Salud y amistad

Orión y Matina (Foto Casandra Culebras)

La voz del ojo, que llamamos pedo

(ruiseñor de los putos), detenida,

da muerte a la salud más presumida,

y el propio Preste Juan le tiene miedo.

Mas pronunciada con el labio acedo

y con pujo sonoro despedida,

con pullas y con risa da la vida,

y con puf y con asco, siendo quedo.

Cágome en el blasón de los monarcas

que se precian, cercados de tudescos,

de dar la vida y dispensar las Parcas. 

Pues en el tribunal de sus greguescos,

con aflojar y comprimir las arcas,

cualquier culo lo hace con dos cuescos.

Francisco de Quevedo

 

Querido agente Smith:

Hallada entre archivos atrapados en viejos correos electrónicos esa foto de Martina, la mayor de mis nietas, usted ya sabe, atisbando junto a Orión a través de los cristales la llegada de su padre, me ha venido a la mente un incidente que tarde o temprano tendríamos que afrontar. 

Hablando precisamente el otro día con Martina, la mayor, insisto, sobre cosas de esos perros que hacen mucho más feliz su infancia, inevitablemente tuvimos que abordar, tras cómplice silencio y aviesa mirada, el tema de los gases lacrimógenos que fraguan en la cocina de su estómago perruno y regalan a traición cuando las visitas les incomodan, o cuando entienden quizás que el menú familiar no alcanza la calidad de “tres estrellas Michelín”.

Ella se ríe, porque también tiene sus gases y en cuestión de olores nada como cuando el pañal recoge un estupendo fin de ciclo digestivo. En España decimos, querido amigo, que “caca de niño no ofende”, pero jamás escuchará de unos padres hispánicos que nuestros pequeños caguen en olor de santidad, o que les agrade sobremanera dicho testimonio de su infantil naturaleza.

Si ha recibido usted el entrenamiento que corresponde a un futuro héroe nacional, habrá recorrido largos kilómetros de alcantarilla y nadado en aguas fecales de esas que convierten al Ganges en un río con bandera azul… Sé que estas cosas no son agradables de recordar, pero precisamente por eso lo hago. De algún modo debo convertir su misión en un calvario, y dado que ni mi vida ni mis movimientos resultan de una excesiva complicación para la Agencia, tendré que recurrir a la guerra psicológica y aventar contra el ventilador fantasmas y recuerdos. Así que espero, por ejemplo, que cuando nadara detrás del instructor sumergido en aquella podredumbre tuviera usted sinusitis, que en boca cerrada no entran regalos…

Pues bien, volviendo al tema en cuestión, me da la sensación de que a Martina, la mayor, como le digo, no le huelen mal los pedos de sus mejores amigos. Los niños, en general, no nacen rechazando aquello que es natural; para eso ya hemos inventado el rollo de la educación, la convivencia y el respeto. Antes digo yo que daba igual, porque la gente vivía rodeada de olor a estiércol, a aguas estancadas, a sudor de meses depositado día a día sobre las mismas ropas, a chimenea y hollín… no era el olor lo que podía molestar de un cuesco; en todo caso el sonido, por aquello de las burlas a la autoridad. Antes, pero no tan antes como su norteamericana mentalidad pudiera suponer, había una relación directa entre olor corporal y deseo. Hoy pretendemos que dicha ecuación se resuelva con buenos olores comprados en tarros de caprichosas formas, dado que hemos quebrado nuestra capacidad biológica de decir lo mismo a base de feromonas.

En la antigua Roma, fíjese lo que le digo, Smitty, los ciudadanos defecaban sentados sobre acequias cuyas aguas arrastraban hacia el padre Tíber el fruto de su reflexión comunitaria, y aunque no lo crea, charlaban unos con otros durante la faena con entera normalidad si el estreñimiento, por poner un ejemplo, no lo impedía.

En realidad, nuestros tatarabuelos usaban del olfato como una antena, pues el olor resultaba una auténtica fuente de información: olían el miedo y la enfermedad; el perfume y la basura; la comida, el deseo y la muerte. Ahora somos olfativamente disminuidos, y reducimos  dicho sentido a un filtro que separa los olores en buenos y malos, así que el pedo deja de ser una saludable muestra de vida interior para ser considerado un hecho harto desagradable que ofende a nuestras pituitarias.

Yo me imagino que usted, ahí, pegado al ordenador que registra mis comunicaciones e interpreta mis movimientos gracias a esos supersatélites capaces de decir a Washington lo que estoy pensando de la camarera que me sirve el café cada mañana, de vez en cuando dejará escapar libremente su correspondiente ración de gases. No se avergüence por ello. Al fin y al cabo su presidente ha denunciado el Tratado de París para que ustedes, los chicos de la América profunda, puedan seguir tirándose más pedos y más contaminantes que el resto del planeta… algo tenía que tener eso de ser el país de la Coca-Cola y el Big Mac. Los pedos en soledad, además, acompañan muchísimo porque acentúan la sensación de libertad. Otra cosa será cuando por fin nos traigan a la superchica de bandera. Le he de ver entonces, amigo Smith, reventando de dolor intestinal antes que dejar que ella, la agente soñada, descubra en usted algo de humanidad.

Pues Martina, la mayor, usted ya sabe, se ríe de los cuescos totalmente saludables con que sus primeros compañeros de juegos, sus grandes amigos, amargan de vez en cuando nuestra alegría para extraer lagrimones de nuestra necesidad de respirar para seguir viviendo. También se ríe del sonido de trompeta asmática con que se arrancan los suyos propios. Al fin y al cabo, todos le reímos la gracia. A ella y a Casandra, la menor, usted ya sabe, que se los tira a traición, como esos sus perros.

Llegará el día en que sientan el pedo como un modo de rebeldía, un juego de adolescencia y, finalmente, para qué engañarnos, una guarrada vergonzante y fétida. Llegará el día también en que esos gases se conviertan en un elemento de intimidad compartida, como algo que uno pone de su parte para hacer de la vida en pareja un auténtico viaje a Ítaca, donde hogar y libertad resumen el ideal del ser humano.

Pero mientras llega ese día, empezamos a establecer ciertas reglas sobre la mesa que incrementan nuestra complicidad y, sobre todo, nuestra consideración hacia el resto del mundo. Yo no puedo todavía sugerirle que lea a Quevedo, pero sí enseñarle a diferenciar un pedo sano de uno traicionero. Lo entendió a la primera, no crea… y aunque sigue sin importarle mucho el fétido olor que cultivan Orión y  Draco, los perros de su corazón, entiende perfectamente nuestro desagrado porque son “pedos taliticioneros”, que no suenan a trombón, sino a puuuf, cuando escapan.

Por cierto, que su padre le dice que son pedos espía, pero no por usted, sino porque ni siquiera hacen puuuf.

Y es llegando a este punto donde creo mi deber recomendarle, Smitty de mis entretelas, que cuando se quiera sentir libre fastidiando el medio ambiente con su derecho a emitir los gases de invernadero que le dé gana, porque así lo dice Trump, sea algo más discreto. Sepa usted que Martina, la mayor, usted sabe, pudo oír perfectamente su concierto de viento y percusión y que, mirándome risueña, me dijo: “Abebo, esos no son pedos taliticioneros”. Tuve que darle la razón porque no es cuestión de que le devuelvan a usted a dirigir el tráfico en las calles de su pueblo, pero pensé para mí que aunque sonoros, sí que eran pedos traicioneros que muy poco decían de su calidad de espía. ¡Córtese un poco, mi buen amigo! El espionaje tiene sus reglas, y el espiado merece un respeto. Sobre todo cuando discute concienzudamente con su nieta de dos años las características de cada una de las clases de pedos, empezando por la diferenciación clásica, en versos de Quevedo:

 

“Mas pronunciada con el labio acedo

y con pujo sonoro despedida,

con pullas y con risa da la vida,

y con puf y con asco, siendo quedo”.

 

Con puf y con asco,  tome nota amigo Smith. ¡Qué vergüenza!

 

 

Anotación 5/XXX/18

 

Agente Yolanda Samuelson – Seguimiento de dispositivos – Objetivo 674

Incidencia: Hallazgo y difusión por parte del ciudadano bajo control de una foto en la que se aprecia a una niña y un perro observando algo a través de una ventana.

Datos: Objetivo 674 se dirige a un supuesto agente Smith, del que ya tenemos referencia por escritos anteriores, con mensajes que debidamente interpretados por personal del área científica, informan de la capacidad del comando Martina, la mayor usted sabe, para la producción, manejo y formación en el uso de armamento NBQ, concretamente gases venenosos a base de molécula doble de fósforo (P2). Estos gases podrían detonarse con combinado de Titanio, Litio, Carbono, Nitrógeno y Oxigeno, denominado “talicionero”, para lograr una liberación silenciosa.

De lo expuesto en clave por el sujeto (que por cierto piensa que somos tan idiotas como para creer que un genio del Siglo de Oro español podría escribir semejante sarta de groserías) se desprende que el gas en cuestión ataca el sistema nervioso de la población adulta, que sufre congestión respiratoria, secreciones lagrimales y pérdida de apetito. Nuestro equipo científico en Langley no alcanza a entender por qué dicho compuesto altamente agresivo, para cuya producción sería necesaria la utilización de perros, deja de afectar a la población infantil. Están en ello. El comando Casandra, la menor usted sabe, también podría estar trabajando en el control y clasificación en clave de dichos materiales.

Objetivo 674 acusa al denominado agente Smith, al que seguimos la pista sin resultados apreciables, de un accidente en el proceso de fabricación, en el manejo, de este material, con una amenaza directa de ser enviado a una localidad próxima de su país a “dirigir el tráfico” (¿conducir un coche bomba?). Smith ha podido recibir entrenamiento severo en técnicas de submarinismo en aguas estancas.

 

Mensaje para el departamento de personal

La misión de seguimiento y control de comunicaciones ha sido puesta en riesgo por los fuertes dolores intestinales que afectaron a agente Williams desde el día siguiente de mi incorporación a la misma, una vez concluida mi infiltración en el grupo de concursantes del certamen de Miss Mundo. Williams fue sintiéndose peor día tras día mientras su vientre se hinchaba a ojos vista, hasta que su esfínter reventó con terribles dolores. El olor putrefacto en el puesto de vigilancia tras la crisis indica que el agente Williams ha podido ser envenenado con ácido de efectos retardantes.

Seguiremos investigando.