piel amparado en la seguridad de no verme nunca atrapado por la magia de un coito. Con el tiempo, fui dejando de fingir una pasión que no sentía para convertirme en un enigma que alimentaba de sueños, de novedad, de dudas y certezas el día a día de aquellas que por alguna razón cruzaban por mi vida para quedarse, siempre como un buen recuerdo.

Todo iba bien, al fin y al cabo. El celibato tenía sus cosas buenas y para mí ninguna mala. Mis pecados transcurrían por otras vías más profundas que mucho tenían que ver con la obsesión en ocasiones, con la necesidad de ganar a toda costa cuando una mujer despertaba mi interés para darme luego con la puerta de su intimidad en las narices y, en ocasiones, puestos a contar contemos,  con la intervención ilegítima en sus asuntos.

Pero en toda vida extraordinaria, y la mía en este sentido lo es, por rara más que otra cosa, sucede siempre algo que perturba el guion hasta límites insospechados por insospechables. No es lo mismo caer en un abismo previsible que ser engullido por un socavón en las calles de una ciudad suiza cuyo urbanismo funciona como un reloj, se supone. Uno puede sospechar de todo lo sospechable, pero sospechar de algo que por definición resulta insospechable solo es posible desde una situación de esquizofrenia o de fobia. Así que ocurrió.

Ella era hindú, lo cual añadía una nota de interés especial, pues no es lo mismo haber nacido mujer en España que en Suecia, Afganistán o, como era el caso, Benarés. En las sociedades donde la mujer sigue siendo víctima de un trato brutal, su vida interior late mucho más desarrollada y protegida, pero una vez abiertos los primeros candados, el espectáculo de su alma se te muestra en visión panorámica y technicolor, como en el cine de antes.

Ella hindú, de Benarés, una de las siete ciudades santas de la India. Sus ojos brillaban desde el fondo de un iris tan negro como sus pupilas. Nos conocimos en Melilla, durante mi servicio militar, y pareció entender a la primera de cambio que servidor no era un recluta al uso, salido y vocinglero. Le gustaba hablar conmigo y a mí con ella. Paseábamos, reíamos, planeábamos mundos imposibles, improbables al menos, y una vez llegamos a abrazarnos cariñosamente con la puesta de sol como testigo… por primera vez en mi vida, tal vez la única, descargué el peso de mi secreto como una disculpa, como una liberación.

No se lo tomó a bien. Tras un largo silencio que yo pensé relacionado con la esperanza de ver el rayo verde, me miró con una fijeza ciertamente perturbadora; de su boca salieron palabras duras en su lengua materna que ribeteaban de rojo airado la negra amplitud de sus pupilas. Su tiempo, sus ilusiones, su honor, ¡su honor!, el dinero de su familia, todo en juego por un cerdo blanco que pretendía burlarse de ella. Resultara mi impotencia cierta o falsa, la conclusión era de burla por mi parte: coqueteando sin poder cumplir o mintiendo para regresar a la Península libre de ataduras. Mi confusión era total, sobre todo cuando me gritó que todos los hombres sois iguales, que yo como todos pero peor, por sibilino, hipnótico y suave, como la cobra.

A punto estuve de rehacerme cuando alcancé a protestar “nunca te he hablado de amor o matrimonio”, pero su lógica era aplastante: “eso nunca se dice tan pronto, pero ¿por qué entonces te has introducido en mi vida? ¿Para qué? ¡Cuánto te habrás reído de mí con tus amigos en el cuartel!”, y de la furia al llanto, y del llanto al odio, y del odio a la furia, y de la furia a la maldición: “Que sepas que Gautama castró al dios Indra y cubrió su cuerpo con mil vaginas… y Gautama sembrará el mundo de hijos en tu nombre que tus ojos nunca apreciarán como tales”. Bueno, o algo así…

No negaré el disgusto y la frustración, pero lo de la maldición no me afectó demasiado. Sobre todo cuando me informé, la prevención que no falte, de la leyenda del tal Gautama, que como sabio sería la leche pero como cornudo cabreado no tuvo rival. Estos devas hindúes, dioses menores, gustaban al parecer de seducir a señoras casadas y algunos maridos no se lo tomaban bien. Que se lo dijeran al tal Indra… y a la señora de Gautama que se quedó literalmente de piedra, porque en piedra la convirtió su irascible marido. Mi amiga debía ser de estirpe, porque si algo recuerdo cada noche de aquel día es el tizón ardiente al fondo de sus ojos en el momento en que sembró en mi vida la semilla de Lucifer, la maldición del asura que sin duda, ahora lo veo clarísimo, debió seducirla cuando soñaba conmigo cargándome a mí el mochuelo de sus esperanzas, o de su conciencia. Una historia vieja como el mundo…

Sin embargo, poco a poco fui comprobando que aquella extraña maldición hindú ciertamente me persigue. Se manifiesta cada vez que una mujer despierta mi interés y me deja entrar con naturalidad en su mundo secreto. Ocurre, sucede, acontece, como diría Hermida, que no pasa mucho tiempo sin que queden embarazadas. Da igual que lleven buscándolo once años o que nunca se lo hayan planteado. Un día me dicen con una sonrisa feliz que esperan un hijo y yo finjo que me alegro mucho por ellas, sin atreverme a pedir disculpas por haber engendrado un nuevo vástago sin que la madre sea consciente de mi responsabilidad en el asunto. Porque ahora lo sé. Porque ahora no hay duda de que con mi amistad termina germinando la semilla de Lucifer, que lanza a los dioses menores a seducir a las mujeres que me abren su alma, y  el mundo se puebla así de hijos que nunca podré reconocer como propios, pues heredé la esterilidad de mi padre, además de su impotencia.

He pensado poner un anuncio en prensa. Voy comprobando que el tiempo que transcurre entre seducción, amistad y embarazo se acorta según pasan los años, y me planteo transformar esta forma de vida en una manera de vivir. Y no es que me falte el dinero, pero mi orgullo se resiente y el peso de la maldición está matando la poca hombría que pude rescatar de mi desgracia médica. Si por lo meno, el proceso de seducción y amistad se produjeran en el ámbito de un tratamiento único de fertilidad, Gautama, Lucifer y toda la tropa dejarían de fastidiarme la vida y empezarían a trabajar para mí.

Está decidido. Así que ahora paso largas horas inventando la parafernalia placebo-teatral, infusión con mezcla secreta de hierbas incluida, que justifique la factura y disfrace el tratamiento. De momento pruebo una fórmula con té Hornimans y manzanilla Sueños de Oro mientras releo la carta de un viejo compañero de milicias  en la que me cuenta que aquella chiquita hindú con la que tonteaba quedó preñada a poco de licenciarme...